17/09/2012

“El último gran festival del verano”, pregonaban las radios en los días previos. “The Killers presentan su nuevo trabajo, Battle Born”, añadían como principal reclamo. […]

“El último gran festival del verano”, pregonaban las radios en los días previos. “The Killers presentan su nuevo trabajo, Battle Born”, añadían como principal reclamo. El DCode Fest se consolida finalmente como el otro gran festival madrileño veraniego, de la mano del Día de la Música. El año pasado, el de su debut, se saldó con algunos conciertos mayúsculos y algún debe en la organización. Para esta segunda edición, más cara, el cartel, dentro de su naturaleza transitoria, cerró más el público objetivo y prescindió de propuestas del estilo de Sum 41 o My Chemical Romance, dos de los principales reclamos de la pasada edición. Los dos grandes escenarios colocados en paralelo ante la esplanada principal dejaron paso a uno solo de mayor tamaño. El segundo, muy digno, se colocó a una distancia prudencial al fondo del recinto, allí donde el año pasado había una carpita en la que la mayoría de las actuaciones pasaron desapercibidas. Bien. Aunque el gran cambio, claro, fue el de fechas: en 2011, a mediados de junio, con temperaturas casi insoportables que superaron los 35ºC, y este año ya con vistas al otoño y con algún sofoco sin importancia en los primeros conciertos. Mucho mejor. Nosotros hemos tirado la casa por la ventana y escribimos esta crónica (con fotos propias) a cuatro manos. Vamos a ver si no se nota mucho.

Como ya comentamos cuando se hicieron públicos los horarios, las sufridas primeras horas de la tarde fueron destinadas a varios de los grupos nacionales del cartel. Entre los valientes, Napoleón Solo, Dorian y Dinero. Los primeros, situados en el Escenario Heineken, salieron vencedores del duelo granadino contra Niños Mutantes, ubicados en el principal: más entretenidos, más agitados, más refrescantes; más apropiados para el consumo festivalero, en definitiva. Sin embargo, juegan en una liga tan transitada (esa en la que se pelean Second, Zenttric, Mucho, Varry Brava y un largo etcétera) y recuerdan a tantas otras formaciones que resulta excesivamente complicado retenerlos en la memoria. Los segundos, demasiado previsibles a estas alturas de la película, aterrizaron en Madrid para ofrecer el penúltimo concierto de presentación de La Ciudad Subterránea, disco que llevan exprimiendo desde 2009 (!), y no ocultaron cierta incomodidad con el tempranero horario. Eso sí, bastante más molestos se mostraron con la reciente subida del IVA para la cultura, algo que quisieron dejar claro exhibiendo una pancarta y leyendo un manifiesto. Los terceros no inventan nada (y lo saben), pero convencen por honestidad y ganas, por nervio y entrega. Y es que, a pesar de algunas letras un tanto sonrojantes, este trío afincado en Madrid es capaz de hacer tanto ruido como muchos quintetos.

En un tuit: Kings of Convenience es hedonismo. Y cómo suena de bien este escenario, ¿no?

Llegó entonces el turno para el primer plato fuerte del festival: Kings of Convenience. Releo, por lógica interna, la crónica que Aleix hizo del concierto de los noruegos en Barcelona y me veo obligado a renunciar por completo a la lógica interna. Aquí también les tocó a la hora del ocaso, pero ni el escenario se les hizo grande ni hubo un segundo para el aburrimiento. Sabíamos a lo que íbamos: una primera mitad acústica y delicada y una segunda más festiva y hedonista. Este que escribe era la primera vez que los veía de principio a fin –no puede pues comparar con actuaciones en teatro, que parece el lugar más apropiado para estas composiciones plumíferas y cálidas– pero de pronto aquel campo de rugby, donde batallan en el barro hombres rudos la mayor parte del año, se convirtió en una burbuja de paz. Se empeñaron en jodernos la velada los conversadores de siempre, alguno talludito para más señas y ya mamao a esas vergonzantes alturas, pero un reposicionamiento estratégico y ’24-25′, Homesick‘, ‘I Don’t Know What I Can Save You From’ y compañía nos calaron hasta los huesos. Y justo cuando la fórmula empezaba a dar muestras de flaqueza a medida que sus composiciones más bellas iban quedando atrás, salió la banda y el hechizo devino en baile. Erlend ejerció de maestro de ceremonias y alternó la guitarra con el cante y el cante con el baile y el baile con la arenga. Todo ante un público entregado que se prestó a todos los juegos conciertiles planteados. Entre medias, versiones vigorizadas y veraniegas que desembocaron en un ‘I’d Rather Dance With You’ que nos dejó con una sonrisa en la cara de las que duran.

En cambio, The Shoes fueron bastante menos sutiles a la hora de ponernos a bailar. Su desparramada propuesta, situada en un punto intermedio entre las bases asesinas de sus compatriotas Justice y la batucada de Friendly Fires, es carne de 04:00 AM, pero a la hora de la cena también entró de lujo. Ellos (los dos polifacéticos vocalistas y los dos percusionistas) se entregaron por completo e incluso se atrevieron con el castellano (”españoles, sabemos que estáis en la mierda, pero los franceses estamos con vosotros”, dijeron), nosotros nos lo bailamos de cabo a rabo y sudamos la camiseta. Una de las sorpresas agradables del fin de semana, esperamos que se conviertan en habituales de nuestros festivales.

En un tuit: Poderosísimos dEUS. El directo mejora sus temas. Suenan como una roca. Viva Bélgica. 

Lo de dEUS fue una apuesta arriesgada de las que se agradecen. Los belgas, que en directo parecieron en más de un momento una suerte de REM desbocados, son una banda con trayectoria y horas de vuelo como pocas de las que pasaron por Cantarranas. Eso se notó de forma muy obvia en el sonido. Rotundos, rocosos, duros, aprovechando al máximo el sonido nítido y generoso de un escenario principal que sólo amagó con quedarse corto en las granes citas. Abrieron con ‘The Architect‘ y por el camino dejaron perlas negras de rock oscuro como ‘Quatre Mains‘, un spoken word en francés que abre Following Sea, su último trabajo. Poco que objetar a la puesta en escena, si a buena parte de sus últimas composiciones, que uno no sabe si se le escapan por complejas o simplemente porque no son, en general, nada del otro mundo. Larga vida aLittle Arithmetics‘ y a propuestas como esta en festivales como este.

Más rana salió lo de Kimbra, la neozelandesa que ha alcanzado la fama a rebufo de Gotye y su hit ‘Somebody That I Used To Know‘. Seamos sinceros: la chica está de buen ver, gasta actitud de tigresa y tiene vozarrón. Tres ingredientes que, si bien en un primer momento entretienen, no sirven para salvar un repertorio aburrido e inconsistente en el que faltan estribillos y sobran fraseos. De hecho, el mejor momento de su set no fue ningún tema estrictamente propio, sino la colaboración que firmó hace unos meses junto a A-Trak y Mark de Foster The People para Converse. Bluff.

En un tuit: Esperando a Sigur Rós. #zonafan #molamos http://yfrog.com/oej6ngfj

Y por fin, los reyes de la noche, una de esas bandas a las que moríamos por poner la crucecita de ‘vistos’ y que no decepcionaron. Salieron al escenario en tromba, como una invasión de hormigas, Jónsi y diez más, como un equipo de fútbol presto al súmmum de la música combinativa. El escenario, adornado con una veintena de bombillas de fulgor controlable, se oscureció y empezaron a sonar como gotas de lluvia los primeros destellos de ‘I Gear’, una canción que en sus primeros compases cabría en la BSO de Harry Potter pero que al minuto estalla en un trueno de magia oscura, de guitarras frotadas con arcos y cuerdas que se retuercen al fondo, que te arrasa. La voz de Jónsi sonó por primera vez, cristalina como lo haría toda la noche. Él, vestido con una gran chaqueta cruzada de aire militar, parecía por momentos un chamán, rodeado por su ejército de músicos, controlando la intensidad y la emoción de sus canciones con su sola presencia. Cuando empezó a sonar ‘Sven G Englar’ con esa cadencia subacuática, con esa nota como un radar submarino, más de uno en las primeras filas no sabía dónde guardarse la emoción. La pieza, que abre la que a dia de hoy sigue siendo para muchos la joya de su discografía, es una canción que te para el pulso y te desata el proyector cerebral. Después de haberla imaginado tanto, tenerla delante, con esa luz azul y ese sonido limpio y fuerte, fue un regalo. Los islandeses abrieron después la puerta de Takk en un pasaje coronado por la majestuosidad de ‘Hoppipolla‘ (esos violines arrancaron más de una lagrimita…) y la belleza de ‘Meo Bloonasir’. Solo tras ellas tuvimos la sensación de que el concierto empezaba a entrar en una cuesta abajo hacia el bostezo, con unos minutos de excesiva calma. Pero vino al rescate la escalada final de ‘Festival‘ y esa burrada que es ‘Varuo‘ -atención, juraríamos que la única que sonó del reciente Valtari…- que en su recta final te engulle como un tsunami a cámara lenta, sin piedad. En ese momento no nos cabía el corazón en el pecho. Des-co-mu-nal. Para el final quedó ‘Popplagid‘, con esa última escalada catártica que nos dejó planchados. Fue quizás un bolo muy para fans y hubo margen de mejora, sobre todo en la selección de los temas, pero quejarse después de ese final sería casi insolente. (Nota: no hemos dicho épico).

Otro ejercicio de intensidad: el enésimo concierto brillante de Triángulo de Amor Bizarro, un grupazo con mayúsculas. Y no porque lo digamos nosotros, sino porque hace mucho tiempo que sus exhibiciones de fuerza y potencia sobre las tablas dejaron de ser noticia. El cuarteto, comandado por una pletórica Isa Cea que le pegó el primer palo a Esperanza Aguirre antes de colgarse al bajo, volvió a hacer bueno el lema ”Galicia Calidade” a base de disparar un proyectil tras otro. A piñón, sin acordarse del pedal del freno ni una sola vez. 50 furiosos y subversivos minutos en los que hubo tiempo para volver a caer noqueados por ese gancho de dimensiones bíblicas llamado ‘De la monarquía a la criptocracia‘, para escuchar ‘El himno de la bala‘ en el recinto más apropiado posible (”el mejor sitio para descansar es la universidad”) e incluso para descubrir varias canciones nuevas que tienen una pinta espectacular (y una palpable influencia Planetas, ¿no?). A nadie se le escapa que cierta web de Chicago de cuyo nombre no quiero acordarme estaría a sus pies si cantaran en inglés.

Finalmente, Justice. Eran cerca de las 02:00 de la madrugada cuando Gaspard Augé y Xavier de Rosnay llegaron con la cruz a cuestas, dispuestos a profanar el escenario que Sigur Rós habían dejado bendecido para el resto del fin de semana. El guión era de sobra conocido por todos aquellos que se han cruzado últimamente con el dúo francés (en el Primavera Sound o en el Optimus Alive lisboeta, por ejemplo): pose de altivas estrellas del rock, podium espectacular formado por numerosos amplificadores Marshall, juego de luces llamativo a más no poder… Y su batallón de temazos convenientemente remezclados y tuneados para la ocasión, claro. Una combinación que en su sospechoso live funciona por causas de la lógica aplastante. Es decir, si todos nos hemos vuelto locos alguna vez cuando el dj de turno pincha alguno de sus hits, ¿cómo no se va a multiplicar la sensación cuando son sus propios autores los que están ante nosotros? Lógico y normal. Lo que tiene menos explicación es que, con semejante materia prima, el show de Justice terminara convirtiéndose en una anodina e interminable sucesión de subidones y momentos de calma. De más a menos, monotonía absoluta, cierto bajón para despedir la primera jornada del festival.

Lo de volver a casa, con el metro cerrado, déficit de autobuses y taxis y a cientos de metros de cualquier zona habitada, merecería un capítulo a parte, pero como no es estrictamente festivalero nos lo ahorramos. Ahora bien, arcardesa, estas cosas hay que preverlas.

Texto: Victor y Daniel
Fotos: Daniel

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