20/07/2014

The Libertines... y unos cuantos más (Lily Allen, Manic Street Preachers, Cat Power, Triángulo de Amor Bizarro...).

La poética de un festival como Benicàssim es ajena a la delicadeza. No hay más que dar un paseo por la popular “montañeta” que hay junto al recinto para darse cuenta. Allí convive una amalgama de locales que no han conseguido entradas diputaciones y ayuntamientos mediante, gente sin más interés que el de hacer un botellón campestre con ruido de fondo, y pequeños empresarios dedicados en cuerpo y alma a ofrecer “servesa/bier”, mojitos y perritos calientes a precios populares. Desde la montañeta se percibe que Benicàssim asume el festival como una extensión de las fiestas del pueblo, días de pirotecnia y entrada masiva de turistas. El progresivo triunfo de sonidos más pachangueros y festivos tanto en el festival como en los chiringuitos y fiestas adyacentes no es casual. Se toma el evento como una celebración hedonista (y etílica) de la música, con la búsqueda de la epifanía artística en un nivel secundario. Ir al FIB con el monóculo de crítico serio puesto pocas veces ha tenido sentido, y ahora menos. Se va “a otra cosa”.

Triangulo de Amor Bizarro

Es encomiable que Triángulo de Amor Bizarro sigan ahí. En países donde ver conciertos regularmente es algo normal y no una excentricidad de postuniversitario pretencioso, como el Reino Unido, que una banda gire constantemente y dé conciertos en cualquier lugar se asume como algo normal. En España hay un círculo vicioso: profesionalizarse como músico significa necesidad de dar muchos conciertos (por aquello de “ganarse el pan”) y la abundancia de conciertos lleva a una ubicuidad que hace que en los carteles de los festivales de perfil modesto y de las salas de provincias veamos siempre los mismos nombres. Los gallegos son uno de los grupos que se han atrevido a dar el paso hacia el profesionalismo, y dentro de ese circuito pocos pueden presumir de tener más personalidad. El escenario grande del FIB a las 8 de la tarde es un merecido premio a la constancia de una banda que vive a caballo entre lo ruidista y lo melódico. Poseedores de un cierto encanto primitivo destilaron mala hostia rural, electricidad chunga salida de la aldea contra el mundo. A su lado Jero Romero parecía dar un concierto de Mocedades, con todo lo que ello representa, para bien y para mal. Es una ceremonia a la pulcritud, al pop sanote, bastante inocuo. Con un ojo puesto en Laurel Canyon y otro en el melifluo indie español rama sentimental de vetustasmorlas y similares agradó bastante al respetable. Resulta sorprendente cómo ese indie ha conseguido ser el heredero natural de la canción sentimental y el folk filoprogre de los 70. La esencia va en las barbas.

Existen mundos subterráneos que el público patrio y castizo tiende a ignorar. Hubo en el área de Londres una emisoria de radio, años ha pirata, llamada Rinse FM. Fue plataforma de exposición para el grime y el dubstep en años en los que estos sonidos eran puro underground. Katy B fue una de las niñas prodigio que salieron de allí, debutando con solo 16 añitos. Ahora defiende un repertorio que pica tanto del sonido urbano británico como de dance pop, sin ningún tipo de prejuicios y con encomiable coherencia. El concierto oscilaba entre el apoyo de bailarinas con simpáticas coreografías y el ejercicio de sus virtudes vocales, que no son pocas. Le perjudicó la hora y el escenario. Su propuesta es bailable, bailable de verdad, y tiene un punto eufórico que de haber sido enmarcado en un escenario más pequeño y de noche cerrada nos hubiera llevado al delirio y a comportamientos incívicos. Terminaba casi el concierto cuando salimos pitando a ver a los Manic Street Preachers. Siempre en las antípodas de lo cool y de lo políticamente correcto (desde los insultos a otros grupos a los posicionamientos ideológicos pasando por la reivindicación de sonidos como el hard rock ochentero), los galeses se han ganado el estatus de isla creativa, grupo difícilmente clasificable que tiene una fiel y estable base de fans. Con una audiencia visiblemente talludita se lanzaron sin miedo a por los himnos de puño en alto y catarsis colectiva. Estaban allí fibers de la vieja escuela, algún jovencito despistado y el tertuliano de El Chiringuito de La Sexta Alfredo Duro. No se complicó la cabeza James Dean Bradfield, fue única y exclusivamente a por los hits, en un concierto breve pero no demasiado memorable por temas de sonido. De cualquier manera a poco que se sienta cierta simpatía por la banda era difícil no salir contento.

Manic Street Preachers

Llegaba la hora de la cena y la atención se dividía entre dos escenarios. En uno Tachenko, currelas del pop con extenso currículo, repertorio ultramelódico y muchas tablas. Los de Vinadé, histórico donde los haya en este festival, se dieron a lo suyo: el culto a la melodía y a los juegos vocales, disciplina en la cual siempre han sido muy eficientes. Saludaron a Lily Allen y picaron bien de su repertorio, escogiendo cuidadosos sus mejores melodías. La cosa no terminó de cuajar. En el otro escenario estaba la propia Lily Allen, que amenazaba con una tercera cancelación pero esta vez llegó a tiempo. No nos perdíamos gran cosa. Su show de pop bufo provoca sonoros bostezos. Ella es más estrella a la hora de dar exclusivas a la prensa que frente a un micrófono. Por cosas de la vida y circunstancias van tres veces que la veo en directo, y cada vez que pasa más aburrida resulta. Le auguro, eso sí, un gran futuro firmando libros de autoayuda y en la portada de la revista Ok! El ritmo del festival empezaba a hacerse fuerte.

Lily Allen

Cat Power empezaba en el Trident. La curiosidad era tan musical como puramente morbosa, dada su leyenda negra. Físicamente está irreconocible, y sus movimientos tienen un punto perturbador. Al abrir el concierto con la magnífica ‘The Greatest’ se notaban cosas raras. La mano izquierda tonta, los gestos a los técnicos de “no me oigo bien”, una extrañeza tangible que contrastaba con la eficiencia de la banda. Salimos escopetados al Maravillas por causa mayor, pero dejó con una cierta intriga.

Cat Power

En el escenario grande esperaba la leyenda. Yo viví a los Libertines. Los amé con pasión y estupidez adolescente, eran uno de esos grupos que dejan huella. Herederos de la gloriosa tradición británica que parte de los Kinks, y pasa por los Jam, los Pogues y los Smiths; la tradición de los grupos de lírica social y autoconsciente. Tenerlos de nuevo en los escenarios no suponía ninguna traición a ningún legado: Pete Doherty y Carl Barat anduvieron siempre como el perro y el gato, separándose y volviendo cada dos por tres, como uno de esos noviazgos histéricos de personas con sentimientos exacerbados. Y entraron tan torpes como siempre al escenario. En un festival en el que la mayor parte de las actuaciones tiene el aroma de lo coreografiado (vease el caso de Kasabian, concierto medido al milímetro) la llegada de los Libertines es, valga la redundancia, libertinaje. Se confunden, con canciones que suenan caóticas, directas del local de ensayo a nuestros corazones peterpanescos y anglófilos. Pete, Carl, el negro y el soso parecían encantados de estar en el escenario y sin especial ánimo de contentar al público más riguroso. Ellos llevan la anarquía, la descoordinación y la diversión hooliganesca al festival. En el público, división. Ingleses descamisados chillando y españoles de brazos cruzados mirando muy serios al escenario. Yo duré dos temas con la camiseta puesta y a la altura de ‘Time for Heroes’ la décima fila aprox. parecía un pub de Wolverhampton en un partido de la selección inglesa, con decenas de humanos sudorosos fundidos en abrazos colectivos. Los del escenario se lo pasaban igual de bien. En los bises Doherty regaló los primeros versos de la bellísima ‘Albion’ al emocionado respetable. Para rematar el concierto Pete Doherty se dio una sonora hostia al intentar hacer algún tipo de aspaviento con un altavoz. En las antípodas de lo predecible y de lo correcto, ahí se situaron. En el lugar al que pertenecen.

The Libertines

Con los cerebros debidamente lobotomizados tras la avalancha de los Libertines los cuerpos de los enviados de indiespot deambularon entre escenarios y carpas. Una marca de patatas fritas ofrecía sus productos en uno de esos stands publicitarios que llenan los festivales de verano. Sonaba en la carpa en cuestión ‘Limbo’ de Daddy Yankee y la gente parecía disfrutarla como si de ‘This Charming Man’ (que según mis estudios estadísticos ha sido el tema más pinchado por los DJs del FIBClub) se tratara. ¿Podrán tener algún día los ritmos latinos un hueco en Benicàssim o el purismo del público español seguirá por encima? Vimos unos minutos de Example, que quitaba las ganas de vivir y de escuchar música a cualquiera. En el Maravillas Ingrosso se dio al bakalao puro y duro, sin piedad. El miembro de Swedish House Mafia era la estrella de la jornada para cierto público, mayor y con más porcentaje de españolidad. Al mismo tiempo el infravaloradísimo Evian Christ pinchaba trap para cuatro gatos en el Trident. El FIB sigue siendo bastante conservador, al fin y al cabo. Las propuestas más vanguardistas son saludadas como excentricidades. El festival va oteando su final, el vigésimo aniversario, pese a deslucido por la falta de cabezas de cartel, ha tenido más matices e interés de lo que se podía prever. Queda el cierre, con M.I.A., Travis, Paolo Nutini y muchos más. En ellos ponemos las esperanzas.

Fotos: Pau Bellido (FIB)

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