16/09/2013

Crónicas de John Grant, Foals, Vampire Weekend, Franz Ferdinand, Capital Cities,...

El DCode se ha convertido ya en un habitual de estas fechas tardo-veraniegas. Con todo el mundo de vuelta en la capital, y aprovechando uno de los últimos fines de semana de buen tiempo casi garantizado, el festival organizado por Live Nation cierra la temporada de las pulseras de colores para inaugurar la de las entradas bicolor. Aunque este año, prensa y VIPs al margen, el DCode no ha sido un festival de pulsera. La razón es que ha reducido su ya reducida duración para quedar en un maratón de 10 horas, con un menú musical cada vez más enfocado. Entregada la entrada, los asistentes no podían abandonar el recinto. Eso se recordó por activa y por pasiva. Incluso un gran cartel lo anunciaba justo en el umbral del recinto. La medida pretende, suponemos, que la gente no aproveche ese concierto poco interesante para salir, beber, comer y volver a entrar, pero una de sus daños colaterales es que el que quiera ver a Izal y a Capital Cities tiene que estar esas 10 horas confinado en un recinto que, ya desde Love of Lesbian estaba muy, muy lleno. Gran éxito para la organización, que ha conseguido el primer sold out de su breve historia; gran noticia para la música, que encuentra modelos de negocio fructíferos; pero regular noticia para los 25.000 asistentes. Apelotonados, pero felices. A pesar del numeroso público, fuentes de reconocido prestigio nos aseguran que las esperas para el baño de ellas (indicador que es a los festivales lo que la prima de riesgo a la macroeconomía) eran tolerables, así que bien.

En cuanto al cartel, más enfocado decíamos, ha perdido definitivamente las excentricidades y se ha centrado en el hedonismo con una fórmula parecida a la del año pasado: un par de bandas interesantes y presuntamente en plena forma (Vampire Weekend y Foals), alguna propuesta para indies iniciados (John Grant y ), algo de material nacional del que garantiza ventas (Love of Lesbian y Amaral) y un cabezón de cartel de sobradísima solvencia, aunque algo lejos de sus mejores días en lo que a temas se refiere (Franz Ferdinand). Por desgracia, aquí abajo no encontrarán crónicas de todo lo mencionado. MØ se nos escapó por motivos de agenda, Love of Lesbian, a los que este blog venera, no son santo de la devoción de ninguno de los dos redactores enviados al evento, y Amaral, a la que ya profesamos nuestro respeto, nos vino de perlas para cenar y reponer fuerzas.

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Aparecimos por allí pasadas las seis de la tarde, con tiempo para estar cerquita del gran John Grant, que ha sacado uno de los discos más interesantes y sobre todo mejor escritos de lo que va de año, Pale Green Ghosts. La espera la hicimos hidratándonos a base de cerveza (2,5€ la caña, 7,5€ el mini) y escuchando a los mencionados Izal, que toman su nombre del apellido de su vocalista y líder, Mikel Izal. Vimos poco y de lejos, pero como banda suenan bastante bien, muy cerca de unos Vetusta Morla menos introspectivos en canciones como ‘Conclusión en Do para Ukelele’. No hay nada nuevo, pero nos fuimos definitivamente al escenario de al lado comprendiendo bastante bien el fervor de los varios centenares de fans que disfrutaron su directo bajo un sol todavía intenso. ‘Qué Bien’ se la sabían, quedó claro.

Ni el sitio ni la hora parecían los más adecuados para disfrutar de la música de John Grant, pero quedo claro muy rápido que no hay circunstancia que pare a este barbudo de voz cavernosa y tierna que firma estribillos de lo más cabrones. Ahí tienen el de ‘Vietman‘, en el que sobre una melodía dulce y elegante, casi palaciega, canta: “tu silencio es un arma, es como una bomba nuclear, es como el agente naranja que usaban en Vietman”. O ese otro de ‘GFM‘, en el que confiesa: “Soy el mayor hijo de puta que vas a conocer, desde lo alto de mi cabeza hasta la punta de los dedos de mis pies, así que adelante, ámame mientras siga siendo un crimen, y no olvides que podrías estar riéndote un 65% más del tiempo”. Estas son dos de sus composiciones más crooner, más pegadas a su voz, pero el aliciente de Grant es que mezcla esta faceta con una electrónica elegante, magnética y muy bailable. Ahí estuvo esa ‘Pale Green Ghosts’, que sonó como un tiro, o la divertidísima ‘Black Belt’, en la que ya se nos fueron los pies definitivamente y que terminó en ovación cerrada. En los pocos minutos que tuvo, nos movió, nos conmovió, tuvo tiempo para acordarse de la lucha de los homosexuales en Rusia, a los que dedicó la cinematográfica ‘Glacier‘, y cerró al piano con una versión deliciosa de ‘Queen of Denmark’, otra canción de letra gloriosa: “Espero que sepas que todo lo que quiero de ti es sexo, estar con alguien que resulte atractivo en ropa deportiva, y si tu corte de pelo no me gusta, te despediré, coge tus cosas, ya puedes largarte…”. Muy bien.

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De Foals esperábamos grandes cosas. A principios de año pusimos su inminente Holy Fire como una de nuestras apuestas casi seguras para este 2013. Una vez escuchado y digerido, y aunque no ha sido una decepción absoluta, el álbum se cayó de ese repaso que hacemos en julio sobre lo mejor de la primera mitad del año. En esta tercera entrega los ingleses han renunciado casi por completo a esas guitarras limpias y complejas de su debut, pero por el camino no nos han entregado nada demasiado parecido a ‘Spanish Sahara’, la joya de su segundo trabajo. Holy Fire, eso sí, es un álbum intenso, lleno de distorsión y fuerza, dos elementos que bien llevados al directo pueden ser sinónimo de conciertazo. Así que nos pusimos el mono de fans, nos arrimamos todo lo arrimable y nos dispusimos a que nos pasaran por encima… pero no. No al menos al comienzo. Contra todo pronóstico, las partes más intensas sonaron a brocha gorda, sin matiz, pero tampoco con una intensidad de las que quita el hipo. Caso claro de ‘Providence‘, que pasó sin más, con un Yannis que cantaba a veces casi asfixiado, omitiendo líneas porque no le llegaba el aire. En ese punto, nos empezamos a preocupar, pero entonces ocurrió el hit. ‘Spanish Sahara’ fue sin ninguna duda uno de los momentos del festival. Todo el matiz omitido hasta ese momento se manifestó, desapareció la brocha gorda y Foals nos dieron en los tímpanos con uno de los crescendos más grandes que ha dado la música en los últimos años. Y sería la emoción post-Sahara, pero la segunda mitad del concierto resultó mucho más convincente. ‘Late Night’, a priori un tema menos festivalero que ‘My Number‘, desojada sin entusiasmo al principio, fue otra pasada. Precisa y bien ejecutada demostró que pisar el pedal de distorsión no es siempre el camino a la catársis. Su parte final, con Yannis experimentando entre escorzos, nos devolvió a los Foals que más nos gustan. Una pena que se acabase justo en lo mejor.

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Echando la vista atrás, uno recuerda cómo la elección de Vampire Weekend como cabezas de cartel del FIB 2010 despertó cierto debate. ¿Dos discos (estupendos, eso sí) eran aval suficiente para ganarse tal derecho? Tres años después, nadie duda de que los neoyorkinos merecen un puesto de honor en cualquier festival del mundo, incluido este. Se lo han ganado sobradamente en la parte, digamos, teórica (el estudio) y el sábado se lo ganaron en la práctica (el escenario). Sin pavoneos ni aspavientos, aunque así fue. Es probable que la decepción embargara a los que sobre las tablas esperaran ver a una banda dejándose la piel, pero lo cierto es que cuesta imaginar a Ezra Koenig y los suyos sudando la camisa. Eso no va con ellos: se menean lo justo y necesario y prácticamente no emplean los micrófonos para otra cosa que no sea cantar. Básicamente, su show se sustenta sobre el porrón de buenas canciones pop que han entregado durante el último lustro. Una base sólida a la que Vampire Weekend se ciñen al casi al milímetro, certeros e inmaculados. Desde esa ‘Diane Young’ que abrió el concierto como un tiro hasta la final ‘Walcott’ (un cierre nada obvio, por cierto): todos los temas sonaron tal y como fueron grabados, tal y como lo hacen en sus imprescindibles tres trabajos. Fueron 17 en total, convenientemente ordenados para que los muchos medios tiempos que ya acumulan en su discografía no se llevaran por delante el ambiente festivo. Y es que estos cuatro, además de ser unos muchachos bien parecidos, son inteligentes. Por eso situaron la fantástica ‘Step’ entre la contagiosa ‘Unbelievers’ y la sonriente ’Holiday’; por eso echaron a correr con ’Cousins’ y ‘APunk’ justo después de haber bajado revoluciones con ‘Horchata’ y, sobre todo, ‘Everlasting Arms’; por eso, ya en la recta final, ‘Obvious Bicycle’ llegó encajada entre una ‘Giving Up the Gun’ arrolladora y la citada ‘Walcott’. Triunfo sin alardes el suyo, pero triunfo.

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El relevo de Vampire Weekend en el escenario principal lo tomaron Franz Ferdinand, un reclamo XXL incluso en 2013. Aunque su momento ya haya pasado; aunque, a grandes rasgos, todas sus canciones sigan el mismo patrón; aunque vinieran a presentar el irregular Right Thoughts, Right Words, Right Action. Curiosamente, este último trabajo tuvo tanto peso en el setlist como su enorme y ya lejano debut, y puede decirse que no se notó. Y eso es, no cabe duda, todo un piropo: conseguir que ‘Evil Eye’ o ‘Stand on the Horizon’ no desentonen al lado de himnos como ‘Michael’ o ‘Take Me Out‘ no es tarea sencilla. Pues bien, los escoceses, liderados por un entregado y parlanchín Alex Kapranos, lo consiguieron durante 90 frenéticos minutos que deberían servir para que todo el mundo entienda lo que es hacerse un “hit after hit“. Como les sobran, los derrocharon. Confiados y seguros de sí mismos, los dispararon a las primeras de cambio si hacía falta (caso de ‘No You Girls’ o ‘Do You Want To’). Hasta el punto de que el bis, con todos los miembros del grupo aporreando la batería al ritmo de ‘Outsiders’, resultó algo descafeinado. Un fallo de cálculo que no ocultó la realidad: por el recinto de la Complutense pasó toda una apisonadora más que acostumbrada a los baños de masas desde hace años. 

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Vamos a empezar con lo que podríamos titular como “las verdades de Capital Cities”. La primera es que ‘Safe & Sound’ es una de esas canciones redondas ante las que sólo se puede hincar rodilla en tierra y aplaudir. El éxito al que les ha llevado es desmedido, pero comprensible. La segunda es que Capital Cities son una coña de banda. Cuatro tipos impulsados por dos pelotazos y medio que se plantan en el escenario con casi todo grabado y que, a pesar de haber publicado este mismo año un disco con 12 temas, abren con una versión de Pink Floyd, desfiguran con bailables resultados el ‘Stayin’ Alive’ de los Bee Gees, y acaban apelando al ‘Holiday’ de Madonna para suplir la ligereza que recorre la mayoría de su repertorio conocido. La tercera verdad es que, si se les perdonan todos los pecados, uno deja al margen análisis fríos y se entrega a estos jetas de Los Ángeles, es imposible no pasárselo bien. Afortunadamente, son perfectamente conscientes de las virtudes y los defectos que tienen, y en un slot de festival el castillo de naipes se sostiene. Sumadas las tres versiones a la gloriosa ‘Safe & Sound’, la no menos acertada ‘Kangoroo Court’ y la divertidísima ‘I Sold My Bed But No My Stereo’, Capital Cities consiguen levantar a cualquiera. Comandados por su trompetista, Spencer Ludwing, que logra convertir ‘cualquier cosa’ en una ‘cualquier cosa con clase’, su show es un fraude fantástico. Ideal para la hora en la que fue programado y probablemente justo lo que necesitábamos después del repaso que ofrecieron Franz Ferdinand. El concierto, que cayó considerablemente cuando los chicos confiaron en su intrascendente ‘Love Away’, terminó de una forma injustificable, salvo para ellos, claro. Sin pudor alguno, los cuatro acabaron despojarse de sus americanas, dejaron sus instrumentos, y pincharon una remix rollo Skrillex de su propio hit. El futuro que cabe augurarles cuando le gente aborrezca ‘Safe & Sound’ es sombrío. Este concierto, casi sin variación, ya lo disfrutamos (ese es el verbo) el año pasado. Este ha vuelto a colar, sin duda. Pero todo tiene un límite.

Texto: Victor & Daniel

Fotos: Organización

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