19/12/2013

Los 30 mejores discos del año, tanto de aquí como de allí, para la redacción de indiespot.

Aquí estamos. Cansados, pero aquí estamos. Semana maratoniana la nuestra, en la que después de las menciones de honor y la primera parte de la lista de los mejores discos del año, llega ahora el Top 30. El definitivo, el que recordaremos con el paso del tiempo y el que despertara más adhesiones y críticas. Eso seguro. Pero en fin, esta es nuestra opinión: si coincide con la del lector, bien; si no, quizá ambas partes podamos descubrir discos que nos habían pasado desapercibidos o a los que no habíamos prestado la suficiente atención. Se abre la veda. Con ustedes, los 30 mejores discos (tanto internacionales como estatales) de 2013.

 

30. Julio de la Rosa – Pequeños Trastornos Sin Importancia

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(Ernie Records)

Julio de la Rosa se dejó altísimo el listón con La Herida Universal, un disco kilométrico y conceptual en el que aunaba hits (ese ‘Las Camareras’) con puñaladas (El Anzuelo) para crear una obra muy buena en las músicas y apabullante en las letras. Desde entonces el gaditano de Conde Duque ha estado metido en mil historias (una novela, una banda sonora…), separado diríamos del día a día del mundillo indie español. Él está un poco en otra liga. Cuando él llama a sus colegas, allí aparecen Bunbury, Miren Iza, Xoel López o Annie B Sweet. Y cuando se pone a grabar un álbum, lo hace con las ideas claras. Pequeños Trastornos Sin Importancia vuelve a ser un disco sin fisuras: diez canciones, un concepto, y una producción bien clara. Las baterías esqueléticas para dejar espacios; la paleta de sonidos sin escatimar en gastos; el catálogo de voces escogido como en un casting; y las letras… pues de Julio de la Rosa“Como río cruel amenazo inundación / seremos fango / Es tan ridículo piensa… capital del error / Si pegas bajo cúbrete rápido, cúbrete rápido / y no más sabotajes, si me quieres bien, sino me voy”, dicen las primeras líneas de ‘Colecciono Sabotajes’: mitad metáfora mitad fluvial mitad post-it pre-ruptura en la nevera. La lectura obvia del álbum pasa por entenderlo como 10 canciones de amor y desamor, y ya así es bien grande. Pero la intención del artista es que cada tema refleje un trastorno psicológico. Por aquí desfilan pasivo-agresivos, esquizoides, obsesivo-compulsivos y demás perfiles trastornados todos por el amor. Aquí hay espacio para el descaro y el divertimento (‘Kiss, Kiss, Kiss Me’ o ‘Tarde a Todas Partes’) para la ambición desmedida en un tema triunfal (‘La Fiera Dentro’), para esa canción que te mata a la enésima (‘Glorieta de Trampas’) y para un cierre minimalista que pide volver a empezar. Los que le seguimos desde El Hombre Burbuja no somos de fiar, lo nuestro es talibanismo y desenfreno, puro amor incondicional. Pero es que nadie por acá canta tan canalla y tan tierno. Y solo unos pocos escriben así, tan afilado y tan de verdad. Así que no podemos evitar querer sumar adeptos. Por nosotros que no quede. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

29. Thee Oh Sees – Floatin Coffin

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(Castle Face Records)

Ah,  Thee Oh Sees. Pasan los años, se suceden las listas y, como el sol, que sale todos los días, sabemos que John Dwyer y compañía (casi) siempre están ahí, sonriendo burlonamente desde uno de los privilegiados asientos del Top 50. Con todo merecimiento, ojo, pues cuando se trata de garage rock y psicodelia no hay quien les tosa a los de San Francisco, jefes absolutos de un género boyante por el que nadan con la naturalidad del que ha hecho de la excelencia su más absoluta cotidianidad. Floating Coffin, décimo largo de estudio en poco más de siete años (to-ma ya), es tan bueno como sus predecesores, aunque con una pequeña diferencia: valorado en conjunto quizás sea todavía mejor. Gamberro desde la portada (muy fans de esas fresas malrolleras con ojos, labios y dientes afilados), arranca como una res encabritada en un rodeo a lomos de ‘I Come From The Mountain’, temarral de guitarras y batería hiperactivas, efectos juguetones e inflexiones vocales marca de la casa. Pasarán los siglos y las civilizaciones del futuro seguirán coreándola, no les quepa duda. Lo mismo que con ‘Tunnel Time’ y sus risas diabólicas, voraces como la homónima ‘Floating Coffin’o el primer tercio de ‘Strawberries 1+2’, la canción en la que mejor se aprecia la dualidad del álbum. Porque a partir del 1’:37’’ cesa la tralla y empieza la contención, o mejor dicho, el alquitranado. Las melodías se ralentizan y distorsionan y sin embargo el resultado no cambia, como ejemplifican las igualmente sensacionales ‘Toe Cutter – Thumb Buster’‘No Spell’ y ‘Minotaur’, todas apoyadas en unos líneas de bajo que sostienen el entramado con maestría. Enésimo triunfo de Thee Oh Sees, pues, para quienes esto de despachar un nuevo discazo no parece ser más que otro día en la oficina. Bárbaro. (Arnau) Escúchalo en Deezer.

28. Deptford Goth – Life After Defo

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(Cooperative)

Es este un disco tan personal que da como cosa darle bombo, aunque lo merezca como el que más. Es íntimo, desolador y confesional y lo cierto es que no parece concebido para ser compartido. Su autor ha llegado a revelar que no lo ha escuchado en compañía de nadie, ni tan siquiera de sus padres. Algo hasta cierto punto comprensible: ¿acaso alguien se siente cómodo hablándole con transparencia a sus progenitores de las veces que le han roto el corazón? Y es que el impecable Life After Defo es todo un catálogo de magulladuras y cicatrices sentimentales, recubierto de electrónica emocional y minimalista y relleno de alma folk, que no se guarda prácticamente nada. Crudo, explícito. Es cierto que, de allá para cuando, en él se ve la luz al final del túnel, como en la ligeramente optimista canción que da título al trabajo. Pero principalmente está cantado desde lo más profundo del túnel, bastante lejos de cualquier salida. En una especie de completa purga emocional previa al reflote, el alicaído Daniel Woolhouse se abre de par en par, siempre pegado a ese registro de voz casi susurrado y nada forzado en el que tan cómodo se siente, para hablar de una muerte metafórica que puede tener remedio temporal, pero no cura definitiva. Si a alguien no le remueve las entrañas ni un poquito, debe hacérselo mirar. (Víctor) Escúchalo en Deezer.

27. Phosphorescent – Muchacho

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(Dead Oceans)

Durante bastantes años, Phosphorescent ha sido uno de los secretos mejor guardados del country alternativo (guatever) americano. Siempre presente en las recomendaciones de los más fieles, con argumentos de peso. Ahí tienen esa ‘Wolves‘ de 2007, o esa ‘Nothing Was Stolen (Love Me Foolishly)‘, del Here’s To Taking It Easy (2010) que fue donde servidor terminó por entrar en la logia. Matthew Houck, natural de Alabama pero convenientemente reafincado en Brooklyn, cuenta con una poderosa arma de doble filo: una voz  inconfundible, aguda y siempre al borde de trasteo… que no gusta todo el mundo. Hasta 2010, Houck había sido un tipo bastante prolífico, de los de disco al año o cada dos y por eso extrañó que este tardase tres en llegar. El motivo es que entre medias ha habido ruptura, cambios vitales y mucho drama, cosa que ha retrasado el proceso pero -egoístas somos- ha acabado abonando el disco que iguala a Phosphorescent con casi cualquiera de los grandes. Muchacho es un disco tirando a breve. Excluidas la intro y la outro, que son dos versiones del mismo tema, el álbum se queda en 40 minutos para ocho canciones. Aquí se entra sin duda por la gloriosa ‘Song For Zula’ (ey), pero Zula no es Muchacho. Otras, como la magnífica ‘Terror In The Canyons (The Wounded Master)’ son portavoces más fieles del conjunto: rock sesentero, sureño hasta el punto de asomarse a los vientos mexicanos, y letras narrativas con diálogos jodidos. “Now you’re telling me my heart’s safe / And I’m telling you I know / You’re telling me you are leaving  / And I’m telling you to go (…) / I could be the morning that breaks upon your skin / I could be the devil / And do it all again”. Tras ella, ‘A Charm / A Blade’ saca el lado épico, optimista (“woo!”) y pastoral, y ‘Muchacho’s Tune’ el tabernero y confesional: “I found some fortune, found some fame / Found it cauterized my veins / Yeah, I’ve been fucked up and I’ve been a fool”. Al final, no hay canción sin encanto. ‘A New Anhedoia’ recupera a ese Houck asesino de ‘Wolves‘, y ‘The Quotidian Beasts’ compite con sus coros, violines, pianos y eléctricas enredadas por firmar el arreón instrumental del año. Tienen aquí un grower en toda regla. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

26. These New Puritans – Field of Reeds

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(Infectious Music)

Es una criatura extraña Field of Reeds. Enigmático, submarino, sin apenas clímax. No es un disco sencillo. Pero es bueno. Es un disco con su propio tempo, y eso debería ser bastante.  Minimalista, con un pulso muy bajo, como infrasónico, como atonal. Si fuese un animal, se me antojaría como una bestia marina desperezándose en las profundidades oceánicas. ‘Fragment Two’, con su latido de lúgubres teclados y metales como norma es lo más parecido a una canción. Tiene su estructura cíclica y todo eso. Pero el resto de canciones no. El resto es diferente. Tomen como ejemplo ‘Spiral’, canción-río acojonante (de acojonar) que se construye a base de trompas y voces cacofónicas y que recuerda al jazz más experimental del sonido Canterbury. O a ‘Organ Eternal’, perfecto ejemplo del pop de cámara del siglo XXI de reminiscencias clásicas y marcianas a la vez. El caso es que Field of Reeds, ese hijo bastardo de Kid A, no es un disco hecho para agradar. Es, por momentos, bastante insoportable. Sin embargo, su fascinación reside precsamente en eso. En cada detalle, en cada recoveco, en cada gramo de malestar. Porque la única forma de crear es rompiendo límites, empujando más allá, buscando nuevas voces, nuevos sentidos, nuevos lenguajes. Y These New Puritans dicen en los innumerables silencios de Field of Reeds bastante más que muchos otros. (Álvaro) Escúchalo en Deezer.

25. Ducktails – The Flower Lane

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(Domino)

Matt Mondanile, guitarrista de Real Estate y alma libre en Ducktails, abre su nuevo trabajo cantando “well, hello, it’s me again”. Como si nadie le hubiese invitado a la fiesta. Y, de hecho, nadie le había invitado. Su música es intrascendente, inofensiva, perezosa… pero deliciosa cuando entra en contacto con el paladar. The Flower Lane, su cuarto trabajo en solitario, es impecable. Repleto de canciones de un pop para todos los públicos, luminoso y acuoso, paciente, de puntada fina y melodía certera. Un disco de canciones lineales, llenas de guitarras que se enredan y de líneas de bajo y batería sin adornos que contienen la mezcla como una faja. Perfecto para un domingo por la tarde de resaca, para ponérselo justo después del Kapputt de Destroyer. Y lo mejor de todo es que, como suele pasar con este tipo de álbums, The Flower Lane no desfallece a partir del ecuador. Si ‘Under Cover‘ (el hit que necesitaban Ducktails), la repicante ‘Timothy Shy‘ o la muy Lotus Plaza ‘Planet Phrom‘ alumbran la primera mitad, la segunda mantiene el gusto intacto en ‘Sedan Magic‘ o la preciosa ‘Letter Of Intent‘. Al final, diez canciones como diez soles y un disco que disfrutar tirado en el sofá cuando uno no sabe qué poner. Algo que, afortunadamente, pasa muchas veces. (Marco/Sónida) Escúchalo en Deezer.

24. Mikal Cronin – MCII

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(Merge)

Mikal Cronin y Ty Segall son colegas y a los dos les molan los guitarrazos. El segundo, cuyo álbum en solitario no está en esta lista por cosas del simposio, ha descargado este año su rabia en Fuzz, un proyecto cuyo debut homónimo resulta sólo apto para incondicionales del género, punkarritas de piel endurecida. MCII podría funcionar perfectamente como cara B de Fuzz, un disco donde la distorsión más que un estilo de juego es un recurso. Este no es un disco de punk, ni por asomo. Es antes, mucho antes, un disco de pop. Pop distorsionado, ligerito y vitaminado. Tienen razones los que quieren ver a Weezer en ‘Weight‘ o intuir a Teenage Fanclub en ‘Am I Wrong’. Los referentes noventeros se agolpan, pero Cronin aporta lo suyo. Tiene alma de salvaje: en ‘Shout it Out’, que empieza inofensiva, acaba enseñando dientes omnívoros. Y no es la única. Ahí tienen ese pelotazo que es ‘See It My Way’ por cuyo estribillo corre una guitarra ruda que es puro fuego. Ahí tienen ese solo, esos bendings estrujados y esa subida final que es pura gloria. Prueben ‘Change‘ sino, la quintaesencia de esta salsa de azúcar y cayena, de urgencia y vulnerabilidad (“Tell myself I’m better off alone But I’ve been at the bottom for a long time”). Pero en MCII la cosa va más allá de las guitarras: suenan teclados, violines y flautas, todo integrado en disco campestre y diseñado para arreglarte el puto día. Un disco que confirma a Cronin como un descarado, un compositor sobresaliente al que las canciones parecen salirle sin esfuerzo, naturales. Un tipo dotado para el hit, capaz de subirte al caballo, ponerte a galopar (‘I’m Done Running From You’) y dejarte roto (‘Don’t Let Me Go’) en menos de seis minutos de metraje. Un chaval desmelenado y furibundo sobre un escenario, capaz de sentarse a un piano y cerrarte el disco con la doliente ‘Piano Mantra’ (“I learn hard, I’m tired, I’m sick, I’m broke up / You find out what’s gone just when it’s used up”), que lo mismo te pone tierno que te levanta de la silla. Discazo. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

23. The Suicide of Western Culture – Hope Only Brings Pain

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(Irregular)

Por su tendencia al anonimato podrían jugar la baza de Daft Punk. Se electrónica de tintes punk podría aproximarles a Crystal Castles. Pero es en territorio patrio donde está afincado el dúo que da forma a The Suicide of the Western Culture. Lo de Juanjo Fernández y Miquel Martínez es pigmentar un entorno apocalíptico, recoger entre sus cacharros el halo de esperanza que se prende tras la devastación. En 2010 aparecieron como una rara avis con un disco homónimo de tonos grisáceos con matices del Aphex Twin más ruidoso, una propuesta novedosa en estas tierras. Con su segundo Hope Only Brings Pain han conseguido dar algo más de equilibrio a sus aullidos sintéticos, además de hacer de ‘Hey guys! I Know The Name of The Culprits’ una de las canciones del año. Menos bailones que en pasados temas como ‘A Forest of Greyhounds Hunged’ o ‘Battle of Ebro’ y por momentos erigidos como unos Mogwai digitales, su nuevo disco se mueve entre la calidez de ‘Love Your Friends, Hate Politicians’ o ‘Spanish Republican Soldiers in French Retirement Homes’ y el ritmo pendenciero de ‘El Cristo de la Buena Muerte’. The Suicide of The Western Culture recogen el testigo dejado el pasado año por John Talabot como el mejor exponente de la electrónica nacional. (Carlos) Escúchalo en Deezer.

22. John Grant – Pale Green Ghosts

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(BellaUnion/Universal)

Otro de esos paralelismos 2012 – 2013 que tan socorridos son: si el año pasado fue Cat Power la que se la jugó sin contemplaciones rodeando de sintetizadores y cajas de ritmos su habitual discurso sufrido y puñetero, ahora el que decide hacer lo mismo es John Grant, aunque de una forma aún más extrema. Porque mientras que lo de ella fue un giro brusco, lo de él ha sido una auténtica revolución. En el fondo, que no en la forma. Por mensaje, por contenido, cualquiera de las once canciones que componen este Pale Green Ghosts encajaría dentro de su predecesor. Todo lo que las envuelve, eso sí, no tiene absolutamente nada que ver con Queen of Denmark: sintetizadores industriales, bombos típicamente clubber, transiciones cósmicas, beats poderosos… Y, a pesar de todo, reconocemos la personalidad irónica y ácida de John Grant en todos y cada uno de los rincones del álbum, incluso cuando se arroja a la pista de baile por completo (caso de la poderosa ‘Black Belt‘ o la desquiciada ‘Sensitive New Age Guy‘, puro DFA). Porque por encima de nuevas apariencias o experimentos sobresalen las magistrales letras del ex-Czars. Esas que hablan a pecho descubierto de temas jodidos como el suicidio (la citada ‘Sensitive New Age Guy‘ está dedicada a un amigo”que se pegó un tiro en la cabeza” el año pasado), el desamor (”eso no le importa / podría ser cualquier cosa, pero nunca podría ganar su corazón de nuevo / eso no le importa / se llevó mi pase AAA, soy invisible para él”, se lamenta en ‘It Doesn’t Matter to Him‘), la feroz autocrítica (”soy el mayor hijo de puta que vas a conocer, desde lo alto de mi cabeza hasta la punta de los dedos de mis pies”, proclama en ‘GMF‘) o el sida (”¿Qué esperabas? Te pasaste toda tu vida de rodillas”, suelta en ‘Ernest Borgnine‘) y, sin embargo, logran arrancarte una sonrisilla casi culpable. Esas que, vengan como vengan presentadas en próximas entregas, sólo podrán ser obra de John Grant. (Víctor) Escúchalo en Deezer.

21. Haim – Days Are Gone

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(Universal)

Hay que reconocerlo: durante gran parte del año pasado, lo de Haim fue puro hype. Sí, de acuerdo, su EP Forever prometía (e incluía la canción homónima, hit incontestable), pero la cosa simplemente estaba… inflada. Así de claro. Todos sabemos cómo funciona esto, que somos indies ya talluditos. Sin embargo, fue llegar el 2013, publicar Days are gone cuando estaba ya avanzado, y acertar. Aquí están ellas y aquí estoy yo, escribiendo sobre ellas. Definir su música es una empresa complicada. Hay ritmos, muchos ritmos. Hay new wave. Hay indietrónica. Hay, nos guste o no, mucha influencia del R&B contemporáneo y el electropop, la típica música que cualquier niña criada en los noventa escucharía por la MTV. Hay, en fin, muchas ganas de mover el culo. Y se mueve bien, con esos aires épicos de ‘Running if you call my name’, con las voces perfectamente solapadas de ese temazo que es ‘Falling’,  con la ochentera y ya mencionada ‘Forever’… cuando uno se recupera del shock inicial (¡a veces suenan demasiado a radiofórmula!) se da cuenta de que está ante un verdadero divertimento con ritmos irresistibles y melodías pegadizas. El hype no era tal, y nos veremos escuchando este disco bastantes veces en 2014. (Álvaro) Escúchalo en Deezer.

20. Steve Mason – Monkey Minds In The Devil’s Time

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(Domino)

Rectificar es de sabios. Y durante los pasados meses no hemos hablado lo suficiente de un disco monumental. Quizá Monkey Minds in the Devil’s Time sea el trabajo más ecléctico del año. Steve Mason ha sido un músico condenado por la estela del pasado. Su primer proyecto, The Beta Band, no tuvo la repercusión merecida por nacer en los estertores de la época dorada del brit pop. Pero el escocés no ha cejado en su empeño de que su nombre sea tenido en cuenta como uno de los grandes. Se acabó la experimentación electrónica y los ecos post-punk de Black Affair o King Biscuit Time, sus anteriores proyectos. Mason sigue la buena senda empezada en 2010 en Boys Outside con un disco largo, de 20 canciones con interludios incluidos, en las que el escocés ofrece de todo con una indiscutible coherencia. Desde un principio que bien podrían haber firmado Yes, King Crimson o Genesis con ‘Lie Awake’, hasta ‘A Lot of Love’, un simplemente magistral medio tiempo que podría ser obra de cualquiera de los grandes trovadores de los 70 o haber hecho estremecer al renacido Bill Fay. Pero Mason también pasea por el hip hop en ‘More Money, More Fire’, hace guiños a sus coetáneos  Spiritualized en ‘Lonely’ y deja sin respiración con ‘Fire!’. Y todavía quedan ‘Seen It All Before’, ‘Oh My Lord’ o ‘Come to Me’. Siéntense y disfruten de la aterciopelada obra de un genio. Sin duda, estamos ante una obra maestra definitiva. (Carlos) Escúchalo en Deezer.

19. Moderat – II

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(Monkeytown Records)

No debió de ser fácil para Modeselektor y Apparat ponerse de acuerdo para volver a caminar al son de Moderat. Ellos mismos lo han reconocido abiertamente. Y no precisamente porque su segunda entrega conjunta la grabaran durante el ”shittiest Berlin winter ever”, sino porque desde 2009, el año en el que se publicó el debut de Moderat, sus personalidades musicales han ido alejándose cada vez más y más. O eso parece desde fuera. Cada paso dado por el bueno de Sascha Ring (RAT) ha sido para poner más tierra de por medio entre su habitualmente mugrosa cabellera y el club: ahí están el muy acústico y bastante pop The Devil’s Walk y ese experimento con forma de banda sonora llamado Krieg und Frieden (Music for Theatre), aunque también un memorable volumen para la serie Dj-Kicks que funciona infinitamente mejor en el reposo de un dormitorio que en el fragor de una pista de baile. En cambio, Gernot Bronsert y Sebastian Szary (MODE) no han estado tan activos, pero en el entretenidísimo Monkeytown no pudieron reprimir las ganas de gritar a los cuatro vientos que la farra les vuelve locos. La cosa estaba clara: una de las dos partes tendría que ceder. O lo que es lo mismo, una tendría que imponerse. Ganó RAT y con él, nosotros. También la melodía, el trazo fino, las voces (Ring cada vez confía más en la suya), el magistral uso de los silencios, los desarrollos contemplativos. Así contado, II podría pasar tranquilamente por un disco de Apparat en solitario. Y una mierda, dirán Modeselektor, que no conciben apuntarse a una fiesta sin que se note su presencia. Sin ellos, es probable que ese hit que es ‘Bad Kingdom‘ hubiera seguido una dieta mucho más estricta y se nos presentara más escuálido e insípido (lo mismo puede decirse de ‘Gita‘). Sin ellos, ‘Versions‘ no pegaría como pega y los camaleónicos diez minutazos de ‘Milk‘ no serían tanto la leche (). Mérito para todos, disfrute del bueno para nosotros. (Víctor) Escúchalo en Deezer.

18. Deerhunter – Monomania

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(4AD)

Bradford Cox y sus Deerhunter decidieron en algún momento entre 2010 y 2013 que el pop era aburrido y que recogían sus trastos y se los llevaban al garaje con goteras de la esquina. Rock and roll. Soltar una especie de eructo en el tercer segundo de tu nuevo disco es toda una declaración de intenciones. Monomania es todo eso: un escupitajo en la cara, un caótico paisaje de mugre, una borrachera loca. Algo que ya avisan en ‘Leather Jacket II‘. Es aquí donde aprietan las tuercas al fuzz, donde las guitarras ya no gimen de placer sino de morbo, donde la voz de Cox suena desquiciada, donde se desmelenan para firmar un outro destartalado y chirriante. Es el sudor acalorado después de ochocientas birras en un antro que apesta. Y entonces, boom, vuelven a recordarte que son los mismos Deerhunter, deliciosamente adorables, de Halcyon Digest en ‘The Missing‘, la perla pop de Lockett Pundt. Sospechoso habitual. Escurridizos genios los hijos de puta. Esas dos canciones, seguidas, reflejan perfectamente la versatilidad de los de Atlanta, su capacidad para situarse por encima del bien y el mal. Porque Monomania también va un poco de eso: mismo perro, distinto collar, idéntico resultado. Bradford Cox sigue escribiendo canciones pop y es el disfraz lo único que va cambiando a lo largo de todo el disco. Con una facilidad pasmosa (me gusta imaginar un chasquido de dedos de Cox), Deerhunter son capaces de pasar de la divertidísima y saturada ‘Pensacola‘ a las atmósferas acuosas y relajadas de ‘T.H.M.‘ para acabar sacándose una ‘Back In The Middle‘ (¡riff del año!) que enseña tan bien esa urgencia tan bien llevada, elegante, que nunca se va de las manos. Deerhunter tienen el control de todo: que me aspen si ‘Monomania‘, la canción, no es una de las más pop que han hecho en toda su carrera. Es su interpretación cruda, rencorosa, sucia, la que da sentido a todo esto (“Come on God, hear my sick prayer; If you can, send me an angel; If you can’t send my an angel, send me something else instead”), la que les convierte en imparables. La canción acaba loca, desbocada, rebasando decibelios entre distorsiones, acoples y el rugir de una moto de una fondo. Y cuando todo cesa, Cox sale sólo con su acústica y su voz en ‘Nitebike‘. La calma después de la tempestad. El romper a cañonazos el guión todo el rato. El altar desde el que te ríes de todos y de ti mismo (“For a month i was punk, i remember all my drunks; for a week, i was weak…” cierran en ‘Punk‘). Ese momento en el que puedes hacer lo que te da absolutamente la gana porque estás convencido de que el tuyo, y no otro, es el mejor grupo del mundo. (Marco/Sónida) Escúchalo en Deezer.

17. Kanye West – Yeezus

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(Universal)

Y, de repente, Kanye publicó disco el pasado 18 de junio. Le colocó una portada como de mercadillo y, casi sin previo aviso, soltó el bombazo. Es de suponer que su querida Kardashian estaría al tanto, pero el resto no tuvimos noticias de Yeezus hasta pocas semanas antes de su llegada. Y ni siquiera de su boca. Pero que nadie se confunda: el quinto álbum de este autoproclamado representante de Dios en la Tierra es cualquier cosa menos un lanzamiento improvisado. Absolutamente imposible que un disco que involucra a más de medio centenar de personas (Kanye, ya se sabe, lo hace a lo grande o no lo hace) sea fruto de un calentón, de un ratito de inspiración. Aunque rasque, aunque pinche. Aunque a ratos pueda parecer una versión primeriza y esbozada de algo más pulido, casi una maqueta, es evidente que detrás de Yeezus y su fingida austeridad hay un curro de proporciones bíblicas. Y un pastizal destinado a agradecer featurings, suponemos: Daft Punk, Justin Vernon, Kid Cudi, Frank Ocean, Rick Rubin, Gesaffelstein, Hudson Mohawke… Hasta el mismísimo God aparece en los créditos. No ‘Ye, el otro. De entre todos esos secundarios high level, uno sobresale especialmente: el amigo Vernon. Y no sólo porque el de Wisconsin sea capaz de convertir en oro todo lo que toca (en este caso, ‘I am a God‘ y ‘Hold My Liquor‘), sino porque es el único colaborador que ha tenido licencia para robarle algo de protagonismo de verdad a West. El resto, invitados más que testimoniales a un festín ególatra, demencial, extremo y bastante difícil de clasificar. Especialmente porque Yeezus abre multitud de puertas que hasta ahora permanecían cerradas para su autor al mismo tiempo que brinda más de un guiño (sobre todo en la segunda mitad del tracklist) a los ya lejanos Late RegistrationGraduation y 808s & Heartbreak. Incluso dentro de una misma canción, caso de ‘Guilt Trip‘, ‘Blood on the Leaves‘ o ‘Bound 2‘, en las que vocoder, sampleos de soul clásico y coros amables conviven con todo un universo infernal y tenebroso. Esta especie de recapitulación de su vida y milagros, esta mezcla de ayer y ahora, podría hacer que algún hater se frotara las manos pensando que Yeezus es algo parecido a una despedida, pero nada más lejos de la realidad: Q-Tip y Rick Rubin ya han confirmado que producirán la próxima entrega de este genio de nuestra generación. Ya la estamos esperando. (Víctor) Escúchalo en Deezer.

16. Rhye – Woman

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(Universal)

La música de Rhye es pura, sincera y honesta. En ella no hay hueco para adornos superfluos, no hay sitio para luces de neón que desvíen la atención, no hay trampa y tampoco cartón. Y, curiosamente, en el primer álbum de este dúo, Woman, no todo es lo que parece. Porque esa voz que se desliza aterciopelada a lo largo de 35 preciosos y sensuales minutos, esa voz que en ‘Open‘ te da la bienvenida entre arrepentida y deseosa, que en ‘The Fall‘ pide que le hagas el amor una vez más y que en ‘One of Those Summer Days‘ te susurra al oído, no pertenece a una afroamericana de labios carnosos y curvas pronunciadas, sino a Mike Milosh. Tras el lógico chasco, llega la fascinación. Resulta que ella es, en realidad, él. Pero vaya él. Bendito impostor. Milosh, que tiene poco de mulata y mucho de paliducho canadiense, flota con la elegancia de una ninfa entre loops de piano infinitos, vientos casi celestiales, cuerdas de piel de gallina y suaves palpitaciones disco. Y tu subconsciente, completamente engatusado, está encantado con la farsa. (Víctor) Escúchalo en Deezer.

15. Jon Hopkins – Immunity

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(Domino)

Unas llaves, una puerta que se abre, los pasos de alguien anónimo, un sonido hipnótico a lo lejos que acaba abduciendo a quien escuchaba su eco. Es la manera que tiene Jon Hopkins de convertir a cualquiera en ese alguien desconocido. Nada de trucos fáciles. Ruidos modulados por mil máquinas orquestadas por el ingenio del británico. Y sí, claro, hay tiempo de baile en temas como ‘Open Eye Signal’, pero que nadie espere esos preludios para que estallen bombos o percusiones que se aceleran para llegar al destino más previsible. Lo de Hopkins es la abstracción, el arte de crear sensaciones a través de sonidos que no tendrían ningún sentido aislados. Contengan la respiración en las teclas del piano que suena en ‘Breathe This Air’ y descubrirán un cielo estrellado que ni siquiera interrumpe el sonido de un tacón contra el suelo. Son estímulos que se superponen creando algo desconocido. Y es que las colaboraciones con Coldplay o incluso Massive Attack mermaban las posibilidades de un tipo llamado a llenar muchos huecos, mucho más deudor de Steve Reich o del Matthew Herbert más experimental que de bandas de grandes superficies. Su Immunity es una obra mayor, un compendio de instantes (de la angustia electrónica de ‘Collider‘ al minimalismo sobrecogedor de ‘Abandon Window‘) que se entrelazan creando una inevitable atracción hacia lo desconocido. (Carlos) Escúchalo en Deezer.

14. Chvrches – The Bones of What You Believe

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(Universal)

Empiezo a escribir estas líneas con la conciencia tranquila, después de haber colado alguna filia incontestable (hola Maria) en la primera parte de nuestras listas, después de haberme hecho el culto con las menciones de honor, después de haber dejado el listón de mi gusto musical en un lugar decente y elegante. Y ahora confieso: The Bones of What You Believe es el disco que más he escuchado este año. Lo mismo para dejar la casa como los chorros que para pegarme extensas sudadas en el gimnasio; lo mismo como banda sonora de ducha pre fiesta, que para hacer saltar radares en esos paraísos recaudatorios que circunvalan Madrid. Este es sin duda un disco de temporada, de esos a los que el tiempo tratará mal. Un LP al que ya casi se le intuyen las arrugas. Un trabajo del que, en unos meses, quizás digamos con desprecio que suena “muy 2013“. Un disco chicloso, nube de algodón, manzana de caramelo, osito de gominola, piruleta de corazón. Lleno de hits redondos, producidos con una pulcritud de zapato de charol: brillantes, lisitos, horteras. Pero qué chute de glucosa más sabroso, señores. Desde ‘The Mother We Share‘ a ‘By The Troat’, nos pongamos como nos pongamos, bendito postre. ‘We Sink’, ‘Gun’ y ese estribillo interminable que es ‘Recover’, un virus hecho tema. No pasará a la eternidad, probablemente no, pero cómo brilla en el instante, cómo se disfruta, cómo carga las pilas. Hablaremos en unos meses, pero de momento, vivan las chuches. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

13. Youth Lagoon – Wondrous Bughouse

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(Fat Possum)

Trevor Powers, aka Youth Lagoon, vivía en una cabañita y hacía canciones con su acústica, algún sinte y alguna percusión. The Year Of Hibernation era un disco de canciones pequeñas, escurridizas, remolonas. Suficiente para dejar alguna joya tras de sí (‘July‘, ‘Cannons‘, ‘Montana‘) pero escaso como disco. Así que para su continuación se expandió, reclutó una banda y se mudó a otro lugar. El título lo dice todo: Wondrous Bughouse, algo así como maravilloso manicomio. La portada, también. Powers dibuja un mundo colorista, caleidoscópico, imaginario, donde los peces vuelan y el sol sale por debajo de la tierra. Y es precisamente ese paisaje el que va trazando en su segundo trabajo, sumergido en un enrevesado viaje psicodélico y espacial. Wondrous Bughouse es un disco experimental, cargado de matices, de giros imposibles… pero también absolutamente coreable, extremadamente pegadizo. Cuántas veces nos hemos sorprendido canturreando ese “you’ll never die, you’ll never die…” de ‘Dropla‘, hooliganeando con los sintes de ‘Pelican Man‘ (lolo, lolo, lolo, lolo, lolo…), silbando los solos de ‘Raspberry Cane‘. Y por encima de todo ese desorden, Trevor Powers canta, como si cada sílaba fuese la última de su existencia, a la muerte, a la vida, a la locura y a la fantasía bajo el prisma de una lírica personalísima digna de estudio y diccionario. Un nuevo genio ha nacido. (Marco/Sónida) Escúchalo en Deezer.

12. Kurt Vile – Wakin On A Pretty Daze

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(Matador)

Kurt Vile en el fondo es un chico trasparente. En serio. No hay más que buscar unas fotos en Google para descifrarle. Le verán con las manos en los bolsillos, sentado en una acera, despreocupado fumándose un piti, apoyado en una verja con cara de Garfield. Su cuarto álbum es, como él, despreocupadamente brillante. Y para explicarlo conviene empezar por el final, por ‘Goldtone‘, la más larga. Allí el de Philadelphia canta: “puede que esté a la deriva, pero sigo alerta / Concentrado en ¿un Goldtone?/ Tonos dorados / Por la noche cuando todo hiberna / Yo me mantengo despierto, buscando en las oscuras profundidades / El tono de mi alma”.  Y será cierto que esas profundidades son oscuras, pero a fe que su disco no. ‘Waking on a Pretty Day’ es esa brisa fría que te airea la habitación en estas mañanas soleadas de invierno. Trigo limpio, sábanas frescas. La voz de Vile, quizás más cándida, tan lánguida como siempre, camina por este tema como un abuelo por el parque, con las manos en los bolsillos, despreocupado, sin saber ni por asomo la hora que es. Es la primera y no decae en sus casi 10 minutos, asunto milagroso. La producción es exquisita, más pulcra y luminosa que la de Smoking Ring For My Halo. Las canciones más concretas (‘KV Crimes’ o ‘Shame Chamber’) apelan a los clásicos (Neil Young es infinito) pero no les plagian. Otras, como la más que optimista ‘Snowflakes Are Dancing‘, recuerdan para bien a lo mejor de The War on Drugs (proyecto hermano) y dejan alguna línea cachonda: “Snowflakes are dancing, this man is pumping / Headphones are loud, chilling on a pillowy cloud / Comfort of codeine, and Springsteen pristine / You should sing just whatever”. Hablamos de un álbum de 11 temas en los que más de la mitad superan los seis minutos. En conjunto, podría ser más breve, pero aquí no hay dispersión instrumental que no sea bienvenida porque cuando Vile prepara esas macedonias melódicas (las colas de ‘Was a Talk’ o ‘Air Bud’ son dos ejemplos) nos tiene siempre ahí con la cuchara, listos para saborear estos guitarreos perezosos que siempre van a alguna parte. Waking on a Pretty Daze es, en fin, un disco perfecto para el dolce far niente, con un sonido cristalino y siempre amable. Sólo faltan mejores letras para colarse más arriba. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

11. Sigur Rós – Kveikur

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(XL Recordings)

Quizá no fue así, pero la historia encaja: Valtari fue la despedida emotiva de Sigur Rós a Kjartan Sveinsson, el teclista de la banda desde sus inicios, que abandonó el grupo el año pasado. Y una vez reconvertidos en trío y sin ningún sustituto a la vista, Sigur Rós han podido renacer. De esta nueva vida surge Kveikur, no sé si el mejor disco de los islandeses, pero sin duda el más abrumador. El más violento. El más furioso. El que de alguna manera les reconecta con sus inicios (especialmente Ágaetis Byrjun y ( )) después de una trilogía cada vez más orientada al pop. La respuesta es Kveikur, el séptimo disco de una banda que demuestra no conocer límites. Y para que no haya dudas, la primera nos la dan en la cara: ‘Brennisteinn’ se abre con percusiones de ultratumba, una base rítmica casi industrial, y ni siquiera la voz angelical de Jónsi consigue iluminar suficientemente el terreno. Esto es post-rock en el infierno. Y es tan bueno que abundan los momentos en los que un escalofrío te recorre el cuerpo y te corta la respiración ante tal exhibición: el primer estribillo de la misma ‘Brennisteinn’, allá por el minuto 1:53; el espectacular minuto de crescendo final de ‘Bláprádur’, que realmente no quieres que termine nunca; o la obra maestra que es ‘Isjaki’, que demuestra que el pop sigue estando allí. Sigur Rós todavía son capaces de sonar dóciles (‘Rafstraumur’ podría haber entrado en Med Sud…, y ‘Stormur’ en Takk), pero las canciones que ahora les representan son ‘Kveikur’ o ‘Brennisteinn’, más cercanas a la contundencia del post-metal que a la del post-rock. Incluso la final ‘Var’, a modo de epílogo final, es una especie de auto-homenaje a sus vertientes más evocadoras. Lo mejor de Kveikur, al final, es que si bien muestra a una banda en un estado de forma imbatible, capaz de sonar más abrumadora que nunca, evidencia que no hay ruptura, que el post-rock, el pop, la electrónica y la magia islandesa pueden convivir sin que nada anule a nada. No hay absolutamente nada en Kveikur que sobre: nueve canciones, 48 minutos, y cada segundo es sobrecogedor. Excepcional. (Aleix) Escúchalo en Deezer.

10. Oso Leone – Mokragora

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(Foehn Records)

Vamos a morir con las botas puestas, ya que estamos. Este año, como saben, es el primero que nos lanzamos a mezclar lo nacional con lo internacional, dejando la lista en una sola, con la mejor música del año. Cuando decidimos hacerlo, el gran pero era que, escuchando como escuchamos más música de allá que de acá, no hubiese suficiente representación de editados en España. El gran argumento a favor, en cambio, era que por primera vez nos obligaríamos a preguntarnos en qué puestos quedarían los mejores discos nacionales si nos poníamos a ‘competir’ con los del resto del mundo. Que Oso Leone estén aquí, cerrando la página de los que humildemente consideramos los diez mejores discos del año no es ningún ejercicio de postureo. Mokragora es definitivamente uno de los discos más redondos de este 2013: complejo, ambiental, ambicioso y resistente a las escuchas como el diamante a los arañazos. Pocos silencios más significantes que los de ‘Alçaria‘, pocas canciones tan deliciosamente orgánicas como ‘Cactus‘, pocos viajes tan suavecitos como ‘Cristantemo‘. Como en cualquier trabajo, hay canciones que destacan, pero uno de los indudables méritos de Mokragora es su ambición conceptual, su intención de funcionar como un todo, de principio a fin: natural, ingrávido, minimalista, cautivador. Concebido como parte de un proyecto más grande que aúna fotografía y poesía, creado desde una isla y lanzado al mundo sin ambiciones desmedidas. Es su segundo largo, pero es su primer triunfo. Y visto el talento desplegado auguramos que no será el último. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

9. Bill Callahan – Dream River

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(Drag City)

De algún modo, bajar la aguja del tocadiscos y adentrarse en Dream River es parecido a abrir un grifo. A los pocos instantes, como por arte de magia, el agua brota de la nada y empieza a fluir de forma orgánica, respetando el orden de los elementos en un acto de hermosa cotidianidad que muy pocos son capaces de apreciar. Uno de ellos es el gran Bill Callahan, quien en su cuarto LP firmado a cara descubierta (Smog comienza a difuminarse en el retrovisor) vuelve a hacer fácil aquello tan difícil de transmitir imágenes y sentimientos con una sencillez y una naturalidad pasmosas. “Sometimes it’s hard to know when to call it an evening / See as much as we can stand / Stand ‘till we stagger / Laying all twisted together and exposed like roots on a river bank”, canta en ‘Javelin Unlanding’ y uno no sabe qué carajo escribir. La susodicha es la primera de seis canciones por las que transcurren los sueños de Callahan, historias de naturaleza y movimiento (gaviotas, águilas, ríos…) envueltas por dos únicos bocados de realidad, los glosados en la inicial ‘The Sing’ (“Beer… Thank you”) y en la final ‘Winter Road’, cuando el cantautor de Maryland se dirige a casa tras haber aprendido que “when things are beautiful, to just keep on”. Es quizás esta recién descubierta paz interior, esos atisbos de felicidad lo que más llama la atención de un trabajo que, instrumentos de cuerda y viento aparte, bien podría ser la continuación de la segunda mitad de su predecesor, Apocalypse. Cojan, por ejemplo, la infinitamente hermosa‘Small Plane’ y descubrirán al otrora huraño Bill casi, casi entregándose al amor. Más carnal se muestra en ‘The Spring’, una maravilla lírica y musical en la que la colosal guitarra eléctrica de Matt Kinsey emerge como un remolino para, por instantes, robarle el protagonismo al ya célebre barítono de Callahan. Y luego están los seis minutos y medio mágicos de ‘Summer Painter’, donde un pintor ocasional de barcos (“Rich man’s folly and poor man’s dream / I painted these while beavers built dams all around me”) desaparece misteriosamente antes de que estalle la tormenta dibujada por una hipnótica flauta. Dice Bill Callahan que Dream River fue pensado para ser escuchado tarde por la noche, justo antes de ir a dormir. “Es un disco que pretende ser el colofón perfecto al día de una persona”, ha comentado por ahí. Sigan pues el consejo: bajen la aguja, dejen que el agua del río fluya y que ésta les lleve hacia el mundo de los sueños. La recompensa será enorme. (Arnau)

8. The National – Trouble Will Find Me

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(4AD)

Sería interesante hacer las listas del año un año tarde, o dos. Es decir, rehacer ahora de pronto la lista de 2012, y ver si con el tiempo las posiciones se mantienen, si los discos más brillantes todavía deslumbran o si son precisamente esos que palpitaban más despacio los que se han ganado el derecho al recuerdo. Creo que de hacer ese ejercicio, todos los discos de The National estarían más arriba de lo que se les puso originalmente. Personalmente me ha ocurrido con todos, pero especialmente con los últimos. Recuerdo cómo High Violet no entró a la primera y ahora es de mis discos favoritos de siempre. Ahora noto cómo a cada escucha de este Trouble Will Find Me, a medida que mi cerebro almacena letras y anticipa variaciones, voy haciéndole un hueco permanente en mi estantería. Recuerdo este verano un tren arrancando en Belgrado, saliendo de la ciudad casi reptado mientras el sol se ponía al otro lado del río. En los cascos sonaba ‘Fireproof‘. Recuerdo el concierto de hace unas semanas en Madrid, cuando la bilis de ‘Sea of Love’ contribuyó al amago de afonía del día siguiente. Recuerdo ese primer domingo de otoño serio en el que se me cruzaron dos recuerdos y ‘I Need My Girl’ se convirtió en una navaja. The National no han hecho un disco intrépido ni arriesgado, no han evolucionado ni han logrado hacer un álbum redondo, pero Trouble Will Find Me va perdiendo sus contadísimos peros con cada escucha: ‘Slipped’ acaba por encontrar su sitio, ‘Hard To Find’ termina por convencer al cierre. No hay aquí temazos de radiofórmula. Hasta las más inmediatas tienen poso: ‘I Should Live In Salt’‘Don’t Swallow The Cap’, o ‘Graceless’ serán grandes mañana, al año que viene y dentro de diez. Y a medida que uno escucha el álbum entero, que es lo que pide, a medida que uno se proyecta en las canciones y las adopta, empiezan los enamoramientos subjetivos: ‘This Is The Last Time’ hace un par de meses. ‘Humilliation’ en este instante. “All the LA women / Fall asleep while swimmin’ / I got paid to fish ‘em out / And then one day I lost the job / And I cried a little / I got fried a little / Then she laid her eyes on mine / And she said, “Babe, you’re better off””. La paleta de adjetivos para este álbum es más que obvia: elegante, contenido, delicado… Habría que hablar de clase, de gusto, de detalle. Dice mi compañero Arnau (le echamos todo de menos) con razón que parece un disco para fans longevos, un chocolate carísimo del que hay que saborear cada matiz. A medida que pasan los discos y los años, lo más grande de The National es que ya son historias. Si mañana se separasen (no jodamos), sus canciones seguirían con nosotros para siempre, trayéndonos imágenes de hoy, de las personas que éramos, de las que somos. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

7. Daughter – If You Leave

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(4AD)

Cada año hay un disco que llega de puntillas y te acaba enamorando. Un disco al que guardas un cariño especial no solo por su contenido, no solo porque te toque la fibra o te diga cosas que otros no, sino también por la forma, por haberse colado entre la amalgama de grandes nombres que sabes que estarán a la altura con cada nuevo trabajo que publiquen y dejarán poco espacio a los recién llegados. Este año, ese disco es el debut de Daughter. Hasta cierto punto resulta secundario que los de Elena Tonra lleven desde 2011 publicando EPs, porque no ha sido hasta If You Leave que han logrado la obra conjunta, su gran retablo de pequeñas historias tristes envueltas en una música gélida pero esperanzadora. Y es que Daughter saben manejar como pocos esa épica que sin resultar excesivamente obvia consigue llegar hasta el último rincón de nuestro organismo. Se te encoge el corazón cuando Tonra canta en ‘Smother’, casi a capella, “in the darkness I will meet my creators”, pero a medida que van apareciendo los coros espectrales, que se repite lo de “to follow…” y la batería avanza, la tristeza se convierte en luz. Tenue, pero luz. Y es en este constante contraste, en las historias tristes con un poso esperanzador, donde Daughter nos doblegan. Sucede en cada uno de los temas de If You Leave, tan influenciado por el uso de los silencios de The xx como de los crescendos de Bon Iver o las brumas de The Antlers. En ‘Lifeforms’, por ejemplo. La canción nos coge de la mano desde el principio (“from the beginning…”), y no nos suelta hasta atravesar su tormentoso camino, con calma, tempestad, silencios y explosiones contenidas, pero guiados siempre por la dulce voz de Tonra, a veces incisiva, a veces susurrada, pero siempre impecable. If You Leave es un trayecto repleto de pequeños viajes, de una uniformidad notoria pero también con algún momento de distensión. Hay canciones de relativa euforia, como la colosal ‘Human’ o la juguetona ‘Amtserdam’, pero es obvio que donde Daughter se mueven mejor es en historias de desazón como ‘Winter’ (no existe un corte mejor para inaugurar un disco así) o la final ‘Shallows’, probablemente la canción más sentida del disco tanto en forma como fondo, que da sentido al título del álbum y que resume todo su sentir: “Come out, come out, to the sea my love / And just / Drown with me / Drown with me”. Un disco tan triste como bello, tan doloroso como necesario, y tan oscuro que al final se ve algo de luz. Tenue, pero una luz. (Aleix) Escúchalo en Deezer.

6. Triángulo de Amor Bizarro – Victoria Mística

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(Mushroom Pillow)

“Somos un grupo de hostión”, dijeron. Crecidos después del salto cualitativo que supuso Año Santo (2010), Triángulo de Amor Bizarro han vuelto a asestarnos un golpe en plena cara. Y nosotros, encantadísimos. De hecho, les estábamos esperando. Frente a la vieja receta de siempre, teníamos la ilusión todavía por estrenar. Como chiquillos, vamos. No es para menos. El disco venía con estrella, y no mística precisamente: sobrevivió hasta a un terremoto en China. Con un antecedente así, ¿cómo no iba a alcanzar el sexto puesto en nuestra lista, el más alto de todos los lanzamientos estatales? Seguramente ya habrán comprobado por ahí, queridos lectores, que no somos los únicos que tenemos en tan alta estima el tercer disco de los gallegos: han paseado su música con solera y éxito en lugares como México y Chile. Ahora que ya sabemos que son unos popes, cabe preguntarse: ¿Es para tanto? ¿Se merecen todas estas palabras de pleitesía? Siguen alterando las formas más clásicas, subvirtiendo el sonido, siendo gamberros… y les aclaman unánimemente por ello. Entonces, ¿qué hay de nuevo? Aunque es cierto que la sorpresa más certera la dieron con su anterior entrega, no deja de ser admirable que Triángulo de Amor Bizarro afronten un tercer round con la misma estrategia, pero a la vez manteniéndose firmes, creativos y sin aburrir. El efectivísimo gancho inicial de izquierda en ‘Robo tu tiempo’ mata en el acto a cualquiera que esté al otro lado del estéreo. Después, la sátira del famoseo (y perfecta canción pop) que es ‘Estrellas místicas’, el blues socarrón y nihilista de ‘Un rayo de sol’ o la angustiosa y fenomenal ‘Ellas se burlaron de mi magia’ (posiblemente, su mejor canción hasta la fecha) simplemente se limitan a rematar al cadáver. Con contundencia, sin miramientos, mucho noise y melodías e incluso algo de buen rollo. Nos vemos en las verbenas. (Álvaro) Escúchalo en Deezer.

5. James Blake – Overgrown

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(Universal)

Suprimamos el pasado de los grandes cantautores, de las guitarras acústicas, incluso de los crooners y las grandes bandas. Es la época del bit, el reinado de lo digital, y alguien tiene que tocar esa fibra a través de las máquinas. Y también de una prodigiosa voz y de los ecos del sonido de un piano superviviente. A James Blake le va todo eso del sentimentalismo sintético, del minimalismo romántico o del soul futurista. No se puede decir que al muchacho, que tan solo cuenta 25 primaveras, se le haya subido el éxito a la cabeza. Más bien le ha valido para exprimir más sus aptitudes. Su primer disco homónimo vino precedido de la repercusión que tuvieron algunos de sus primeros EP’s como CMYK. El paso siguiente ha sido el de potenciar ese intimismo marca de la casa. Hay menos experimentación electrónica en este Overgrown, pero ataca directamente al corazón. La estrofa de ‘Retrograde’, una de las mejores piezas del disco, en la que Blake canta “Suddenly I’m hit / it´s the starkness of the dawn” antes de que un sintetizador golpee las entrañas es un buen resumen de trabajo que habla de la soledad, la desesperación o los sueños frustrados. Se avistan tan solo en el horizonte los soberbios experimentos que sonaron hace tan solo dos años en canciones como ‘Unluck’ y que encontraron su eco en bandas como Mount Kimbie, y aparecen en primer plano los suaves lamentos de ‘DLM’, las atmósferas introvertidas de ‘Our Love Comes Back’ o las caricias de ‘Overgrown’. Incluso se atreve con el hip hop en la espectacular ‘Take a Fall For Me’ (junto a RZA) y se pone el mono de baile en ‘Voyeur‘. Siempre resulta difícil escoger los mejores trabajos del año, pero si hubiera que quedarse con el más conmovedor, el premio sería sin duda para el de James Blake. (Carlos) Escúchalo en Deezer.

4. Arcade Fire – Reflektor

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(Universal)

Iba a ser el disco del año y no lo es. A las bandas grandes que vienen de su cumbre se las espera siempre con superlativos en una mano y puñales en la otra. Se quiere que el siguiente trabajo sea excelso, atrevido y ambicioso; que supere a su predecesor, que suponga una evolución y que mantenga la esencias; que sea íntegro y fiel, inteligente y cautivador. Y desgraciadamente la realidad muchas veces no supera la fantasía. Arcade Fire son sin duda una de las mejores bandas de lo que llevamos de siglo y baste decir que Reflektor ni por asomo desentona en su despampanante discografía. Es hasta gracioso el modo en que se habla por ejemplo de Neon Bible, casi como una obra menor, cuando contiene canciones e ideas por las que matarían la mitad de las bandas de su continente. Temo que con Reflektor termine adoptándose la misma condescendencia olvidadiza, porque en verdad es un disco sobresaliente. Tiempo tendremos para hablar de ‘Reflektor‘, que deslumbra como pocas este año, pero es que ‘We Exist‘, con su bajo líquido y sus coros poperos, vuelve a traer esas letras generacionales que encumbraron a su predecesor (“We know that we’re young / And no shit we’re confused / But will you watch us drown? / What are you so afraid to lose?”) y otras como ‘Joan of Arc’ o ‘Normal Person’ (¿alguien más ve a Dios cuando entra el coro?) desmienten que Arcade Fire se hayan pasado ni por asomo al latineo. Los percusionistas haitianos, cuya presencia se destacó como si esto fuese a convertirse en un carnaval vudú, están perfectamente integrados, y Reflektor sólo suena verdaderamente tropical en ‘Flashbulb Eyes‘. Como ya hicieran con The Suburbs, Reflektor está también planteado en dos caras. Y si la A es casi de disfrute instantáneo, la B deja espacio para el amor duradero. Decenas de escuchas después afirmo sin dudar que mi tema favorito es ‘Awful Sound (Oh Eurydice)’, porque sólo puede salir de aquí. Seis minutos de rock poroso y narrativo, producido con crudeza y sin artificio (James, we miss you), pero con la suficiente mano para generar melancolía, angustia y liberación. Cuando Win Butler canta eso “just take all your pain  / just put it on me / so that you can breathe”, cuando los motores del avión presionan hasta ensordecer, cuando todo respira tras haber estado al borde de la asfixia y la canción florece hasta la acústica y los coros… es ahí donde uno reflexiona y dice: si esto no es inmenso yo no sé nada. Si un disco que se guarda ‘Porno’ y ‘Afterlife‘ (¿el hit?) para el final no es para superlativizar, yo me he perdido. Arcade Fire han vuelto y son humanos. Han evolucionado sin perder la esencia. Nos han dado más hits que concepto, más baile que grito, más diversión que épica. Siguen siendo inmensos y sobre todo libres. Por muchos años. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

3. Darkside – Psychic

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(Matador)

¿Y si lo llegamos a poner de disco del año… qué? Pues nos habrían caído palos porque, inexplicablemente, este disco no le cala a todo el mundo. Hay ciertas sensibilidades que no excita, ciertos oídos que no moja. Pero incluso esos, mayoritariamente, son capaces de reconocer la inmensa calidad y el talento genuino de esta pareja tan bien avenida. Por un lado, un guitarrista rubio que por momentos parece tomarle prestados los gestos a Eric Clapton; y por otro, un crío de 23 años, fan de Villalobos, que lleva dejándonos con el culo tieso desde que con apenas 20 compuso en solitario Space Is Only Noise, un disco táctil, para escuchar con las yemas de los tímpanos. Él, que ahora va de maduro y experto, dice que ya no conecta con aquello y habla del álbum casi como un asunto que no le importaría olvidar. Ha evolucionado, sí, pero esa capacidad para texturizar todo lo que toca la mantiene intacta. ‘Golden Arrow’ parece una canción diseñada para cerrar un álbum, pero lo abre. Suena a Blade Runner: alcantarillas exhalando vapor de agua, neones tintineantes, asfalto mojado. Al poco, una nota como un pulso emerge entre explosiones lejanas, suenan gaviotas electrónicas (“¡Pink Floyd!“, grita una sinapsis rebelde), y de pronto todo pausa y entra un beat. Lo mejor es cerrar los ojos y ver, sentirlo todo como en un buen sueño, desentrañar ese desorden futurista pero humano, jugar hasta nos dejen, porque pronto –pum, pa, pum, pa, pupum, pa– llega Dave y el hechizo se ordena. El tema ya lo conocen, ha sido loado hasta la saciedad incluso por los escépticos, porque es apabullante a la primera, pero con motivo les digo que su virtud principal es la resistencia, seguir mostrando aristas y caras a la septuagésimo novena vuelta. Tras ella, ‘Sintra‘ entra como un engranaje, de nuevo crepitante, con una suerte de pasos sobre hojas secas que se alejan e introducen un teclado gélido que desemboca en ‘Heart‘. Y allí, queridos… florece el riff. Juro que no hay vez que este tema llegue al 1:20, entre esa guitarra y a mí no se me haga la boca llaermaister. La combinación que crece tras aquello es de un gusto y un tacto impresionantes, de una clase y una audacia extraterrestres. El ecuador de Phsychic es también su cumbre. ‘Paper Trails‘ es un blues dislocado donde la tensión constante entre humanidad y robótica -presente todo el álbum- cae del primer lado. Ahí tienen esa guitarra afilada, invocando clásicos, y esa voz acolchada (“¡The Doors!“, exclama sinapsis) diciéndote que sí, que este también puede ser un disco de letras: “Paper trails on a mountain / And fruits on a table / A wooden house to live in /A baby to care / The grass green / But the sun is blue / Better find a way / To get through to you”. ‘The Only Shrine I’ve Seen’ vuelve a repartir fuerzas, más clubera y grave, de nuevo con otro fraseo genial en las seis cuerdas. ‘Freak Go Home’ retoma las percusiones tribales de ‘Heart’ y crea un tema en dos espacios, uno frontal y fluido donde todo es un paseo, y uno secundario y lejano que emerge solo a ratos (y acaba protagonista) donde parece haber una revolución industrial. Las voces antes limpias ahora arden y todo es más espeso, más rugoso y más bélico. ‘Greek Light’, andina y exigente, sirve de última transición y ‘Metatron’, que podría pasar por un mal viaje de James Blake, termina por cerrar un álbum glorioso, casi perfecto. Profundo, vanguardista, innovador y exquisito. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

2. Vampire Weekend – Modern Vampries of the City

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(XL Recordings)

Pasados los meses, bien digerido, analizado y puesto en contexto, ya podemos decirlo: Modern Vampires of the City es un disco perfecto de pop universal. A algunos les resultará anodino, a otros les dará cierta rabia tanta pulcritud, pero hay una cosa indudable: estos pijitos insultantemente jóvenes han conseguido parir un clásico con su tercer disco. Vampire Weekend es de aquellas bandas que definen una generación: su pop es atemporal y escurridizo, suena a todo el pop clásico pero a nada en concreto. Y lo mejor de todo es que el cuarteto de Brooklyn consigue hacerlo de forma que parezca natural, casi fácil. Sabemos que no es así, que Modern Vampires of the City tiene un enorme trabajo detrás, pero la unión del talento literario de Ezra Koening y la destreza instrumental de Rostam Batmanglij, Chris Baio y Chris Tomson es de las que ocurren pocas veces. Y dan los frutos que dan. Mi compañero y gurú Daniel define perfectamente su género: naïf trascendental. Y es que Modern Vampires of the City es un álbum sobrio, maduro e inspiradísimo, pero al mismo tiempo destila ternura e inocencia (el principio de ‘Obvious Bicycle’, los coros de juguete de ‘Ya Hey’, la delicia final de ‘Young Lion’). Los de Koenig han aprendido a sonar ligeros sin ser superficiales (‘Hannah Hunt’ y ‘Unbelievers’ son más livianas que el aire), a engatusarnos a todos sin que la división de opiniones sea por aspectos objetivos sino puramente por motivos pasionales. Canciones como ‘Step, ‘Diane Young’, ‘Everlasting Arms’ o ‘Worship You’ son impermeables a las críticas, son tan sólidas que uno no tiene más que rendirse ante sus arreglos, sus progresiones, sus cambios de ritmo y sus estribillos a prueba de bombas. Son perfectas, vaya. Te pueden gustar o no, te los puedes creer o no, pero lo que resulta innegable es que tienen un talento prodigioso a la hora de hacer canciones que celebran la vida sin tapujos. Modern Vampires of the City es un disco con doce dianas, quizás la cumbre de un grupo que ha encontrado su voz, y que a poco que siga en esta línea, será de los que marcan una generación. (Aleix) Escúchalo en Deezer.

1. Arctic Monkeys – AM

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(Domino)

En los primeros instantes de ‘Do I Wanna Know?’, todo queda constatado. Han transcurrido veinte segundos y uno ya imagina a Alex Turner, con su tupé imperturbable, marcando el ritmo de batería con el pie y mirando fijamente al horizonte al son del sencillo pero implacable riff que sustenta la canción. En esos primeros segundos de AM, toda la carrera de Arctic Monkeys se proyecta como si del fin de los días se tratara: once años, cinco discos, decenas de himnos, y ni un paso en falso. En esos 20 segundos, sí. No necesitan velocidad, ni explosiones, ni grandes aperturas: con una batería sobria, un bajo de refuerzo y un riff implacable es suficiente. Es solo el principio de una canción que inaugura un disco, pero es a la vez la mejor declaración de intenciones del mundo: somos Arctic Monkeys y vamos a hacer lo que queramos. Y lo haremos de cojones, además. AM –título escogido en homenaje al recopilatorio VU de Velvet Underground– es el disco de una banda que rebosa confianza en sí misma, que suena exultante, sobria y chulesca a la vez. Es el resultado de un grupo que lo puso todo patas arriba con su primer disco, que cogió aire con el segundo, que descubrió su lado oscuro en el tercero, y se dedicó a jugar en el cuarto. Pero ahora ha llegado el momento de dar el golpe en la mesa: somos Arctic Monkeys, y esto apenas acaba de empezar para nosotros.

AM, más allá de la referencia a la Velvet y al propio nombre del grupo de los de Alex Turner, tiene también un tercer significado: madrugada. Este es un álbum nocturno, desacomplejado, con un punto canalla. Un tratado que habla de llamadas a amigas con derecho a roce en pleno colocón, de posesión, de remordimientos, de rupturas, de despecho, de despecho, y de despecho. Es un disco oscuro, aparentemente duro en las formas pero con un corazoncito pop que convierte piezas como ‘Snap Out Of It’, ‘Arabella’ o ‘Why’d You Only Call Me When You’re High?’ en artefactos sonoros que no puedes parar de tararear. Es también el disco en el que Arctic Monkeys han unido el sonido rocoso que descubrieron en Humbug –gracias a Josh Homme de Queens of the Stone Age– con el r&b, el glam y el soul, y lo han impregnado todo –aunque sea sutilmente– con el pop clásico que redescubrieron en Suck It And See. Es el disco en el que todo ha encajado definitivamente.

Cuando Turner empieza a cantar en ‘Do I Wanna Know?’, con esa lapidaria y socarrona “Have you got colour in your cheeks?”, es imposible no percibir el cambio. Suena más grave, más seguro, más cabrón; sus palabras se entrelazan en un fraseo palpable, que fluye suavemente por encima de la base rítmica. Suena real. Cuando, en el puente antes del estribillo, aparecen los coros en falseto de Matt Helders, Jamie Cook y Nick O’Malley, todo encaja y el tema entra en una nueva dimensión. La canción crece en un estribillo glorioso de distorsión, pero nunca pierde esa base inicial, esos segundos de referencia que marcan tanto su devenir como el del disco. Unos principios que salvo en los momentos en los que se salen pretendidamente del guión (con la acelerada ‘R U Mine?’, por ejemplo, que grabaron antes; o con la delicia acústica ’No. 1 Party Anthem’, oasis en mitad del disco junto a la setentera ‘Mad Sounds’ y esa ‘Fireside’ que comienza con aires latinos y acaba con un estribillo infalible), ejercen de columna vertebral de AM: ‘I Want It All’ y ‘Snap Out Of It’ son sólidas y aplastantes, ‘One For The Road’ y ‘Arabella’ están tan cohesionadas que parecen una sola canción (el solo final de ‘One For The Road’ es de los que empuja al air guitar, y en ‘Arabella’ consiguen sonar a mezcla entre Black Sabbath, The Black Keys y The White Stripes sin caer en la copia en ningún momento).

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Pero si hay algo que sobresale en AM son las voces. Ya hemos comentado la evolución a la hora de cantar de Alex Turner, cada vez más deudora del hip hop y más personal al mismo tiempo, pero son sus compañeros los que, con sus coros, elevan varias canciones a otro nivel: lo hacen con ‘Why’d You Only Call Me When You’re High?’, puede que la más valiente y ‘negra’ del disco, pero también en ‘One For The Road’, en la clasicorra ‘Knee Socks’ (donde Josh Homme hace su cameo) o en ‘Mad Sounds’. En prácticamente todas las canciones del disco, de hecho. Es una evolución notabilísima en un terreno, además, por el que apenas habían transitado (recordamos ‘Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair’ de su anterior álbum, pero pocas más), y que le aporta una cohesión y una identidad apabullantes a su discurso sonoro. Es en gran parte gracias a ello que Arctic Monkeys suenan tan creíbles en su quinto álbum.

Incluso en una canción sencillísima como ‘I Wanna Be Yours’, que cierra maravillosamente el disco musicando el poema de John Cooper Clarke, no es hasta que entran los coros mientras Alex repite lo de “I wanna be yours” que todo se detiene y una gran canción se convierte en algo más. Son apenas tres minutos mágicos, aupados, todo sea dicho, por esa lírica punk de Clarke (“I wanna be your vacuum cleaner”), con aroma gospel y un Turner más sentido que nunca, convirtiendo de alguna forma todo el despecho de las once canciones anteriores en una declaración de amor sincera: “Maybe I just wanna be yours”. Y así, con los coros al unísono que se repiten hasta los últimos instantes de la canción, la seguridad arrogante de los primeros segundos de ‘Do I Wanna Know?’ se transforma en la seguridad de quien finalmente ha encontrado su lugar.

Para llegar aquí, Arctic Monkeys habían hecho cuatro grandes discos, cada uno a su manera, distinto al anterior, con una evolución marcada y una necesidad imperiosa de demostrar algo. Ahora han hecho uno que los define del todo por vez primera. Y, como quien dice, acaban de llegar. (Aleix) Escúchalo en Deezer.

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