05/06/2014

Segunda jornada, con The National, Darkside, Haim, Slowdive, Pixies, The War On Drugs...

La jornada lluviosa. La que peor pinta tenía, climatológicamente hablando, y que al final no fue para tanto aunque sí perjudicó a algunos conciertos de primera hora. La alineación del viernes del Primavera Sound 2014 presagiaba una tarde-noche relativamente tranquila a nivel musical, como mínimo más calmada de lo que puede ser habitual, algo lógico por otra parte teniendo en cuenta que se trata de la jornada central del evento. Encabezada por The National y Pixies, sirvió para rendir cuentas con los reunificados Slowdive, para asistir a la mayúscula sorpresa de Haim, y especialmente para vivir dos de los conciertos más esperados por el núcleo duro de indiespot: The War On Drugs y Darkside. Ambos rebasaron las expectativas, dejando claro que ni el día a priori más relajado de este festival nos concede un respiro. Y bien que lo agradecemos.

 

JOHN WIZARDS

Durante los últimos años, en la oscuridad del Auditori hemos alucinado, aprendido y vibrado. Hemos entrado con la mente en modo ‘mira telescópica’ para después salir con ella convertida en un gran angular. Nos hemos emocionado casi hasta la lagrimita y hemos tocado el cielo (hola, Sufjan). Incluso nos hemos echado alguna siesta. Pero nunca habíamos bailado. Bailado de verdad, nada de menear un poco la cabeza y chasquear los dedos. Aunque fuese de rebote, el viernes descubrimos que eso también es posible entre filas de butacas. Lo hicimos por la recolocación en tan solemne recinto de John Wizards, que debían haber actuado la madrugada anterior en el Pitchfork y finalmente lo hicieron en la misma hora y el mismo espacio que le correspondía a la indispuesta Linda Perhacs. Los que no se enteraran con antelación del cambio debieron alucinar: tener previsto encontrarte con siete décadas de leyenda folk y toparte con cinco blancos (entre ellos, el pelirrojo John Withers, cerebro del asunto) y un negro (vocalista ocasional y animador vocacional) que fusionan casi cualquier cosa que se les pone a tiro, toma sorpresón. House, reggae, IDM, funk, afro-beat, hiphop… Una colorida mezcla de todo eso logró que muchos levantaran el culo del asiento y nos preguntáramos una cosa: ¿qué hubiera pasado si los sudafricanos llegan a pillar un escenario a cielo abierto pasada la media noche? (Víctor)

León Benavente

La banda formada por algunos de los músicos de Nacho Vegas o Tachenko levantaba sospechas sobre si su concierto se podía asemejar al de algunos grupos españoles que se cobijan en una actitud introspectiva excesivamente molesta. Pero desde el primer momento se esforzaron en demostrar que saben muy bien lo que hay que hacer para contentar al público, incluso a primera hora de la tarde. Desbocados en todo momento, la banda certificó que su experiencia no ha sido en balde. Supieron trasladar la excelencia de su trabajo homónimo y, como cantan en ‘Las Hienas’, devoraron a sus alborozadas presas, aunque esta vez ante un sol nublado en lugar de una luna llena. Dejaron para el final canciones como ‘La palabra’ o ‘Ánimo, valiente’, y Abraham Boba entró en éxtasis al contar la historia de esos amantes que en lugar de ser pareja quisieron ser brigada. Si alguien dudaba sobre si los representantes nacionales podían estar a la altura de los grandes nombres del Primavera Sound, León Benavente se encargaron de dejar el pabellón muy alto y de solicitar cita en horarios más agradecidos para próximas ocasiones. (Carlos Marlasca)

HAIM

Haim

Foto: Pablo Luna Chao

Dejar de lado a una leyenda como Dr. John para presenciar lo que pueden hacer unas bisoñas hermanas acaba planteando dudas existenciales. ¿Me estaré convirtiendo en un hipster sin criterio? Si aquellos que optaron por la leyenda de Nueva Orleans pensaban que allí iban a encontrar algo más contundente, se equivocaron. Solo hubieran tenido que esperar a que Haim comenzaran con ‘Falling’ para asistir después a una de esas descargas rockeras improvisadas que dejan mella, al igual que ocurriera con el resto del espectacular recital de las californianas. Lo único que se les puede reprobar es que medios tiempos como ‘Honey & I’ disminuyeran un ápice la intensidad, algo que incluso ellas admitieron desde el escenario. Mientras tanto, Este Arielle gesticulaba cada nota de su bajo, Alana Mychal rasgaba su guitarra o percutía cualquier objeto sobre el escenario, y Danielle Sari enamoraba con su voz y su rebeldía. Dicen que en esto de la música todo es actitud, y Haim supieron combinarla con la magnificencia de canciones como ‘The Wire’ o ‘If I Could Change Your Mind’, e incluso se atrevieron con una versión de ‘Oh Well’ de Fletwood Mac, además de alguna improvisación con alma casi heavy. Este, la mayor de ellas, no llega a la treintena pero, a juzgar por lo visto, se diría que fueron amamantadas sobre las tablas. Pese a los que se pueda pensar tras escuchar su disco homónimo, la banda está mucho más próxima a Janis Joplin o Melissa Auf der Maur que a Annie Clark. La timbalada con la que las tres cerraron su sublime concierto evidenció que la presente edición del Primavera Sound también ha servido para entronizar a unas criaturas que distan mucho de estar en la edad de la inocencia. (Carlos Marlasca)

FKA TWIGS

Qué gustito da equivocarse a veces. A eso de las 21:30, servidor iba camino del escenario Pitchfork preparado para contemplar un naufragio total, en la línea del que protagonizó Grimes en 2011. Y no por una cuestión de morbo. Tampoco por piar en plan hater. Supongo que, en el fondo, había esperanzas depositadas en que las bondades de FKA Twigs no fueran sólo una cuestión de estudio. Pero las dudas, lógicas, estaban ahí: ¿habría voz tras tanto filtro y efectito? ¿lograrían sus desestructuradas y mutantes “canciones” mantener atento al personal? Tras apenas cuarenta minutos de show, ambas preguntas fueron respondidas de forma afirmativa. Porque la británica, a la que le faltó poco para aparecer en pelota picada, gasta un chorro vocal con el que podría tener porvenir en la radiofórmula si no le gustara rodearlo de elementos tan retorcidos. Y es excéntrica, pero no suicida. Acompañada por tres músicos, no se empeñó en recrear los inhóspitos ambientes de temas como ‘Water Me‘ o ‘How’s That‘ y, en cambio, intentó dotarles de una nueva identidad, mucho más robusta y directa. La jugada le salió redonda ante bastantes más testigos de los que incluso ella, emocionada y parlanchina en las pausas, parecía esperar. (Víctor)

Slowdive

La intensidad de lo que estaba ocurriendo en el escenario Sony a eso de las diez de la noche se podía comprobar simplemente dando un pequeño paseo entre los espacios que había entre las filas de público. Ojos cerrados, parejas abrazadas, miradas pétreas… Gestos todos ellos que evidenciaban que Slowdive estaba transportando a otra dimensión a los allí presentes. Eran uno de los grandes atractivos del festival, una banda que con tan solo tres discos en la década de los noventa se convirtió en precursora del shoegaze, de todo aquello que después magnificaron bandas como My Bloody Valentine. El impulso que le han dado Neil Halstead y Rached Goswell a Mojave 3 no ha mermado sus aptitudes para recuperar las canciones de su primer proyecto. Desde el inicio del concierto con ‘Slowdive’ se adivinaba que la fusión de las voces de los dos líderes de la banda con el colchón de guitarras distorsionadas, bajo y percusiones, generaba una hipnosis que poco a poco se confirmó como uno de los momentos históricos de este Primavera Sound. Haciendo de la sensibilidad su bandera, arriesgaron con los temas menos conocidos de su discografía para después elevar a los cielos algunas de las perlas que conforman su excelso Souvlaki. Escoger un momento cumbre del que sin duda fue uno de los mejores conciertos de esta edición es una tarea engorrosa, pero en el paseo por las estrellas al que invitaron los británicos brillaron sus interpretaciones de la maravillosa ‘Machine Gun’, las notas disonantes, acariciadas sobre las seis cuerdas, de ‘When The Sun Hits’ o la profundidad de ‘Souvlaki Space Station’. Tan solo algo más de una hora de actuación, pero cada uno de esos minutos fue onírico y eterno, el tiempo se detuvo y pareció que, al contrario de lo que dicta la obra de Calderón, jamás íbamos a despertar de aquel sueño. (Carlos Marlasca)

THE WAR ON DRUGS

The War On Drugs

Foto: Santi Periel

Qué sufrimiento, joder. Salimos del concierto de Sharon Van Etten sin escuchar la canción más bonita del año sólo para coger buen sitio en nuestra tercera intentona con The War On Drugs, para no perdernos ni un segundo del directo que presenta uno de los discos con más clase del universo mundial en lo que va de año. Y ni cogimos un sitio espectacular ni nos valió la pena llegar con tiempo pues el bolo se retrasó. Mucho. Sobre el escenario, Granduciel caminaba gacho y despeinado como un perro enjaulado. Los músicos levantaban la mano. Estaban probando la puta batería ya con casi 15 minutos de retraso, ojo. Cuando por fin arrancaron estábamos ya de mala hostia, pero se nos pasó en un pis pas. El cabreo por la espera y todas las dudas que históricamente cargábamos sobre el directo de The War On Drugs, siempre en el límite de lo correcto, nunca sobresaliente, sobreviviendo sólo a base de temazos, se disiparon en los poco más de siete minutos que recorren ‘An Ocean in Between The Waves’. El tema, uno de los destacados de Lost In The Dream, despliega todas las virtudes de este disco glorioso: solidez ferroviaria en los ritmos, maestría ambiental en las melodías, clase infinita en la guitarra y por fin un apartado vocal a la altura del desplegado en los álbumes. Ya sabíamos que Lost In The Dream nació en la carretera y esperábamos que luciese allí mejor que sus predecesores, grandísimos trabajos de ratita de estudio. Y así fue. Granduciel por fin cantó casi todo como debía y su banda, ahora sí completa, con vientos y teclados, supo trasladar a las tablas del Pitchfork esos casi esotéricos arreones de intensidad que esconde el álbum. Momentos en los que una canción aparentemente fofa tensa el músculo y se pone dura como una roca. Momentos como ese en que explota ‘Under The Pressure’ y los teclados te levantan hasta del suelo, pasajes como el solo de ‘Disappearing’, donde Granduciel te habla con las manos y la chepa, canciones enteras como ‘Burning’, donde el de Philadelphia se pone de pronto a la altura de los grandes del género, mirándole a los ojitos, Aragonés style, a Tom Petty, Bruce Springsteen o Mark Knopfler. Esa es una canción como tapada en el álbum, pero que está al alcance de solo tres o cuatro artistas hoy. Su adaptación en directo, reforzada, creciendo en una progresión constante pero casi impercetible (¿cómo empieza casi susurrando y a la mitad ya está “I’m just a burning man trying to keep the shit from turning over… AGAIN!!”?), fue uno de mis momentos del festival, sin duda. El aumento de recursos sirvió también para escuchar versiones mejoradas de temas antiguos como ‘Baby Missiles’ o ‘Come To The City’, aunque en la última parte del concierto, ya en este repertorio añejo, Granduciel volvió a cambiar los fraseos y a uno, que se las sabe y es un plasta, le jodió no poder cantar. Pero vaya, valiente sería quejarse. Lección de clase en toda regla y deuda saldada. The War On Drugs ya son también la hostia en directo. Larga vida. AOTY. (Daniel Boluda)

PIXIES

Pixies

Foto: Èric Pàmies

Aterrizar en el Primavera Sound con la espantada de Kim Deal aún caliente (y eso que ya van por su segunda bajista de reemplazo) y un disco bajo el brazo que nadie había reclamado (el tan digno como innecesario Indie Cindy) puede que no fuera la mejor carta de presentación para la banda de Massachussets ante un público que solo les reclama una cosa: hacerles revivir ese fabuloso legado que la mayoría no pudo disfrutar en su momento de eclosión. Pero si hay una lección que se aprende con cada actuación del combo comandado por Black Francis es que nunca, nunca, debes dudar de los Pixies. Haciendo honor al papel de cabeza de cartel que ya les marcará el resto de su carrera, los bostonianos dejaron que, como siempre, sean sus eternas canciones las que hablen por ellos: desde el clásico inicio con ‘Bone Machine‘ al aullido colectivo final de ‘Where is my Mind?‘, 25 temas de ejecución perfecta en poco más de hora y cuarto que permitió dar cabida hasta a cuatro nuevas composiciones diseminadas de forma inteligente para que no desentonaran ante tanto himno revientagargantas (‘Magdalena 318‘ y ‘What Goes Boom‘ darían el pego en Bossanova y Trompe le Monde), recuperar algunas de esas canciones que ya dábamos por imposible como la maravillosa ‘Brick is Red‘, y, claro, corroborar que siguen siendo un regalo encima del escenario. Tremendos. (David Jiménez)

The National

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Foto: Pablo Luna Chao

Hablar de Matt Berninger y los suyos es hablar de una de las mejores bandas del momento, y puede que de los últimos años. Su ascenso parece no detenerse, y su directo mejora por días. Así lo pudimos comprobar el pasado invierno en Madrid, pese a que los organizadores metieran a The National en el deplorable Palacio de Vistalegre. Aquel concierto, lejos de permitir tener un respiro para acudir a otras citas en el Primavera Sound, promovió un deseo incandescente de poder ver a los estadounidenses en un recinto que permitiera que brillaran mejor. Si bien podemos asegurar que el sonido del festival es excelente en cada uno de sus escenarios, no es menos cierto que en los conciertos más masificados se perdía parte de la sensación envolvente. Las expectativas eran máximas y sería injusto decir que los protagonistas, junto con Pixies, de la velada del sábado fallaron. La banda optó por repasar en mayor medida su último trabajo Trouble Will Find Me, un buen disco que, al contrario que los anteriores, no hace más que confirmar la evolución ya revisada en el excelente High Violet. A ello le sumaron su catálogo de temazos como ‘Fake Empire’, ‘Bloodbuzz Ohio’ o ‘Abel’. Si a eso le añadimos las apariciones de Justin Vernon en ‘Slow Show’ y de Hamilton Leithauser y Paul Maroon (de The Walkmen) en ‘Mr. November’ y ‘Terrible Love’, tendríamos que estar hablando de algo épico. Desplegaron su concepto de banda seria pero próxima, Berninger se dio su ya tradicional baño de masas (varias veces, además) y todos los componentes estuvieron a la altura, con un componente visual muy llamativo y efectivo, pero las baquetas de Bryan Devendorf no fueron esta vez tan estimulantes ni la guitarra de Bryce Dessner tan majestuosa. Fue una sensación extraña, estar asistiendo a algo superior pero que apuntaba a transformarse en un acto divino. Pero que nadie se preocupe. Queda cuerda para rato y seguro que The National volverán a materializar su particular edén. (Carlos Marlasca)

DARKSIDE

Darkside

Foto: Pablo Luna Chao

En el mundo de los lugares comunes del periodismo, uno de los más repelentes consiste en empezar cualquier cosa con una definición del diccionario. Caca, siempre. Pero verán, les seré sincero: estoy intentando escribir la crónica del mejor concierto que he visto este año y tengo la sensación de que, escriba lo que escriba, no voy a llegar a contarlo del todo bien. Empiezo derrotado, así que a tomar por culo. Voy a caer. Dice la RAE que la simbiosis es la “asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, sobre todo si los simbiontes sacan provecho de la vida en común”. Para empezar, alguno habrá aprendido la palabra simbionte, que suena como bisonte pero es más culta. (Y más culto es mejor). Y comprenderán de paso por dónde voy. Por los simbiontes. Por estos dos individuos animales que “sacan provecho” de la vida en común. Estos lo hacen formando un proyecto que se llama Darkside y que va camino de mito si pervive a este nivel. Nicholas Jaar y Dave Harrington son dos simbiontes superdotados que se alimentan el uno del talento del otro, dos animales, a priori de diferentes especies, capaces de parir en su primer intento uno de los mejores discos que hemos escuchado en los últimos años. No sólo por bueno, sino por raro. Las canciones de Psychic no son ni mucho menos un pastiche forzado, un guitarrista tocándole las cuerdas a un productor, o un productor metiéndole relleno a unas guitarras. Se trata de un mutante genéticamente puro en el que el peso de lo distinto se diluye y uno goza lo mismo con un riff que con un beat sin pensar que tradicionalmente vienen de mundos tan diferentes como como una branquia y una pezuña. El viernes, cuando quedó claro, muy rápido, que estábamos ante un concierto excepcional y que apenas acababa de empezar, se creó una suerte de entusiasmo raro. La sana euforia de tener por delente tres cuartos de hora a merced de dos genios que nos iban a dar lo nuestro. Y bien dado.

En directo, Darkside podrían pecar de pesados si abusasen de las texturas, o de populistas si las sacrificasen todas en aras del beat. Pero no cometen ninguno de esos dos errores. Sobre el escenario la pareja se mira y se entiende a la perfección. Su show no tiene pausa. No hay “thank you Barcelona, we are Darkside, this next song…”. Desde que empieza hasta que termina, los simbiontes desarrollan el concierto-sesión casi sin respirar. En muchos momentos, cuando una canción desaparece y otra no termina aun de ser reconocible, ambos entran en deliciosos territorios inhóspitos donde uno juraría que improvisan, Harrington repitiendo riff o punteando, Jaar retorciendo texturas o añadiendo capas, los dos mirándose para elegir finales, siempre audaces, con absolutamente todo y a todos bajo control. La pareja maneja la intensidad con precisión quirúrgica y pasan del silencio apenas roto por el bending glorioso de ‘Heart’, a momentos cluberos de potencia reforzada en los que la pista se venía abajo a saltos que hacían retumbar hasta las aguas del Mediterráneo. Uno veía a David Harrington emerger del humo rojo del escenario gritando con la boca las notas que bramaba su guitarra, o veía a Nicholas Jaar encorvado sobre las máquinas, dándole una vuelta de cable a su cuello, agarrando el micro y declamando aquello de “Paper trails’ on a mountain and fruits on a table” y por poco a uno no le entraba flojera de rodillas. Cuando esa canción revienta en directo es para morirse, de verdad. Como en el disco, la voz de Jaar iba y volvía en intervalos que podían ser larguísimos. Podía desaparecer diez, quince minutos, y de pronto volver como si nada. Los solos de Harrington también, nunca presumido, siempre poniendo el gusto por delante del alarde fácil; el blues por delante de la gimnasia. Reinventando sus canciones, acelerándolas, metiéndoles beats donde no los tenían y pausas dramáticas donde no las había, Darkside dieron el concierto del día y uno de los del año. A la gente se le escapaban los “0hhhh!!!” de puro placer melómano cuando de pronto entraba un cambio inesperado; individuos sobrios y escépticos nos vimos en más de una ocasión con el “¡¡VAAAAMOS!!” en la boca tras un giro de codo del niño prodigio de las máquinas. Entregados.

Sobre el escenario, un gran espejo cortado en forma circular iba rotando sobre si mismo. Ya hacia el final, un cañón de luz proyectó un haz circular sobre los bordes del espejo, como trazando su circunferencia. Al poco, el escenario se llenó de humo y el efecto combinado de espejo, humo y luz hizo aparecer sobre las tablas una suerte de túnel a otra dimensión. Un agujero negro, una puerta mágica hasta ese lado oscuro que se han inventado los simbiontes y que pasa la prueba del directo, probablemente, superando a la del álbum. Que es mucho, mucho decir. (Daniel Boluda)

OSO LEONE

Que Oso Leone son el grupo nacional del momento no es algo que nos venga de nuevas a estas alturas: por aquí ya coronamos su magnífico Mokragora en las listas del año pasado y dimos debida cuenta de su paso por Madrid hace sólo un par de meses. Los horarios en el Primavera Sound, sin embargo, no fueron benévolos con ellos. La primera mitad de su concierto se solapaba con el de Darkside, probablemente el único grupo del cartel con el que comparten similitudes, y la segunda hacía lo propio con !!! y SBTRKT, propuestas quizá más apropiadas para ese horario, pasada ya la medianoche. Pese a todo, la posibilidad de ver a los mallorquines en un contexto distinto al habitual obligaba a hacer un viaje exprés al escenario Pitchfork una vez acabado el monumental show de Nicolas Jaar y Dave Harrington. Y fíjense: ni aún viniendo de uno de los conciertos más grandes del año salieron mal parados. Oso Leone son ya, por si quedaba alguna duda, un grupo grande en estado de gracia. Sobre el escenario mimetizan a la perfección lo que suena en el estudio sin que por ello suene aquello sin alma. Todo lo contrario. Es imposible que no se erice un poquito el pelo cuando Xavi Marín entona ‘Alçaria‘ a capella, jugando con la rueda de volumen de su guitarra; imposible no perder los pies con el bajo parlanchín y los requiebros entre percusión y batería de ‘Clivia‘; imposible no abrazar los arranques épicos de ‘Ficus‘ o ‘Cactus‘, tensionados y perfectos. Mokragora es un disco impecable técnicamente, que rebosa clase y elegancia, que parece fácil de tocar pero no. Y los baleares lo hacen con una solvencia pasmosa, como si llevasen mil citas juntos ahí arriba, en cualquier contexto y ante cualquier problema técnico, que los hubo. Qué buenos son. (Sonida Collective)

SBTRKT

Una de las numerosas ventajas que ofrece el Primavera Sound es que los músicos lo tienen difícil para achacar cualquier inconveniente a la organización. Desde la puntualidad británica con la que comienzan los conciertos hasta el sonido de cada uno de ellos. Además de gozar de un horario que le daba un protagonismo estelar, SBTRKT contaba con uno de los mejores escenarios para lucir el buen hacer que ha demostrado en su disco homónimo. Inmejorables condiciones para lo que luego se transformó en uno de los grandes fiascos del festival. Aaron Jerome protagonizó un coitus interruptus constante y absurdo, incluso la escenografía con un animal ataviado con la característica máscara que identifica al proyecto quedó como un residuo naïf de lo que acontecía sobre las tablas. Los exasperantes espacios entre canción y canción dejaron sin ningún sentido una actuación que apuntaba alto. Ni siquiera sus mejores composiciones como ‘Trials of The Past’ lograron aliviar el sopor generalizado cuando las altas horas de la madrugada exigen algo más excelso. Quizá las actuaciones anteriores de SBTRKT en el festival le han conducido a ocupar un lugar de mayor aforo, pero a juzgar por esta última habrá que ver si tiene cabida incluso amenizando los puestos de merchandising. (Carlos Marlasca)

JAGWAR MA

No es que estuviéramos enfadados, pero lo de SBTRKT, como bien dice el compañero Carlos, no fue lo esperado, y a esas horas una bajada de pulsaciones puede significar el fin de la noche. Así pues, directos a unos Jagwar Ma que, a pesar de sus canciones con cierto aire festivo, también contaban con el riesgo de contar con progresiones demasiado lentas para aquellas horas. En formato trío y con ganas de ser salvadores, se enfundaron los pantalones y la camiseta de Happy Mondays y dejaron el de experimentos con LSD para actuaciones diurnas. ‘What Love‘ y ‘Uncertainly‘, como en el disco, seguidas una detrás de otra pero con un aumento considerable en la velocidad, en la fuerza y en el peso de los bajos, a modo de “bombo” clubber para abrir las puertas de The Haçienda. Cuando lanzaron la más que coreable ‘Man I Need‘ ya nos tenían en el bolsillo. Supieron pivotar hacia el lado bailable de sus canciones, cocinando los temas con frenesí y urgencia. Dando facilidad al público de saltos y coros. A ratos pareció que replicaban alguno de los remixes que han publicado de sus temas gente como Cut Copy, Pachanga Boys o Andy Weatherall. El final con ya todo el aura de Madchester campando por el Ray-Bay, y el caos definitivo de ‘The Throw‘ fueron acompañados de una tremenda ovación. Por muchos años de bandas con guitarras a las 3 de la madrugada. (Jordi Isern)

LAURENT GARNIER

Si el jueves ya se ha visto amanecer y se ha cerrado la puerta del Primavera Sound, el viernes ya se va sin frenos. Bajada a toda pastilla con el propulsor Jagwar Ma y a por todas en Laurent Garnier. Dos horas y media de sesión con una de las leyendas vivas de la electrónica contemporánea, una cita a la que estábamos acostumbrados en el Sónar (con sus legendarios cierres), pero de la que no teníamos constancia en el Primavera –así de jóvenes somos–. Efectivamente, no hay pista de baile grande para Garnier, es más, cuanto más imperiosa sea, mejor. Se crece y su –merecidamente alimentado– ego campa a sus anchas. El tempo y la intensidad siempre vigilados con su reconcible mirada de refilón al público con la barbilla hacia arriba, y esa sonrisa ladeada en cada pequeña excitación del público al reconocer uno de sus temas, o al vivir una de sus trabajadas progresiones. Laurent Garnier es un maestro que domina este arte a las mil maravillas. Techno de vieja escuela, con la luminosidad de los vientos que tanto le gustan y un paseo por su repertorio más solicitado. De ‘Gnanmankoudjii‘ del ya-no-tan-reciente Tales of a Kleptomaniac, a sus dos impepinables que siempre representan un momento epifánico de vivir con las piernas sueltas: ‘Crispy Bacon‘ y el final, con su voz al micro dando las gracias, con ‘The Man With The Red Face‘. Esas postales mágicas. Segunda jornada, segundo día de desayuno con sabor a baile. (Jordi Isern)

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