18/07/2014

15 discos que resumen el segundo trimestre del año.

Inaugurada esta nueva tradición de recopilar los mejores discos por trimestre (aquí tienen los de los primeros tres meses del año, por si tienen curiosidad), es el momento de detenerse, echar la vista atrás y recoger 15 discos imprescindibles de entre los centenares que se publicaron durante los meses de abil, mayo y junio de este año. Una selección que, como siempre, recoge álbumes sobre los que había grandes expectativas (que se han cumplido: Damon Albarn, The Antlers, Sharon Van Etten, Swans, El Columpio Asesino…) juntos a nuevas incursiones que nos han dejado boquiabiertos (Strand of Oaks, Hundred Waters, Sylvan Esso…) y la siempre necesaria mirada –si bien no abundante– hacia los grupos de aquí (El Columpio Asesino, The Free Fall Band). En resumen, 15 discos que hay que escuchar por aquello de no perder el tren y no dejar los deberes para el último momento (esto es, el mes de diciembre con las decenas de listas y centenares de discos reseñados). Si van trabajando con estas 15 pequeñas maravillas, cada una a su manera, seguro que llegan en plena forma a la recta final.

 

Damon Albarn – Everyday Robots

Damon Albarn Everyday Robots

Spike Jonze y Damon Albarn se podrían haber encerrado en dos habitaciones separadas y haber utilizado cualquier moderno dispositivo para mantener una conversación. Es probable que uno y otro hubieran llegado a la misma decisión, la de crear una obra basada en la incomunicación, la soledad impuesta por las tecnologías, la atomización de los humanos, y, en definitiva, el intercambio de roles entre el mundo real y el impuesto por la Red. Y es que Her y Everyday Robots tienen mucho en común. La constante es la melancolía preciosista con las que ambas se dirigen al asunto en cuestión. La epopeya de Blur es ya una historia con una más que probable continuidad, y su líder ya ha demostrado ser el héroe de las mil caras de Joseph Campbell tras salir indemne de proyectos como Gorillaz o The Good, The Bad & the Queen. Así que podemos decir que a Albarn solo le quedaba pendiente desnudar su lado más íntimo, el que muestra en la portada de un trabajo arriesgado que, por si quedaba alguna duda pendiente, le confirma como uno de los grandes autores contemporáneos. La sensibilidad que le ha valido para componer canciones como ‘The Universal’, ‘Tomorrow Comes Today’ o ‘A Soldier’s Tale’ es la misma responsable de humanizar los sonidos robóticos de la canción homónima de su primer trabajo en solitario o de ‘Lonely Press Play‘, que bien podía haber escrito Theodore a su invisible Samantha en la película de Jonze, y endulzarlos con pianos y violines en lo que podría ser una reivindicación del pasado como posibilidad de futuro. Pese a estar dominado por la nostalgia y los tonos grises azulados, el británico da un respiro con ‘Mr. Tembo‘, la historia real del elefante huérfano que encontró en un viaje a África, o el epílogo de la sublime ‘Heavy Seas of Love‘ (a medias con Brian Eno). Albarn se encarga de demostrar que el mundo, el del arte al menos, sigue perteneciendo a los humanos. (Escúchalo en Deezer).

El Columpio Asesino – Ballenas muertas en San Sebastián

El Columpio Asesino Ballenas muertas en San Sebastian

En una nueva vuelta de tuerca, El Columpio Asesino sigue hurgando en la herida, creando un sonido propio que desasosiega y desampara al oyente. En esta ocasión dejan vía libre a los sintetizadores y las cajas de ritmos, desplazando las guitarras a una presencia casi testimonial: casi quedan reducidas a ramalazos expresionistas, como el riff fantasmagórico y cuasi-minimalista en ‘Anzuelos’ y los feedbacks de ‘Babel’Ballenas muertas en San Sebastián profundiza en el enigmático sonido de la banda navarra. No se sabe bien si su música ejerce de compás de fondo de la angustia social contemporánea, o es tan sólo una muestra más de la desorientación apática y asustadiza. Quizá ambas, posiblemente ninguna. En cualquier caso, El Columpio Asesino ha dejado definitivamente de lado el hedonismo oscuro de Diamantes, pasando a iluminar con sus tétricos ritmos, siquiera parcialmente, las entrañas de una sociedad dislocada y anómica. Este rechinar de cuchillos, estos cetáceos varados, no sólo no desentonan en el grisáceo paisaje. También, de alguna manera, encajan. (Escúchalo en Deezer).

How To Dress Well – What Is This Heart?

How To Dress Well What Is This Heart

Un acto de justicia previo a la ristra de piropos que merece What is this Heart?: antes de The Weeknd o Frank Ocean. Antes de Deptford Goth, SOHN, Kwabs, Sampha o Dornik. Antes de todos ellos, estaba él, el espigado Tom Krell, que hace tiempo que no tiene que vivir preocupado por llegar el primero a ningún sitio. Cuando todos los citados aún no habían echado a correr, él ya había llegado a la meta. Convertido en récordman, en el Usain Bolt de este glorioso invento del pop electrónico soulerizado, sólo compite contra sí mismo. Y cada vez se lo pone más difícil. Tras la plusmarca que supone What is this Heart?, la cuesta abajo parece inevitable. A la tercera, Krell ha tocado techo con una colección de doce canciones que ha resultado ser menos inmediata y directa de lo que hacían presagiar sus tres single de adelanto: ‘Words I Don’t Remember‘, ‘Repeat Pleasure‘ y ‘Face Again‘ fueron escogidas como avanzadilla porque, efectivamente, debían serlo. No hay nada más con tanta pegada en este álbum impecablemente producido, pero ni falta que hace. El resto del tracklist exige bastante más y, por lo tanto, da una buena recompensa a cambio. Oprime cuando toca y deja respirar cuando corresponde, incluso dentro de una misma canción. Y, sobre todo, no se guarda nada: “I know I can be extra sentimental”, suelta Krell en ‘Very Best Friend‘. Precisamente lo que engancha a unos y hace huir a otros. Ellos se lo pierden. (Escúchalo en Deezer).

Hundred Waters – The Moon Rang Like a Bell

Hundred Waters

Un disco para despojarse de los aderezos folk y presentar un paisaje onírico sin fisuras. Dos años ha tardado Hundred Waters en desenmascarar una mutación hacía una electrónica que mantiene cada más alejados los matices de su primer trabajo que les podrían hermanar con bandas como Grouper. Los estadounidenses aseguran que la aventura ha sido extenuante, pero considerémoslo una paradoja. Porque si lo que han derramado han sido sangre, sudor y lágrimas, han debido caer en una sábana de terciopelo y el resultado lo resume la presentación de su The Moon Rang Like A Bell con una habitación de Van Gogh elevada a las estrellas. Doce canciones que exigen atenta soledad para quedar atrapado con los coros iniciales de ‘Show Me Love’ y aterrizar en una ‘Murmurs’ que se antoja como una de las mejores canciones del año. Pero no son los hits ostentosos lo que predomina, no hay que buscar el previsible éxtasis derivado de trabajar en el sello de Skrillex, sino una expansiva sensación de placer. Los bajos profundos sobresalen en un disco que tiene reminiscencias instrumentales a Bonobo en el final de ‘Dawn From The Rafters’ y en donde una Maria Coma más experimental podría encontrar inspiración con canciones como ‘Seven White Horses’. La plenitud vocal de Nicole Miglis se encuentra en la maravillosa ‘Chambers (Passing Train)’ y para el final del disco, con ‘Xtalk‘ y sobre todo ‘[Animal]’, quedan los pasajes más festivos, aquellos que recuerdan que a veces lo mejor de un sueño comienza al despertar. (Escúchalo en Deezer).

Lykke Li – I Never Learn

Lykke Li

Hay individuos hechos de cemento, porque los hay, que no se cayeron de culo la primera vez que escucharon I Never Learn, el lacrimógeno tercer álbum de Lykke Li. Algo parecido a “si es que no arriesga nada, es más de lo mismo” suele ser su argumento. De locos: si semejante ejercicio de exhibicionismo emocional no conlleva riesgo, habrá que replantearse cosas. Porque esto no es un disco, es un diario abierto de par en par. No hay más que leer los títulos que adornan su tracklist para comprobarlo. El topetazo amoroso de rigor (¿qué si no?) desencadena una purga que lleva aquello de meter unas cuantas fotos, una camiseta olvidada y un libro prestado en una caja y devolvérselas al que pasa a ser un desconocido un paso más allá. O nueve, tantos como canciones incluye este desgarrador I Never Learn. Nueve estaciones para el particular viacrucis de la sueca, que se expone sin filtros ni corazas. Y no es una metáfora: ahí está esa crudísima ‘Love Me Like I’m Not Made of Stone‘, aparentemente registrada en vivo, en la que la voz le patina de puro compungimiento; o ‘Sleep Alone‘ y la canción titular, austeras como ellas solas. En el lado opuesto, ‘Gunshot‘ o ‘Silver Line‘, épicas, grandilocuentes e incluso vigorosas y decididas. Dos espejismos: no hay mal que cien años dure, pero a Lykke Li aún parece quedarle luto para rato. Disfrutémoslo, egoístas de nosotros, mientras aprende a pasar página. (Escúchalo en Deezer).

Owen Pallett – In Conflict

Owen Pallett

Owen Pallet genera bastante más tráfico de visitas por sus hilarantes autopsias musicales de éxitos como ‘Get Lucky‘ o la penúltima horterada de Ariana Grande que por su propio trabajo. Que sabe cómo generar un éxito musical está claro y habrá quien piense: “va listillo, hazlo tú”. Pero Pallet no parece muy interesado en caminar por los senderos beyonceros. El canadiense prefiere arreglarle las cuerdas a Arcade Fire (está con ellos desde Funeral) o The National y darse un tiempo de cuando en cuando para publicar sus nutritivos trabajos bajo su propio nombre. Discos orquestados y complejos que uno conecta por ejemplo con el último (y primero) de San Fermin, del año pasado, o con partes del trabajo del más inspirado Sufjan Stevens. Este último viene a la mente no sólo por las orquestas: podría decirse que el vuelco electrónico de la preciosa ‘I’m Not Afraid’ es sin duda heredero de ‘I Walked’, y que In Conflict toma al menos algunos ingredientes del la soberbia cocina de The Age of Adz. Como aquel, este no es un disco fácil. De primeras quizás sólo la rítmica ‘In Conflict‘ entra sin peros (“let me see that ass, hey, hey, hey!”), marcando un principio de álbum impresionante, pero por desgracia, In Conflict no mantiene ese nivel de obra maestra. Pallet es infinitamente mejor músico que vocalista, y aunque afina, su interpretación de canciones comoThe Secret Seven o la exigente Soldiers Rock se limitan a cumplir el expediente. Tardé en darme cuenta de que era eso lo que fallaba y ahora sólo puedo pensar: cómo molaría esto en la voz de… Si no comparten la apreciación,  que en esto de las voces cada uno es cada uno, es posible que este álbum les enamore hasta el tuétano: ‘The Sky Behind The Flag’‘The Riverbed’ o la dandeaconiana ‘Infernal Fantasy’ bien lo merecen. (Escúchalo en Deezer).

Sharon Van Etten – Are We There

Sharon Van Etten

Sharon Van Etten siempre ha salido rodearse bien, muy bien. Su disco de confirmación (¿sí?), Tramp, vino en gran parte avalado por el número de colaboradores que plasmaron allá su firma: miembros de The NationalThe WalkmenWye OakBeirut. Unos créditos que esta vez la Van Etten ha querido acortar de forma drástica, aislándose de más alicientes que ella misma, que su voz celulosa, cálida y muy a menudo doliente. Are We There no tiene quizás una ‘Serpents‘ o una ‘Leonard‘ a las que agarrarse de primeras, pero tiene a cambio piezas de más lenta fermentación, como ‘Taking Chances‘, ‘You Know Me Well‘ o ‘Afraid of Nothing‘, esa maravilla que abre el disco como un amanecer frío pero rojísimo. Dice Van Etten que compone para destilar dolores, y debe quedarse como nueva pues la gradación aquí es alta. En las entrevistas, con esa sonrisa casi perenne en los labios, cuenta que su madre de pronto la llama tras escuchar los temas. “Sharon, hija, ¿estás bien?”. Pregunta justificada por cualquiera que se ponga ‘Your Love Is Killing Me’, la abrecarnes del año. Estribillo: “Rómpeme las piernas para que no pueda correr hacia ti / Córtame la lengua para que no pueda hablarte / Quema mi piel para que no pueda sentirte / Apuñálame los ojos para que no pueda ver”. Pam. La canción, con su cadencia seisillesca, alcanza momentos criminales en esos vibratos angustiosos donde nada puede estar más arriba. Que te dan ganas de decir, coño, hijo puta, quiérela. Afortunadamente ‘Every Time Sun Comes Up’ (“Lavé tus platos / pero cagué en tu baño”) cierra heridas al final, clausurando magistralmente un álbum notable que, denle tiempo, acaba en una risa etílica en la que dan ganas de quedarse a vivir. (Escúchalo en Deezer).

Strand of Oaks – HEAL

Strand of Oaks Heal

He aquí un disco catártico de los que molan. Un disco que se llaman HEAL, así en mayúsculas, porque según su autor cuenta la historia de un sanamiento no minúsculo. Timothy Showalter, nombre que conviene ir memorizando, era un músico oriundo de Indiana con querencia por eso que llamamos americana y una carrera decente en su país. Una carrera decente y una vida de mierda, al parecer. “Mi matrimonio iba mal, acababa de publicar un disco con el que estaba decepcionado y no me gustaba ni mi aspecto ni mi forma de actuar. Así que me fui de gira. ¡Dos años! No tenía tiempo para pensar en el fracaso, pero sabía que me estaba hundiendo cada vez más”. Tras un concierto en Suecia, Showalter se decidió a parar la huida hacia delante, volvió a Estados Unidos, compuso 30 canciones en tres semanas y se puso a grabar. El resultado es un álbum reparador que empieza reventando de vitalidad a lo Dinosaur Jr(‘Goschen, 97’, “I was fat, drunk, and mean”) y acaba entregado a una preciosa pieza electrónica (‘Wait For Love’) que por momentos podrían haber firmado Wild Beasts. Estas dos vertientes, la más clásica y la más electrónica, conviven aquí a la perfección, soldadas por la voz y la forma de cantar de Showalter, tremendo vocalista. HEAL es capaz de entregar una joya mestiza como la que da nombre al álbum y sólo dos temas más allá una pieza clásica (¿Tom? ¿Bruce?), ‘Shut In‘, con un estribillo que es la gloria. Los recursos son muchos: en ‘Woke Up To The Light’, Showalter presume de sintetizadores y sensibilidad, en la segunda mitad de ‘Mirage Year’, de distorsión y rabia pura, y en ‘Plymouth‘ (¿The War On Drugs?) de composición desnuda y magistral. Y todo esto sin mencionar ‘JM’, la mejor del álbum. Una canción homenaje al difunto Jason Molina (I was an Indiana kid, gettin no one in my bed / I had your sweet tunes to play”), cuya sombra planea sobre gran parte del álbum. La guitarra del inicio, de hecho, casi le revive. Cuando la cosa reviente y la ola les pase por encima acuérdense de que a los mandos de la mezcla está (¡también!) John Congleton. Dream team. Discazo total, no se lo pierdan. (Escúchalo en Deezer).

Swans – To Be Kind

Swans To Be Kind

No te gusta Swans. No lo soportas. Te parece una mierda pretenciosa. Incomprensible. Innecesariamente larga. Forzadamente fiera. Artificialmente extraña. Diabólicamente chunga. Aburrida. Generadora de sufrimiento. Es como cuando yo veo por la tele a esta gente que hace cosas rollo el Iron Man de su puta madre. Digo, “¿qué necesidad?, pudiendo hacer un poquito de running, un poquito de spinning, un partidido los domingos con los colegas (ojo los esguinces) y tres fondos a la semana para que no se diga“. Pero oye, lo respeto. Pétate, Josef. ¿Te mola la Titan Desert? Hazte la Titan Desert, seguro que sufres. Pero seguro que flipas. Endorfinas a cholón. Salvando las distancias, algo así pasa con To Be Kind. Gira y los suyos tardan 43 segundos en empezar a filtrar oyentes. Lo que tardan en meter esa caja aguda sin bordones que se te clava como un martillo de fragua en el tímpano. Las más de dos horas que siguen son la reválida más acojonante de lo que va de año. Porque después de The Seer no era fácil volver a sacar pecho, y vaya si lo hacen. Y esta vez sin oasis a lo ‘Song For a Warrior’. Dos horas de viaje chamánico sin piedad. Si están dispuestos, olvídense del tracklist. No piensen que ‘Bring The Sun / Touissaint L’Ouverture’ dura 35 minutos o que es ponerse el disco o cenar. Ofrézcanse al experimento con los tímpanos limpios, listos para que las risas de ‘Just a Little Boy (for Chester Brunett)’ les hielen la sangre, preparados para la estridencia máxima, casi inverosímil, de ese fragmento casi final ‘A Little God in My Hands’, para el vudú musical de de la citada ‘Bring The Sun…’ (“¡¡¡DIOS ES SANGRE!!”), para el mantra enfermizo de ‘Somethings We Do’, o el hormigón armado (¡Congleton de mi vida!) de ‘Oxygen’. Y si piensan aquello de “¿qué necesidad? pudiendo hacer un poquito de running“, no lo duden: pista. (Escúchalo en Deezer).

Sylvan Esso – Sylvan Esso

Sylvan Esso

Años y años temiendo por un hipotético futuro en el que hombres y máquinas tendríamos que vivir enfrentados o no viviríamos y resulta que somos perfectamente compatibles. No lo dice Spike Jonze, lo dice el debut homónimo de Sylvan Esso a los noventa segundos de arrancar. Hasta ese momento, se escucha (por orden de aparición) la voz de Amelia Meath, unos coros y unas torpes palmadas, todo de carne y hueso. Todo bonito, aunque en ningún caso memorable. Es en torno al minuto y medio de la inicial ‘Hey Mami‘ cuando las cosas se ponen serias: la descarga electrónica pilla por sorpresa y el arqueamiento de ceja es inevitable. ”¿Qué ha sido eso?“. Hombre y máquina chocando por primera vez en un álbum fascinante que fue grabado en plan casero. El roce enseguida hace el cariño y ya no se separan hasta la solemne ‘Come Down‘, que echa el cierre tras cuarenta minutos sexys que podrían ser obra de unos Purity Ring con alergia al éxodo rural. No busquen guitarra o batería porque la tarea es ardua y poco agradecida, prácticamente inútil. Sólo están la voz de Meath, que lo mismo puede pasar como diva soul que como esclava sureña, y los primitivos colchones de sintetizadores de Nick Sanborn. Ambos provienen de círculos folk, aunque no es la tradición americana la que en un primer acercamiento llama la atención. Sí, en cambio, la africana, que se deja notar en los momentos más coloridos del tracklist (‘Wolf‘, ‘Dress‘, ‘H.S.K.T.‘). Es probable que el asunto naufrague en directo, pero en el estudio ha funcionado de forma casi mágica.

The Antlers – Familiars

The Antlers Familiars

Queda claro que The Antlers no querían repetir el desgaste emocional de Hospice, y que la transición hacia sonidos más accesibles que protagonizaron en Burst Apart iba encaminada a aligerar esa trascendencia. Pero en ningún caso han querido convertirse en un grupo fácil. Y es que Familiars, pese a ser el disco instrumentalmente más amable, comedido y luminoso de la banda de Peter Silberman, es probablemente también el más exigente, el más espeso aunque sus capas sean esta vez más finas que nunca. La delicadeza del quinto disco de los de Brooklyn es abrumadora, y en cada recoveco de sus nueve canciones se esconde una luz especial, tratada milimétricamente con esa suerte de vaivén instrumental que se adueña del tempo de todo el disco y lo convierte en un viaje lánguido, a menudo repetitivo, que se expande muy lentamente y que, una vez analizado al detalle, entronca totalmente con lo que The Antlers hicieron en Undersea, su EP de 2012 que sucedió a Burst Apart. Es Familiars, por tanto, la consolidación de un grupo encontrando su voz, y demostrando que todo lo vivido por el camino ya forma parte de ellos (el crescendo final de ‘Director‘, la diana –tanto melódica como emocional– de ‘Hotel‘, el fraseo de ‘Parade‘). Pero la apuesta por los vientos y una cadencia que en muchos momentos les lleva a terrenos más jazz, unidos a una liberación absoluta en lo que a duración de canciones se refiere (solo dos bajan de los cinco minutos), certifican que The Antlers han llegado a alguna parte. No nos lo ponen fácil, y para escuchar los más de 50 minutos de Familiars de principio a final como se merecen hay que despojarse de distracciones y adentrarse en este viaje por las nubes que nos proponen los neoyorkinos. Una vez superamos esa barrera y nos dejamos llevar, la catarsis –esta vez más sosegada, más interior– está garantizada. (Escúchalo en Deezer).

The Free Fall Band – The Münster Sights

The Free Fall Band Elephants Never Forget

Asentado su fichaje por El Segell del Primavera con el EP de versiones Songs Our Day Pass Along, el segundo disco de los catalanes The Free Fall Band es todo aquello que tenía que ser. Tras un debut delicioso como Elephants Never Forget, que apuntaba muchas maneras pero todavía desprendía cierta inexperiencia formal, los chicos han sabido rodearse esta vez de los dos nombres que su pop celestial de aroma británico necesitaba: Darren Hyman de Hefner, que ha producido el álbum, y Giles Barrett de Tigercats, que ha ejercido de ingeniero de sonido. El resultado, de la mano de estas dos figuras, es el deseado: las canciones siempre han estado allí, pero ahora han sido revestidas con la pulcritud que merecen, cobrando más peso que nunca los acompañamientos de piano y vientos, y buscando la atmósfera perfecta para cada canción. Desde el apacible atardecer de verano de ‘Look At Me Run, Dear‘ a la maravillosa sutileza de ‘The Münster Sights‘, pasando por la explosión de júbilo de ‘City Of Raleigh‘ (absolutamente irresistible) o ‘Lonesome Boy, Solitary Peggy Sue‘ (su canción más bailable hasta la fecha). Es The Münster Sights un álbum que rebosa matices y un buen gusto exquisito, y que certifica el talento de una banda que parece destinada a traspasar nuestras fronteras e introducirse en los siempre complicados paisajes británicos (nos consta que el disco ya fue concebido con eso en mente). Un trabajo, en definitiva, que constata que podemos estar perfectamente ante nuestros propios Belle & Sebastian o Teenage Fanclub. Y esto solo acaba de empezar. (Escúchalo en Deezer).

Timber Timbre – Hot Dreams

Timber Timbre

Uno se imagina a Taylor Kirk, con el bigote y esa melena que prácticamente le sale de la nuca, sentado en algún bosque de Ontario, Canadá, con la escopeta en una mano, la guitarra en otra y el whiskey debajo de la silla, a buen recaudo. Y se lo imagina así durante el resto de su existencia, viviendo de aquello que cace y componiendo canciones preciosas y malditas hasta el último suspiro. La carrera de Timber Timbre, el grupo que dirige, iba un poco por ahí, siempre pasando por debajo del radar y sin hacer demasiado ruido mediático. Pero llegó ‘Hot Dreams‘ y todo se nos vino abajo. Es cosa seria: si no la han escuchado, se están perdiendo uno de los temas más redondos de todo el año. Y si ya lo han hecho y no han vuelto a caer, son ustedes unos insensibles. La canción que da título al nuevo disco es un brillante y arrebatador ejercicio de sugestión, sensualidad y sexo al calor de una pista de baile en slow motion que se corona con una línea de saxo que debería pasar a los anales. Si esto no es trascendente, qué se yo. De todos modos, si Timber Timbre están ahora aquí es porque el bosque asoma más allá del, todo sea dicho, árbol más bonito. Hot Dreams, el disco, se sostiene por sí mismo en cuarenta y pico minutos en los que Kirk va dibujando un retrato a grandes trazos, de diferentes colores y sabores, pero cargado de coherencia y ritmo. Así, se entrega al folk psicodélico y tenebroso en ‘Beat The Drum Slowly‘ o ‘Curtains!‘, se tira a la balada épica y rockera en ‘This Low Commotion‘ o canta una nana deslabazada y visceral en ‘Run From Me‘, que explota entre órganos y voces celestiales. Más allá de las canciones, Hot Dreams se presenta como un disco absolutamente sentido y enérgicamente persuasor, que transmite lo que se propone y deja huella profunda. (Escúchalo en Deezer).

Tune-Yards – Nikki Nack

Tune-Yards Nikki Nack

No iré aquí de “ya lo dije yo“. Confieso que la primera vez que escuché ‘Water Fountain‘, me bajé del carro. Dije, pero Merrill, ¿qué es esto? Si parece una canción de preescolar. No hay agua en la waterfountain, no hay madera en el woodstockwhoohawhooha. ¿Y esa producción? ¿Dónde estaba el polvo mágico de ‘Esso‘, con sus guitarras latosas y su ritmo sin domesticar? Cuando alguien adora esas señas de identidad imperfectas tiene siempre un miedo justificado: que el artista las considere baratas y las “corrija”, perdiendo en el camino todo aquello que lo hacía único (hola, Big Deal). Y todo apuntaba a que tUnE-yArdS habían caído por ese precipicio. Y sí: todo suena “mejor”, pero no más aburrido. Merril Garbus es como un indio en Paris. Parece que la hubiesen sacado de su estudio en una choza de paja en medio de la Ghana profunda para rodearla de cachivaches en un estudio del frío Nueva York. Con otros mimbres, el mismo gamberrismo, la misma vitalidad (¡mi denostada ‘Water Fountain‘!), la misma ambición. ‘Find a New Way’ marca ese nuevo camino y en seguida desecha liviandad alguna: ni en la música, imbricada, compleja; ni en las letras, inteligentes, agresivas. Ahí tienen la desco-mu-nal ‘Real Thing’, destapando el vacío de la fama y los implantes mamarios (“while you worry about chest size 6 they’re winning the tricks”). Como sus trabajos anteriores, este tampoco es para todos los públicos, hay una barrerita que pasar; pero superada, nikki nakk son tres cuartos de hora en un parque de atracciones: color, loops, vértigo, ritmo y esa voz que lo mismo te canta suavecito en la notable ‘Wait For a Minute’ (“A thousand roads to injury / Most of them so smooth / It doesn’t feel they are hurting me”); que se retuerce, rebota y resurge en la caótica ‘Sink-O’; o se abraza en la tierra en la gloriosa ‘Rocking Chair’, sabana tirolesa. Lo brutal de ese disco es que ese tema y el que lo sigue cerrando el álbum, ‘Manchild‘, compartan ADN siendo uno casi folclor africano y el otro pareciendo una cara B de M.I.A. Magia. (Escúchalo en Deezer).

Woods – With Light And With Love

Woods With Light And With Love

Con el paso del tiempo, Woods se han desquitado definitivamente del ‘efecto Morata‘, y han dejado de ser ese actor secundario que cae bien pero del que nadie recuerda el nombre una vez terminada la película. Ya con Bend Beyond, en 2012, y la forma en que sus pequeñas canciones crecían y se adueñaban de nosotros, la banda empezó una transición que tiene en With Light And With Love su punta de lanza, su momento clave. Los de Jeremy Earl, hasta ahora, habían estado algo limitados por la sonoridad DIY, y este probablemente sea el primer disco que dé un salto a nivel técnico. Al mismo tiempo se han soltado la melena, tanto hacia el guitarreo (sorprendentes esos nueve minutos de ‘With Light And With Love‘, ni uno de ellos innecesario o impostado) como hacia el pop más accesible (ya querrían The Shins haber firmado una canción como ‘Moving To The Left‘). Todo ello convive en un disco que sigue siendo liviano y huye de cualquier sentido de la trascendencia, repleto de joyas en forma de pequeñas canciones (‘Shepherd‘, ‘Full Moon‘, ‘New Light‘) que si bien no conforman una obra maestra, sí son un nuevo paso adelante de Woods hacia el olimpo del pop inmaculado. Y les queda muy cerca el destino. (Escúchalo en Deezer).

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