02/07/2013

Repasamos los 15 discos más destacados de lo que llevamos de año, lista de Spotify incluida.

Ayer empezó oficialmente el séptimo mes del año, así que siendo totalmente escrupulosos ya podemos lanzarnos a hacer la primera lista del año. Esta es light, sencilla, una especie de calentamiento para la locura que sobrevuela las redacciones virtuales a eso de principios de diciembre. Toca ordenar ligeramente las ideas de todo lo que hemos vivido musicalmente en este ajetreado primer semestre de 2013, y hacer un pequeño repaso de ello. Por ello aquí tienen 15 discos, de aquí y de allí, ordenados por estricto orden alfabético, que por un motivo u otro nos parecen de los mejor que ha dado de sí este año. Hay muchos más, como siempre, y es probable que en las listas de finales de año se cuelen trabajos de este periodo que ahora hemos pasado por alto o sencillamente no hemos sabido valorar. Pero aquí tienen 15 que, sin duda, estarán. Y lo merecen. Y, además, hemos incluido en una lista de Spotify para que puedan escuchar, seguidos o no, en todo su esplendor. Allá vamos.

 

Daughter – If You Leave (4AD)

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Daughter se han tomado su tiempo. Desde aquel primer EP de 2011 han pasado ya dos años. If You Leave, su debut, sólo tiene 10 canciones, algunas de ellas, hasta tres, ya publicadas en singles anteriormente. Este es un disco que podría pasar desapercibido en la tormenta de publicaciones que arrecia cada mes, cada semana. Uno podría recibir la recomendación, pegarle media escucha, acordar que ‘Winter‘ es preciosa, que ‘Smoother‘ eriza el bello, que la letra de ‘Youth‘ se mete debajo de la piel y araña, y después olvidar. Porque lo que hacen Elena Tonra, Igor Haefeli y Remi Aguilella es poco vanguardista y suena con una perfección casi irreal. Lo que ancla este disco a los reproductores y los cascos es que late. Es un disco afilado, violento en la lírica, accesible y brillante en la música. Eso y la voz, el tono, el teatro de Elena Tonra, que aquí es la estrella, mucho más que una vocalista. “Give me touch / cause I’ve been missing it / I’m dreaming of strangers / Kissing me in the night / Just so I can feel something” canta en ‘Touch‘, derrumbada, sintiendo cada letra. Esto es lo que separa este disco del montón, esa cosa inexplicable que separa las canciones tristes de las canciones que entristecen, que afectan. Daughter lo consiguen con un disco que ya es sin duda uno de los mejores del año, y posiblemente el mejor debut de estos primeros seis meses.

Deerhunter – Monomania (4AD)

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Con tantos regresos de grandes grupos en este 2013, el continuismo ha sido tendencia a nivel mundial. Deerhunter han sido prácticamente los únicos que han hecho el disco que les ha salido de las entrañas, y no el que el mundo esperaba de ellos. Después de la ascensión prodigiosa, y más que merecida, vivida con Microcastle y Halcyon Digest, los de Bradford Cox cortan por lo sano su propia evolución natural con Monomania. En vez de abrillantar un poco más sus turbulentas melodías, las ensucian y enredan como si nadie estuviera escuchándolas, como si estuvieran improvisando en su local de ensayo. Y superado el desconcierto inicial, Monomania es un disco en el que Deerhunter mantienen claramente su estrella. Aunque estén escondidas bajo capas de distorsión, las melodías siguen ahí, y si uno escarba lo suficiente puede reconocerlas en el blues de ‘Pensacola‘, en los coros de ‘Neon Junkyard‘ o en esa adictiva ‘Monomania‘ (¿o no hemos repetido todos eso de “mono-monomania” luego?”). Y por si no llegamos nosotros solos, ellos mismos se encargan de recordarnos con ‘The Missing‘ y ‘T.H.M.‘ que son capaces de facturar dulces melodías pop que enternecen al más duro, que nos elevan más allá del cielo al mismo tiempo que logran que un escalofrío recorra nuestro cuerpo. Simplemente esta vez no han querido, o no les ha salido. Deerhunter siguen ahí, y aquello que les hace únicos también; sencillamente se han cambiado el vestido, y este no les sienta nada mal.

Ducktails – The Flower Lane (Domino)

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The Flower Lane es uno de los pequeños secretos de lo que llevamos de año. Escondido como una suerte de proyecto paralelo a Real Estate, comandados por Matthew Mondanile, Ducktails se suman a ese revival guitarrero del que su otra banda es claro exponente y al que, con matices, se han sumado otros como DIIV o Lotus PlazaThe Flower Lane es el cuarto álbum de la banda de New Jersey, prolífica a pesar de que su líder anda en otros menesteres. Se trata de un disco que requiere paciencia y escuchas, pero que cuando uno conoce por fin, regala conducciones nocturnas deliciosas, ratos de sofá impagables. Es un disco perfecto para poner, por ejemplo, después del Kaputt de Destroyer, a quienes parecen homenajear en ‘Under Cover’. Un disco de canciones lineales, llenas de guitarras que se enredan y de líneas de bajo y batería sin adornos que contienen la mezcla como una faja. ‘Planet Phrom‘, originalmente compuesta por Peter Gutterridge a finales de los 80, es uno de los temas adictivos del año. Lo mismo ocurre con ‘Assistant Director‘ y su bajo juguetón, o con ‘Ivy Covered Coast‘, que abre el disco pegadita al sonido de Real Estate. A veces justo en la frontera de lo hortera, pero sin cruzarla nunca. Un disco para ponerse del tirón y paladear sin prisas.

Egon Soda – El hambre, el enfado y la respuesta (Naive)

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Egon Soda es ‘casa’, un refugio donde cuatro colegas y un invitado de lujo se divierten y graban, alejados de la crítica musical, las modas, las corrientes y las tendencias. La banda de Barcelona tiene 15 años de trayectoria y sólo dos discos publicados. Sus miembros vagan por la mitad de las bandas indies de la ciudad condal y sólo Ferrán Pontón se mantiene pulcro y sin mácula. Busquen su nombre en Google y el primer resultado será su perfil en Linkedin. “Propietario, librería“, define la red de los profesionales. “Letrista y guitarrista de Egon Soda“, debería añadir. Las palabras que canta Ricky Falkner las escribe Ferrán Pontón. Juntos encabezan una banda de culto que nos noqueó en 2008 con un álbum memorable y que ha tardado un lustro en invitar al estudio a Charlie Bautista y facturar un segundo trabajo de ventanas abiertas, poesía y rock and roll. El hambre, el enfado y la respuesta, que podría ser el título de un fanzine quincemero, es un álbum a contracorriente. Dos decenas canciones y dos LPs que desafían las leyes de la industria. Canciones que dicen “rubicón” y “aporía” en líneas de obviedad ausente, de mensajes en segundas capas que compensan la lírica decadente de alguna de las bandas nacionales que escriben en castellano. ‘Escuela Libre de Enseñanza’ es un manual de buenas prácticas, ‘Loren Ipsum’ es crema libertina, ‘Sparring Partner’ un capricho melómano. Es largo, es irregular y es un desafío, pero piensen que quizás no habrá tercero hasta 2018, así que tienen tiempo para desojarlo sin apuros. Merece la pena.

El Petit de Cal Eril – La figura del buit (Bankrobber)

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Diecisiete son las canciones que Joan Pons, conocido como El Petit de Cal Eril, ha incluido en La figura del buit, su tercer disco. Y es, en efecto, un disco de liberación. Atrás queda la densidad de Vol i dol, un trabajo compacto, casi conceptual y con un punto místico, que salió a finales de 2010 y que poco a poco se ha ido coronando como uno de los mejores discos catalanes de los últimos años. Intentar emular el resultado de aquel disco, compuesto durante solo dos meses y fruto de un momento y de un tema muy concreto, no era una tarea fácil, y de hecho fue algo que Pons arrastró durante muchos meses a la hora de plantear su nuevo proyecto. Hasta que un día decidió que no tenía por qué seguir por ese camino, y se desquitó de la autoexigencia impuesta. Este hecho, y la participación ineludible de Mau Boada (Esperit!) en labores de producción, han hecho de La figura del buit un álbum de miras amplias, que respira por todos lados y recuerda en algunas piezas al primer disco de El Petit de Cal Eril, con piezas de folk de juguete con aroma rural. En otras, sin embargo, da un paso de gigante incorporando elementos del jazz, el pop clásico a lo Beach Boys, una sección de vientos e incluso retazos de improvisación. Al final, todos los elementos dan forma un disco riquísimo en detalles, con 17 canciones que cautivan desde un primer instante pero que esconden muchos, muchísimos secretos.

Jagwar Ma – Howlin (Mom + Pop Music)

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Tantas motos con matrícula ”Next Big Thing” nos ha querido vender la NME en los últimos tiempos, que el escepticismo siempre va por delante a modo de caparazón. Pero, de allá para cuando, uno no tiene más remedio que agachar la cabeza y comprarla con todos los extras. Eso es lo que ha tocado hacer con Howlin’, el debut de Jagwar Ma: aceptar que estamos ante un estreno portentoso que  sitúa a Jono Ma y Gabe Whitfield en ese mapa musical que se les había resistido con sus anteriores proyectos. Llegar a esa conclusión es sencillo, únicamente se precisa una escucha de Howlin’. Colocarle una etiqueta, en cambio, sí es una tarea complicada: aquí hay pop llegado de la California sesentera (‘Come Save Me‘), beats bañados en ácido (‘What Love‘, ‘Four‘), homenajes poco velados a Madchester (‘The Throw‘, ‘Man I Need‘), polvoriento rock psicodélico (‘Let Her Go‘)… Todo unificado por un espíritu escapista, liberador y hedonista que actúa de batidora y consigue que la ingesta del heterogéneo mejunje resulte excitante y revitalizadora.

James Blake – Overgrown (Polydor)

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El británico James Blake tenía la obligación de dar un paso adelante para consagrar la imagen de pionero que se había labrado gracias a su formidable debut y la serie de EPs (tanto anteriores como posteriores), que le habían situado como una de las mentes más prodigiosas a la hora de producir electrónica con sentimiento. O soul con máquinas. Overgrown es esa respuesta, un disco centrado alrededor del amor (simplemente por la situación personal del propio Blake) y con mayor amplitud de miras. Blake no salta al vacío en ningún momento, pero sí da pasos adelante en la intensidad instrumental del single ‘Retrograde‘, en la colosal pieza de hip hop que es ‘Take A Fall For Me‘ (con RZA) o en ‘Voyeur‘, donde saca esa vena clubber que anticipó y que al final no ha sido para tanto (pero cuando llega es absolutamente irresistible). Por el camino, piezas más continuistas (como la irresistible ‘Digital Lion‘, la lánguida ‘Overgrown‘, o esa desarmante balada que es ‘Dlm‘) que sencillamente conforman un álbum robusto, valiente y coherente con sí mismo por encima de todo. Digno de un artista que destila elegancia y cuyo presente ya es tremendamente brillante.

Oso Leone – Mokragora (Foehn)

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Ha sido claramente una de las sorpresas del año. Un disco que nos enamoró casi en la primera escucha y que no ha hecho sino mejorar desde entonces. Un trabajo de una madurez exagerada para ser el segundo. Un paso adelante decidido. La confirmación de una banda muy especial. Eran buenos haciendo folk, pero en Mokragora son mejores haciendo algo mucho más complicado de etiquetar. El segundo LP de Oso Leone es un mar de detalles, una colección de canciones donde los silencios se cargan de significado, donde todo fluye con una ligereza natural. Tomen ‘Cactus‘ por ejemplo, intenten buscarle arquitectura a su estructura extraña. El tema baja, sube, se acelera, reposa, vuelve a esprintar… Todo con una naturalidad infinita. Mokragora es un disco de texturas y espacios, de atmósferas y letras abiertas. Cantadas con personalidad, dejando marca de fábrica. Otro disco para escuchar entero, para entregarse durante sus 40 minutos y disfrutar de los paisajes húmedos y fértiles que dibujan ‘Alçaria‘ o ‘Cristantemo‘. Quizás no para todos los públicos, puede entenderse que esto no llame, pero si engancha, engancha.

RHYE – Woman (Polydor)

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La música de Rhye es pura, sincera y honesta. En ella no hay hueco para adornos superfluos, no hay sitio para luces de neón que desvíen la atención, no hay trampa y tampoco cartón. Y, curiosamente, en el primer álbum de este dúo, Woman, no todo es lo que parece. Porque esa voz que se desliza aterciopelada a lo largo de 35 preciosos y sensuales minutos, esa voz que en ‘The Fall‘ pide que le hagas el amor una vez más y que en ‘One of Those Summer Days‘ te susurra al oído, no pertenece a una afroamericana de labios carnosos y curvas pronunciadas, sino a Mike Milosh. Tras el lógico chasco, llega la fascinación. Resulta que ella es, en realidad, él. Pero vaya él. Bendito impostor. Milosh, que tiene poco de mulata y mucho de paliducho canadiense, flota con la elegancia de una ninfa entre loops de piano infinitos, vientos casi celestiales, cuerdas de piel de gallina y suaves palpitaciones disco. Y tu subconsciente, completamente engatusado, está encantado con la farsa.

Sigur Rós – Kveikur (XL)

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Contundente pero evocador, con auténtica joyas como ‘Isjaki‘ o ‘Stormur‘, el nuevo álbum de los islandeses se ha alzado como una grata sorpresa después de que su predecesor, Valtari, les situara en una órbita más ambiental y reposada. No es que Sigur Rós nunca hubieran bajado su listón –siempre situado en la excelencia–, sino que ahora exhiben una forma espectacular, después de haber pasado a ser un trío y de vivir una suerte de renacimiento artístico con este Kveikur. Sin haber tenido tiempo de ahondar demasiado en sus canciones (salió hace solo unos días), sí percibimos en Kveikur a los Sigur Rós más robustos desde ( ), pero reconocemos al mismo tiempo al grupo que se adentró en los bosques de la melodía pop con Takk y Me∂ su∂…. La mezcla es sencillamente maravillosa: canciones que encogen el corazón de la mano de melodías que hacen volar. Lo que transmiten Sigur Rós con su música es indescriptible, pero con Kveikur alcanza unas cotas de efectividad que sorprenden incluso viniendo de ellos. Nueve canciones inolvidables.

The National – Trouble Will Find Me (4AD)

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Pongamos las cartas sobre la mesa: The National han hecho un disco poco arriesgado, quizás excesivamente continuista y lleno de canciones demasiado parecidas entre sí como para llegar a obra maestra y superar a High Violet, su antecesor. Que con estas rémoras esté en esta lista se debe a que en Trouble Will Find Me están algunas de las canciones más delicadas, elegantes y sugerentes del año. Desde la descarnada ‘I Should Live In Salt’, donde Matt hace una intrépida incursión en el falsete, demostrando que es mucho más que un vocalista de graves superdotados, hasta la bellísima ‘Hard To Find’, ligera como una pluma, una caricia arreglada con un gusto extraordinario. Con las escuchas uno asume la falta casi total de nuevos recursos, renuncia a encontrar ese lado salvaje de The National y termina cediendo inevitablemente a la tremenda ‘Don’t Swallow the Cap’, a la asesina ‘I Need My Girl’, o a la que parece asentarse como joya de la corona, marca de la casa (esa batería): ‘Graceless’. No hay banda capaz de hacer un disco como este, tan redondo, tan lleno de magia, tan de cocción lenta. Con él los de Brooklyn suman otra joya a su trilogía virtuosa (AlligatorBoxerHigh Violet) y se reivindican como una banda ya grande, mucho más que una cosita indie para shoegazers. Sólo esperamos que ese sillón no les haga dejar de moverse. Sería fácil quedarse en ese punto. Para el futuro toca renovarse o aburrir, he ahí el reto.

THESE NEW PURITANS – Field of Reeds (Infectious)

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Si Hidden fue una inesperada cabriola de enorme valor, Field of Reeds, el tercer álbum de These New Puritans, es el más difícil todavía, el triple salto mortal con tirabuzón, el todo o nada. El puñetero es complicado y huidizo, pero en su interior guarda una recompensa que a los impacientes les será esquiva. Ellos se lo pierden, aunque hay que entenderles: aquí no hay prácticamente asideros a los que agarrarse, no existe  nada que se parezca demasiado a lo que uno puede entender por single y las melodías nítidas y reconocibles brillan por su ausencia. Sí hay, en cambio, odiseas nocturnas que rara vez no sobrepasan los cinco minutos, cristales que se rompen, quasicacofonías, variaciones que hipnotizan, recursos de otra época, precipicios a los que lanzarse una y otra vez y cielos estrellados en los que perderse para siempre. La cosa podría haber roto en obra cumbre del postureo, pero ha resultado ser un ambicioso y cinematográfico trabajo que ayuda a comprender el pasado y permite imaginar el futuro.

The Suicide of Western Culture – Hope Only Brings Pain (Irregular)

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La esperanza sólo trae dolor, aseguran The Suicide of Western Culture en el título de su segundo disco. Pero toda afirmación, incluida esta, tiene sus excepciones. En el caso de los barceloneses, las esperanzas que generaron tras su impetuoso debut se han traducido en un salto de calidad de los importantes. Hope Only Brings Pain les ha servido para ampliar su paleta sonora y, sobre todo, para hacer suyo aquel eslogan acuñado por una firma de neumáticos: la potencia, sin control, no sirve de nada. Es por eso que el estruendo más atronador y la contemplación más serena se dan la mano en la segunda entrega del dúo, es por eso que tan pronto puede parecer el más aturullado de los caos como la más concienzuda de las fórmulas matemáticas. Descargas analógicas, viajes cósmicos, capas y más capas de ruido perfectamente dosificado, algún brillante fogonazo que se cuela entre la gris maraña de sintetizadores como la luz de un faro entre la espesa niebla… Un conglomerado que se agarra a las entrañas y las hace vibrar hasta casi estallar

Vampire Weekend – Modern Vampires of the City (XL)

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Parecía imposible, pero Vampire Weekend han logrado con Modern Vampires of the City un verdadero hito. Superada la transición palpable en la excelente reválida que supuso Contra, aquí Ezra Koenig y los suyos se despojan de manías e inseguridades y entregan un disco maduro, sobrio y soberbio. Una exhibición de talento pop de un grupo que definitivamente ha encontrado su voz, como queda plasmado en temas joviales del calibre de ‘Diane Young‘, ‘Unbelievers‘, o ‘Finger Back‘ y ‘Worship You‘ (¡los hits tapados!), igual que en medios tiempos colosales como ‘Step‘ o ‘Ya Hey‘. Y por el camino, mientras se convierten en uno de los referentes ineludibles del pop de nuestra generación (recuerden esta afirmación dentro de 10 o 20 años), tienen incluso tiempo de avanzar en nuevos caminos, caso de la seductora ‘Obvious Bicycle‘ o la brumosa ‘Hudson‘, y de dejarnos boquiabiertos con su dominio del minimalismo instrumental en ese trío delicioso que forman ‘Don’t Lie‘, ‘Hannah Hunt‘ y ‘Everlasting Arms‘. Un disco redondo, casi perfecto, de los que marcan una carrera.

Youth Lagoon – Wondrous Bughouse (Fat Possum)

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Ahora que Deerhunter parecen entretenidos con otros asuntos, un álbum como Wondrous Bughouse –el segundo disco de Trevor Powers, conocido como Youth Lagoon– cobra más relevancia si cabe. Ya de por sí era uno de los trabajos más interesantes de la primera mitad de año, considerablemente más denso y experimental que el debut The Year Of Hibernation, pero ahora también supone el contrapunto ideal para todos aquellos que añoran a los Deerhunter más introspectivos de Microcastle o Halcyon Digest. Sea como sea, y comparaciones a un lado, el segundo álbum de Trevor Powers, es un fascinante viaje repleto de psicodelia y esa desesperación tan cálida que remite a Deerhunter o los mismísimos Sparklehorse del añorado Mark Linkous. Un viaje en el que Powers nos coge de la mano y nos lleva por los recovecos de su propia mente, por sus dudas, sus miedos, sus certezas. Y mientras viajamos con él, vivimos momentos absolutamente bellos como ‘Mute’ junto a otros desarmantes como en ‘Dropla’ (“you’ll never die…“), al mismo tiempo que nos vamos dando cuenta de que estamos ante uno de lo nuevos genios del pop evocador. Hagan el viaje y verán.

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