19/01/2013

Dos de los primeros grandes discos de 2013 nos llegan desde la urbe mancuniana.

Manchester. Con sus casi 500000 habitantes, su perfil de ciudad históricamente industrial y, las cosas como son, tristona, su tradición universitaria, sus dos equipos en la élite del fútbol mundial y su importancia capital dentro de la música pop de las últimas tres décadas: Joy Division, The Smiths, The Stone Roses, Happy Mondays, Take That, Oasis, The Fall… Enormes bandas todas ellas, terriblemente trascendentes e influyentes incluso en pleno 2013. Su legado nadie lo discute, pero lo cierto es que actualmente resulta bastante más sencillo toparse con sus nombres en la camiseta de un adolescente con acné que en el cartel de un festival o en la sección de actualidad de un medio musical. Ya sea por causas de fuerza mayor o por el cese voluntario de su actividad musical. Por lo que sea. ¿Y quién está dispuesto a reverdecer viejos laureles musicales para gloria de la urbe mancuniana? Si hablamos de pasado realmente reciente, nadie levanta la voz, pocos aspirantes pasan de mera anécdota. Y que me disculpen Delphic y, especialmente, Egyptian Hip Hop y los desaparecidos WU LYF. Ahí van diez de los grandes a que nadie se acuerda de ellos dentro de una década. No los pierdo ni de coña.

Que la escena (ese término) de la ciudad no viene de unos años precisamente boyantes se hace aún más evidente cuando las odiosas e inevitables comparaciones salen a pasear. Londres, la City, juega en otra liga. Desde la cercana Birmingham han despegado en los últimos meses pujantes proyectos como Peace, Swim Deep o Splashh, mientras que Leeds puede presumir de Alt-j, Wild Beasts, This Many Boyfriends, China Rats y un largo etcétera. ¿Y qué pasa con Manchester a día de hoy? Pues que, al menos durante los albores de 2013, ha vuelto a molar. No tanto como para montar una dichosa escena, abrir una secuela de The Haçienda o servir de inspiración para un peliculón, pero sí como para dar cobijo a dos de los primeros grandes discos editados en este nuevo año (con el permiso de Yo La Tengo y su Fade). Sirva la curiosa coincidencia para dedicarle un rato a los respectivos nuevos trabajos de Dutch Uncles y Everything Everything, Out of Touch in the Wild y Arc.

Out of Touch in the Wild resulta ser la tercera muesca en la carrera de unos tipos a los que un ignorante servidor no había escuchado en su vida. Por lo tanto, inmejorable manera de abordarlo: ni prejuicios, ni expectativas, ni elementos distorsionadores de ningún tipo. Eso sí, tampoco ningún cariño o lazo emocional previo que les pudiera salvar en caso de patinazo. Lo cierto es que Out of Touch in the Wild, un disco bonito y trabajado ya desde su portada, no los necesita. Uno escucha los poco más de dos minutos de emoción creciente pero contenida sobre los que se extiende ‘Pondage‘, el corte inicial, y rápidamente comprende que va a disfrutar durante los 32 restantes. Así ocurre en ‘Bellio‘, una suerte de híbrido entre las pulcras armonías vocales de Kings of Convenience y las intrincadas estructuras rítmicas de Foals, y ‘Fester‘, adictivo festín de palmadas, percusiones caribeñas, piano y cuerdas. Estos tres primeros temas son más que suficientes para localizar algunas de las máximas de Dutch Uncles: poco amor por las guitarras, confianza ciega en la personal voz de Duncan Wallis (tan cercana en algunos momentos a la de Alexis Taylor como a la de Robin Pecknold en otros), gusto casi obsesivo por los arreglos y envidiable riqueza instrumental. En torno a esos ejes gira todo lo que viene después. Desde ‘Godboy‘, un número pop tan redondo y pegadizo que bien podría haber sido firmado por Phoenix, hasta la tribal ‘Threads‘; desde la juguetona ‘Flexxin‘ hasta una estupenda ‘Nometo‘ que parece desarrollarse en círculos concéntricos cada vez más amplios, sumando nuevos elementos en cada uno de ellos. Y, de repente, llega la final ‘Brio‘, tras exigir poco al oyente y entregar mucho a cambio. Entre otras cosas, clase a raudales y un concepto de álbum indivisible que en estos tiempos ya está en peligro de extinción.

Con Arc, en cambio, ya veníamos sobre aviso. De forma inteligente le hicimos un hueco en nuestra guía de lanzamientos a tener en cuenta en 2013 y, sin que sirva de precedente, acertamos. Como bien pronosticamos, el segundo álbum de Everything Everything se ha destapado como un importante paso hacia adelante respecto a su marciano debut, editado en 2011. Tirando de tamiz y lima, el cuarteto entrega una colección de canciones mucho más homogénea y convencional que la incluida en su predecesor, sin que la decisión les convierta en ”unos más del montón”. Y que conste que el esqueleto de sus composiciones continúa siendo notablemente enrevesado y laberíntico (lo mismo ocurre con sus letras), que los estribillos de manual siguen sin aparecer entre sus prioridades y que la voz de Jonathan Higgs permanece como principal motivo de enfrentamiento entre fans y detractores, pero esta segunda entrega esconde la noble intención de hacer más asequible y universal su propuesta. Con más ingenio y arte que la mayoría, dicho sea de paso. Arc se abre de manera fulgurante, mediante los dos explosivos y afilados singles de adelanto que conocimos hace semanas, ‘Cough Cough‘ y ‘Kemosabe‘. ”Estos impacientes han gastado sus dos mejores balas a las primeras de cambio”, podrían pensar muchos. Nada de eso. Y ahí están para demostrarlo una ‘Torso of the Week‘ que pasa del reposo a la tensión sin inmutarse, la emotiva ‘Duet‘, la delicada ‘Choice Mountain‘ (¿alt-J ya son una influencia para algunos?) o una excitante ‘Armourland‘ que colmará las expectativas de todos aquellos que sueñan con escuchar a Passion Pit versionando a Battles. A esas alturas (noveno corte del tracklist) ya han acumulado tantos aciertos que incluso la épica facilona de ‘Radiant‘ no hace sonar ninguna alarma. Los que sí deberían activarlas son Metronomy, Django Django o Wild Beasts, porque aquí tienen un correoso rival en cuanto a predicar inconformismo pop se refiere. ”I’m coming alive! I’m happening now!”, reclama Higgs en ‘Cough Cough‘. Lo suyo va en serio.

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