21/07/2014

Crónica de la última jornada del festival, con M.I.A., Travis, The Charlatans, Paolo Nutini...

El cuarto día de un festival es el campo de batalla después de los embistes. Al llegar, caras largas, extremidades tostadas, ojeras, un ritmo lentito. En el botellón de la entrada menos licores y más cervecitas. Menos ojos de MDMA y más cadáveres. Para los británicos han sido hasta ocho días de tostarse y beber y beber y tostarse y chillar y vomitar. Algunos no aguantan la jornada, y mientras nos tomamos un aperitivo comprado en el Consum se puede observar el trasiego de gentes isleñas con sus maletas y sus banderas de sitios y sus penes dibujados en la cara. Están tristes, no es para menos. Se acaba el sueño, el objetivo después de meses de tags de #benicassim, #beniwillbelegend y #tinietempahfuckyeah! en su twitter. Nuestro bienamado festival de verano ha sido el centro exacto del ocio veraniego, el objetivo máximo tras meses de reponer estantes en un Tesco o rentabilizar (por llamarlo de alguna forma) las matrículas universitarias de 9000 libras. Para buena parte del público español, que es de los alrededores, el trauma es menor. Muchos no entran en el recinto hasta bien entrada la noche, cuando el DJ de turno les haga emular el viaje que no pudieron hacer hasta Tomorrowland este veranito. El FIB haría enaguar a un sociólogo aburrido, dado lo variado de su público.

Irlanda es uno de esos países que ha vendido una imagen folklórica de si mismo al resto del universo conocido. Tréboles, pelirrojos y esos pubs de decoración en madera que ofrecen un par de cervezas de importación a precio de sangre de unicornio dan la vuelta al mundo, haciendo que sea un país “simpático”. Cada x tiempo intentan exportar una serie de grupos que oscilan entre cosas tan apreciables como los Villagers y bandas tan nefastas como The Script. A las 8 en el Maravillas asomaban Kodaline, que forman parte de ese submundo de indie juvenil, épico, inocuo y de vagas resonancias folkies que ha salido tras el éxito de (ugh) Munford and Sons. Sus compatriotas entre el público ondeaban banderas mientras tarareaban los número uno de sus listas nacionales. Son terriblemente inofensivos, pero tienen un esperanzador futuro en lo que se refiere a sus cuentas corrientes, puesto que saben manejar registros muy lucrativos, los de banda sonora de Anatomía de Grey. El orgullo irlandés se trasladó, bandera en mano, al FIBClub, donde esperaba Hozier, espléndido vocalista salido de la vieja tradición coral de su país. A la hora de empezar su carrera en solitario (firmemente apoyado por unas majors que parecen teledirigir sus intentos desde hace ya unos años) ha optado por un pop soulero que gana en intensidad cuando se quita de artificios y la banda que le acompaña se queda quietecita. Nadie parecía demasiado convencido ni emocionado entre el público, salvo, para variar, los portadores de la bandera irlandesa. Infatigables en su apoyo chauvinista, son capaces de tragar carros y carretas con tal de seguir autorreivindicándose.

Hozier

En los años 90 el miserable de Tony Blair acuñó un concepto que ha parecido calar entre ciertas bandas, el del “mondeo man“. En base a ese modelo de Ford, metáfora de la clase media británica, se dibujaba un estereotipo de varón de mediana edad, clase media, un “cualquiera”. Travis son la perfecta banda sonora de estos individuos. Nacidos a rebufo del post-britpop y la intensidad emocional de los Radiohead del Ok Computer, estos escoceses pavimentaron los caminos que han hecho que Chris Martin pueda alicatar su baño con diamantes. Salió su vocalista, Fran Healy, caracterizado de Chanquete y repleto de entusiasmo. Dieron cuenta de su repertorio más conocido en una hora justita, ante un Maravillas que fantaseaba con la idea de cerrar el festival con cánticos ante los estribillos de aquellas ‘Sing‘, ‘Side‘ o la magnífica ‘Why Does It Always Rain On Me?‘. La ejecución fue impecable, sonaron bastante convincentes en los momentos más rockeros (en los que solían patinar en estudio) y a base de trucos de interacción con el público de 1º de directo (por favor saltad con este estribillo, amigos de Benicàssim, tocar aquí es mágico, etc) consiguieron entretener al público. Se les agradece una tendencia menos solemne que algunos grupos de su cuerda, más tendencia a reírse de si mismos y un razonable sentido del humor. Estas características son, posiblemente, fruto de la nacionalidad escocesa de la banda.

Travis

A las 11 y cuarto entraba en el Maravillas M.I.A. No nos merecemos a M.I.A. Cómo la vamos a entender, si está a años luz del resto del mundo. Si ha conseguido entenderlo todo. Absolutamente todo. Si solo dos minutos de las visuales de fondo, medio paso de baile de los jóvenes que se contoneaban a su lado o el sonido de la bocina que el DJ parecía querer disparar cada 30 segundos resumen mejor lo que es el 2014 que cualquiera de las otras actuaciones del festival. Que todas ellas juntas. Cómo nos vamos a merecer a M.I.A. si fue una hora de delirio en non-stop, si no paró ni un segundo de moverse. Como nos vamos a merecer algo así. Trazando líneas de Kanye West al vaporwave, de Dubai a Nigeria, del grime a nuestra alma impía que, efectivamente, no se merece tanta brillantez, tantas buenas ideas tan bien recicladas. Al terminar el concierto la sensación era que habíamos sido trasladados a otro mundo, que nada de lo visto en los escenarios en todo el fin de semana tenía parangón con esto. Es como para desencajarse la mandíbula el hecho de que ya lleve una década ahí arriba, señalándonos con su índice a dónde mirar. De ‘Galang‘ a ‘Double Bubble Trouble‘ (¿han visto el video de este tema?). Diez años en lo más alto. Se ha ganado el cielo.

MIA

Después de M.I.A. todo nos iba a parecer poco. The Charlatans convocaron a un número bastante notable de aficionados. Se percibía el olor a nostalgia pura y dura: no eran pocos los que estaban pensando “aquí estuve yo, hace 20 años”, con sonrisilla y lágrima. Muchos detestando la deriva del festival. Otros, simplemente, festejando. Hubo bastantes conciertos naftanilescos (mismamente Travis, los Manic y, muy a mi pesar, los Libertines) pero este se llevaba la palma. Era el homenaje del festival a si mismo, una especie de acto onanista pero hasta cierto punto necesario. Los Charlatans tienen tablas (como para no, después de veintitantos años) y un curioso deje stoniano, a lo canción lentita del Let It Bleed que da cierto color a su sonido baggy. Cumplieron su función, y dieron la oportunidad a un señor bien entrado en años y canas de intentar trepar por la torre de sonido, dejándonos una curiosa imagen de las que te provoca preguntas como qué es la juventud y cuáles son los límites de la estupidez etílica. Muy a nuestro pesar abandonamos el recinto al son de los primeros acordes de Paolo Nutini. El guapísimo cantante italoescocés ha actualizado la muy británica tradición del soul de ojos azules. En sus primeros discos tendía a lo melífluo, pero con los años ha ido cogiendo ritmo y un punto de mala leche que lo hace más interesante. Sonaba bien, muy bien, pero estábamos de espaldas y alejándonos, diciendo adiós a un festival que los agoreros entierran año tras año, pero que ahí sigue. Y van veinte años. Y los que quedan.

Charlatans

Fotos: Pau Bellido (FIB)

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