21/10/2013

Recordamos la trayectoria del cantautor estadounidense en el décimo aniversario de su fallecimiento.

Diez años sin Elliott Smith. Tres mil seiscientos cincuenta días, tres mil seiscientas cincuenta puñaladas clavadas siempre en el mismo sitio, el quinto espacio intercostal izquierdo. Una década sin el cantautor indie por excelencia, figura llena de claroscuros y contradicciones, influencia para músicos de distintos estilos y tendencias, referencia para toda una generación que le venera con denuedo. Más que un nombre de culto, pero menos que una marca, Elliott Smith es el espejo de la gente corriente, de las pequeñas inseguridades cotidianas, de la música como bálsamo, del arte como resiliencia. Atrapado en sí mismo, publicó en vida cinco álbumes redondos como Elliott Smith (más otros tres con Heatmiser), antes de morir el 21 de octubre de 2003 de dos puñaladas autoinflingidas.

«Somos muy fans, y desde el año pasado estábamos mirando que el 21 de octubre era el décimo aniversario, así que decidimos montar este proyecto y hablar con artistas a los que sabíamos que les gustaba Elliott: ‘Oye, vamos a montar esto’. Y la verdad es que han respondido muy bien». Quien habla es Fátima, de la sala Sidecar, uno de los cerebros detrás del concierto homenaje protagonizado esta noche en Barcelona por gente como Germana (es decir, The New Raemon con sus dos hijas), Joan Colomo o Dani Vega (Mishima). Si están interesados, apresúrense, porque pinta a que la entrada estará cerca al sold-out. La recaudación se destinará a la Elliott Smith Memorial Fund, que trabaja con asociaciones contra el maltrato infantil.

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El propio Elliott fue víctima de la violencia doméstica a manos de su padrastro, Charlie, cuando vivía en Texas. Describía esas situaciones en canciones como ‘Some Song’ (‘Charlie beat you up week after week’). “Vivía en una familia muy cristiana, y padeció depresiones por sus abusos de pequeño. Con la música podía expresar cosas que necesitaba explicar, utilizando muchas metáforas con las que externalizaba sus pensamientos”, nos comenta al otro lado del teléfono Wences Aparicio, otro de los impulsores del concierto homenaje y bajista de Nueva Vulcano, grupo que -en principio- no tiene mucha conexión con el estilo de Smith. «Venimos del mundo del hardcore melódico y el post punk de finales de los noventa. Elliott Smith fue uno de los primeros cantautores a los que nos creímos. No nos poníamos a escuchar música folk melancólica, aparte de Lou Barlow. En el mundo de los sellos independientes, Elliott circuló de manera veloz, nos absorbió su música muy pronto. Es un cantautor que despierta mucho interés«, resuelve.

Los inicios musicales de Smith se consolidaron cuando, recién estrenada la adolescencia, dejó Texas y se mudó con su padre a Portland, Oregon, donde usaba un cuatro pistas para realizar grabaciones caseras. Sin embargo, no fue hasta su época como estudiante universitario cuando fundó con unos amigos un grupo de rock alternativo arquetípico, Heatmiser, en el que cantaba y tocaba la guitarra. Llegaron a publicar tres álbumes y un EP entre 1993 y 1996. No parecía irles mal: ese año firmaron un contrato con Virgin, pero la banda se separó poco después de publicar un largo para la multinacional. Para entonces, Elliott ya estaba reubicado como solista. Empezó con su resultón debut en solitario Roman Candle (1994), un experimento lo-fi influido por Nick Drake, basado en lánguidas guitarras y letras existenciales marcadas por Dios, el miedo y la muerte: una especie de respuesta a un grunge hegemónico al que nadie terminaba de definir con convicción.

Un año después llegaba el segundo fascículo, el homónimo Elliott Smith, donde la construcción del personaje depresivo y torturado estaba ya avanzada, con letras centradas en la dependencia interpersonal que pronto fueron derivadas hacia el temido lugar común de las drogas: “I can’t beat myself, and I don’t want to talk, I’m taking the cure, so I can be quiet wherever I want, so leave me alone”, cantaba en ‘Needle In The Hay‘. Ese halo antipático-pero-tierno siguió en Either/Or, el tercer disco y a la postre su lanzadera definitiva: el director de cine Gus Van Sant, también de Portland, le contactó para incluir algunas canciones suyas en El indomable Will Hunting. Las elegidas fueron ‘No Name #3‘, ‘Say Yes‘, ‘Angeles‘ y ‘Miss Misery‘, compuesta a propósito para la película. El ojo de Van Sant no iba desencaminado, y esta última fue candidata a mejor canción en los Oscar de 1998. Finalmente, la estatuilla fue para la ínclita Celine Dion y ‘My Heart Will Go On‘ (¿Qué esperaban? ¡Nadie pudo hacer nada contra el Titanic de James Cameron!), pero la publicidad ya estaba hecha: poco a poco, Elliott Smith empezaba a hacerse un nombre al otro lado del Atlántico.

“Cuando terminé la carrera, me dieron una beca Leonardo para Florencia. Antes de irme, Artur Estrada, cantante de Nueva Vulcano, me pasó un par de discos y me dijo ‘Este tío te va a molar’. Siempre me recuerda a mi época en Florencia”, confiesa Wences. «Tenía unos dieciocho años y estaba en el Contempopránea, y allí conocimos a unos amigos que me hablaron de Elliott Smith. Desde entonces me puse a escuchar sus canciones, me enganchó mucho, me llegó muy hondo», comenta Fátima. La palabra se estaba predicando por los círculos alternativos de uno y otro hemisferio, gracias a las 400.000 copias que vendió su cuarto disco, XO, de 1998. Su mayor éxito, además de un disco que rompía las costuras de su propio estilo: grabado con una banda al completo, cuerdas y todo, incluye dos valses, canciones fenomenalmente rematadas (‘Everybody Cares, Everybody Understands‘) y temas decididos y echados para adelante (‘A Question Mark‘). Ni rastro del alcohol y los antidepresivos que llevaba tomando desde el disco anterior.

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Al terminar los noventa, Elliott Smith tenía entre manos un sonido diferente al típico, y el siguiente LP iba a profundizar en esa senda. Figure 8, lanzado en la primavera de 2000, fue grabado en Abbey Road, y mostraba una mayor exhuberancia en los arreglos, rozando la música de cámara y entrando por momentos en el campo vitalista del power pop (‘Wouldn’t Mama Be Proud‘, ‘Stupidity Tries‘). «Figure 8 es más abierto, en ese momento empezó a dejar el alcoholismo y las drogas, y eso se ve en las letras. Estaba en Dreamworks, una multi, y tenia cierta repercusión. Reflejó su positividad en el momento en que empezó a luchar por desengancharse del alcohol. La cuestión es que luego cayó en picado», comenta Wences. Y sí: la gira de presentación del disco era extensa (llegó a pasar por nuestro país), las apariciones en televisión abundaban… y el consumo de heroína también.

Después de una serie de conciertos desastrosos, donde el público incluso tenía que gritarle las letras, y de problemas con gente de su discográfica, Smith ingresó en una clínica de desintoxicación de Los Ángeles en otoño de 2002. Una vez fuera, trató de reconstruirse a partir de sus añicos, pero no lo logró: el 21 de octubre de 2003, tras una discusión con su novia, se provocó dos puñaladas mortales en el pecho. La autopsia reveló que en su sangre no había índices altos de fármacos: tan sólo los relativos a su tratamiento habitual contra el déficit de atención. Desde su muerte, su figura se reivindicó en innumerables momentos y lugares, y sigue hasta hoy: hace pocas semanas, Madonna cantaba una intimísima versión de ‘Between the Bars‘.

La foto que encabeza este reportaje es la entrada de Audio Solutions, donde Elliott Smith se fotografió para la portada de Figure 8. Está llena de mensajes de agradecimiento escritos de puño y letra por innumerables fans anónimos, de palabras dedicadas al recuerdo del amigo que nunca conocerán. Una re-escritura popular y sentida sobre unas sinuosas curvas rojinegras, adecuada metáfora involuntaria del sonido y la vida de Smith: el rojo de la pasión, el negro del dolor. “Me llegó el otro día un mail de un chaval de veintiún años que quería participar. Cuando Elliott Smith se mató, él tenía once años”, dice Wookie, también de la sala Sidecar. “Si hiciéramos un homenaje a Jeff Buckley, posiblemente funcionaría. Si hiciéramos otro a Vic Chesnutt, a lo mejor también, pero si se tratase de Mark Linkous de Sparklehorse quizá no. Yo creo que se trata de hacer un homenaje a alguien que se lo merezca, y Elliott lo merece. Los músicos sienten una vinculación con él”, resuelve. Algo había que hacer. Algo teníamos que escribir. Algo había que devolverle al portavoz de un espíritu, al dueño de un sentimiento, al hombre eternamente adolescente que supo lanzar desde su guitarra y su alma, como un brillante canto de cisne, y sin que él lo supiera, el más hermoso mensaje de esperanza posible: «why should you want any other when you are a world within a world?«. Estás con nosotros, Elliott. Callen las palabras. Hable el arte.

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