21/07/2012

Alcanzar las seis ediciones es lo que le ha costado al Optimus Alive traspasar fronteras de forma total y convertirse en un referente del panorama […]

Alcanzar las seis ediciones es lo que le ha costado al Optimus Alive traspasar fronteras de forma total y convertirse en un referente del panorama festivalero ibérico. Todo un éxito, se mire por donde se mire. En 2012 ha logrado el salto definitivo de la mano de un cartel variado y potente en el que se conjugaban un trío de headliners sinónimo de llenazo (The Stone Roses, The Cure y Radiohead), varios nombres absolutamente claves para entender la música de las últimas décadas (Mazzy Star, Tricky, Refused, Justice), una clase media de las que marcan diferencias (Caribou, Metronomy, The Kills, The Antlers) y hasta algunos jóvenes cachorros (Big Deal, Katy B, Warpaint). Y allí que se plantó un servidor, con la ilusión que siempre genera descubrir un nuevo festival. En este caso, uno donde no es raro encontrar a familias enteras, donde británicos, portugueses y españoles (sobre todo gallegos) conviven en total armonía, donde los horarios permiten ver la práctica totalidad de las actuaciones, donde se puede disfrutar de un segundo escenario que suena como un trueno, donde los habitantes del camping pueden dormir hasta bien pasado el mediodía sin poner en juego su salud, donde la variedad de comidas en el recinto llega a marear, donde la organización regala horarios, sombreros, pañuelos y bolsitos, donde una buena sudadera es tu mejor aliada, donde la procesión va por dentro (y no está regida por estrambóticos looks) y donde el pasado fin de semana (concretamente del 13 al 15 de julio, coincidiendo en fechas con el FIB 2012 y el Bilbao BBK Live 2012) se dio cita uno de los públicos más entusiastas que el que aquí escribe ha podido ver en su vida. Muchos puntos a favor, sí, aunque también algunos aspectos francamente mejorables: colas en las barras, cierta falta de volumen en el escenario principal, deficitarias conexiones entre el recinto y el camping y una incomoda sensación de aglomeración en algunos momentos puntuales. Puestos en situación, vayamos a lo más importante: la música.

 

VIERNES 13

La jornada inaugural arrancó para muchos de los asistentes en ese segundo escenario, el Heineken, que tantas alegrías nos daría a lo largo del festival (y que tan bien resguardaba del Sol en las primeras horas). Allí esperaban Dum Dum Girls, perfectamente conjuntadas y comandadas por una Dee Dee que ahora luce rubísima melena. Ritmos de batería repetitivos, sencillez en las líneas de guitarra, voces escondidas en segunda o tercera fila y escasos aspavientos, ya saben. Todo sonando demasiado emborronado como para que las trepidantes ‘Bhang Bhang, I’m Burnout‘ y ‘Jail La La‘ o la adorable ‘Bedroom Eyes‘ estuvieran a la altura. Otros que apuestan por el ruido, aunque en su vertiente más extrema, son Refused. Los suecos, el primer gran grupo en desfilar por el escenario principal, salieron con el cuchillo entre los dientes, dispuestos a demostrar que no han perdido la forma durante sus años de retiro. Y, más allá de gustos, lo consiguieron con creces. Un show rabioso (su carismático líder, Dennis Lyxzén, no paró de soltar alegatos revolucionarios durante el set, al tiempo que iba deshaciéndose de su ropa) y sudoroso que justificó de pleno su vuelta a la primera plana.

Y del derroche de furia y energía de Refused… al inofensivo y edulcorado pop-rock de Snow Patrol. En España son poco más que ”los de la canción esa que ha sonado en tantas series y anuncios”, pero en territorio UK son un fenómeno de masas como aquí pueden serlo Love of Lesbian o Vetusta Morla. Por lo tanto, los primeros apretones del día estaban servidos. Sobre el escenario, una receta ya mil veces masticada: buen sonido, estribillos coreados a pleno pulmón por los fans y dosis justas de épica. Las parejas se abrazan bien fuerte y los mecheros y los móviles iluminan el cielo en las baladas. Sin sobresaltos, todo estaba en el guión. Más dados al desenfreno fueron unos LMFAO que, sencillamente, lo petaron. Eso sí, para disfrutar de la actuación de los californianos era indispensable que los prejuicios y el espíritu crítico se quedaran fuera del abarrotadísimo escenario Heineken. Una vez logrado esto, era imposible no dejarse llevar por semejante avalancha de confetti, delirantes coreografías, botellas de champagne, pelotas hinchables y horterismos varios. Habrá quien nunca llegue a reconocerlo, pero todos (repito: TODOS) los presentes entonamos el ‘Party Rock Anthem‘ como si nuestra vida dependiera de ello.

Y llegó el primer momento nostálgico de la sexta edición del Optimus Alive. 23:10. Escenario principal hasta los topes para recibir a The Stone Roses. Por desgracia, lo que prometía ser una velada memorable (el pistoletazo de salida protagonizado por ‘I Wanna Be Adored‘ así lo anticipaba) se convirtió en un soporífero y espeso espectáculo que rozó el suspenso. Entre otras cosas porque un Ian Brown pasota, desafinado y altivo se mostró mucho más hábil aporreando la pandereta que empuñando el micrófono y porque la música de los de Manchester ha envejecido aún peor que las cuerdas vocales del hooligan que los lidera. Así, mientras el público iba perdiendo fuelle y la explanada comenzaba a llenarse de fans decepcionados que abandonaban las primeras filas para situar su trasero en el cemento, se fueron sucediendo clásicos como ‘Sally Cinamon‘, ‘Fools Gold‘ o la final ‘I Am the Resurrection‘. Torpe paseíllo de Brown exhibiendo la bandera portuguesa, despedida entre abrazos para hacernos creer que se llevan estupendamente y a contar billetes.

En cambio, el concierto de Santigold en el Escenario Heineken ofreció mejores resultados con bastante menos bombo. Escoltada por un par de sensuales bailarinas y una banda al uso (con su guitarrista y su batería), la diminuta y sonriente Santi pudo congregar a un buen número de fieles a pesar de la dura competencia. Y lo que es más importante, les puso a bailar sin remilgos a base de combinar algunos de los mejores temas de su reciente y notable segundo álbum (caso de las sensacionales ‘Disparate Youth‘ o ‘The Keepers‘) y otros incluidos en su ya lejano debut largo (se acordó de ‘L.E.S. Artistes‘ o ‘Creator‘, pero no de ‘You’ll Find a Way‘). Un perfecto calentamiento para el plato fuerte de la madrugada: el ¿live? de Justice. Todos aquellos que hayan tenido al dúo francés ante sus narices entenderán el empleo de las interrogaciones, ya que la duda siempre planea sobre ellos. ¿Qué mérito real tiene lo que hacen sobre las tablas? ¿Cuánto de directo hay en su actuación? ¿Qué toquetean tan afanosamente durante su show? Sea como fuere, resultan infalibles en su terreno. Parapetados tras su espectacular trinchera de cables, lucecitas y amplificadores Marshall, Gaspard Augé y Xavier de Rosnay nos llevaron fácilmente hasta sus dominios tirando de recursos facilones pero efectistas: ahora hinchamos bien los graves, ahora mostramos nuestra cara más industrial, ahora desplegamos un piano que teníamos perfectamente escondido tras la cruz, ahora entremezclamos ‘New Lands‘ y ‘Stress‘ y todo el mundo se queda con la boca abierta y los ojos como platos, ahora os dejamos con las ganas con un subidón eterno que jamás llega a explotar, ahora coqueteamos ligeramente con el dubstep, ahora echamos mano de los vocales de ‘We Are Your Friends‘, ahora os disparamos a bocajarro el ‘NY Excuse‘ de Soulwax… Todo perpetrado por y para el desparrame e ideado para mandarnos a la cama con las pilas bajo mínimos. Y eso fue justo lo que hizo una obediente mayoría entre la que me encontraba.

 

SÁBADO 14

Indudablemente, el segundo día de festival estaba marcado por la repentina cancelación de Florence + the Machine. La señorita Welch y su banda fueron sustituidos de urgencia por Morcheeba (en un gesto que honra a la organización), pero no era lo mismo. Sin embargo, el desánimo no cundió entre el personal y el recinto ya registraba una importante afluencia para cuando Big Deal asomaron por el Escenario Heineken (18:05). Allí, únicamente acompañados por sus dos bonitos amplificadores y sus dos guitarras, se plantaron Alice Costelloe y Kacey Underwood. Arrancaron tímidos y dubitativos, levantando poco la voz para intentar pasar desapercibidos. Ella no despegaba sus bonitos ojos de sus cuerdas, él apenas era capaz de balbucear algún ”obrigado”. Y, de repente, comenzaron a soltarse, a zafarse de los nervios que les atenazaban en un comienzo, a intercambiar miradas cómplices (¿son o no son pareja?), a acariciar con mayor seguridad sus instrumentos y a regalarnos muchas de las maravillas que contiene su embriagador debut (Lights Out, publicado el pasado año). Si hasta se atrevieron a estrenar un tema nuevo (”nunca la habíamos tocado antes, al menos ante tanta gente”, acertó a decir Kacey). Adorables, absolutamente adorables. Tras ellos, llegaron unos embarullados y poco atinados Here We Go Magic (incluso ‘Make Up Your Mind‘, uno de los hits del año, resultó descafeinada a más no poder) y unos Noah and the Whale tan académicos y cristalinos como aburridos y lineales.

Turno ahora para cosas más serias: The Antlers, niños mimados de esta web. Los neoyorkinos, encabezados por un pletórico Peter Silberman que utiliza su voz a su antojo, brindaron uno de los conciertos más brillantes del fin de semana, sin duda. Ya desde el trío inicial, compuesto por las imprescindibles ‘Rolled Together‘, ‘Parentheses‘ y ‘Atrophy‘, lucieron emocionantes, desgarradores, profundos, ruidosos en su justa medida y, sobre todo, muy intensos. En condiciones normales, varios de esos adjetivos hubieran encajado perfectamente en el multitudinario directo de Mumford & Sons. Pues nuestro gozo en un pozo, señoras y señores. Puede que se vieran perjudicados por la mencionada falta de volumen del escenario principal o por el aparatoso vendaje que cubría la mano derecha de Marcus Mumford (se disculpó por no poder desempeñar funciones a la guitarra), pero lo cierto es que sonaron extrañamente vacíos, algo sorprendente si tenemos en cuenta que en ocasiones juntan hasta diez músicos en escena. Ni siquiera el apasionado broche final con ‘Dust Bowl Dance‘ y ‘The Cave‘ les salvó de figurar entre las decepciones del día.

Descamisado, entre una luz tenebrosa y con el ‘Feeling Good‘ de Nina Simone atronando de fondo. Así irrumpió Tricky en el Escenario Heineken, donde ofreció un set centrado en su mítico Maxinquaye que incluyó una versión del ‘Ace of Spades‘ de Motörhead y que se tornó de lo más repetitivo con el paso de los minutos. Y ya que hablamos de minutaje, toca referirnos a The Cure. Impecable sonido mediante, los de Robert Smith firmaron una actuación que se alargó hasta las 3 horas de duración. 180 minutazos en los que, como es lógico, hubo tiempo para todo: para que desfilaran prácticamente todos los himnos de la banda (desde ‘Lullaby‘ o ‘Just Like Heaven‘ hasta ‘A Forest‘ o ‘Boys Don’t Cry‘), para que Smith se diera el gusto rescatando varios temas de segunda o tercera fila, para que se vieran hasta tres bises, para que más de uno y más de dos terminaran completamente aburridos y para que el Escenario Heineken acogiera mientras tanto los shows de Katy B y SebastiAn.

La primera, ídola de masas entre los veinteañeros ingleses, no se anduvo con rodeos y protagonizó un concierto agitadísimo de principio a fin. De hecho, la pelirroja y sus secuaces (entre los que se encontraban un MC, un Dj, un saxofonista y un trompetista) únicamente levantaron el pie del acelerador para interpretar a capella la sentida ‘Go Away‘ (vozarrón el de Katy, por cierto). Entre los momentos de mayor delirio, su cover de ese hit ochentero por antonomasia llamado ‘Sweet Dreams (Are Made of This)‘ y los dos bombazos que echaron el cierre: ‘Lights On‘ y ‘On A Mission‘. El segundo, adalid del sello Ed Banger, se decantó por explotar la vertiente más destructora de aquello que llaman french touch. Bases explosivas, varios temazos propios como ese ‘C.T.F.O.‘ en el que M.I.A. presta su voz y unos visuales que pusieron de vuelta y media a la plana mayor de la política europea. Fin del segundo acto.

 

DOMINGO 15

Viernes, sábado… y domingo, último capítulo del Optimus Alive 2012. La jornada más multitudinaria y, a la postre, la que más conciertos dejó para el recuerdo. Un recinto híperpoblado de camisetas de Radiohead y preparado para un carrusel de actuaciones ineludibles. La primera de ellas llegó bien prontito, a eso de las 18:10. La cita era con un Miles Kane que parece haber aprovechado su gira junto a Arctic Monkeys para convertirse en un frontman enérgico, crecido, saltarín y elegante. A cualquier otro se le hubiera atragantado tan tempranero horario, pero no a él y a sus pantalones de leopardo. Un directo de lo más entretenido, de los que hacen mella en las suelas de las zapatillas, que tenía un tridente de aúpa reservado para el final: ‘First of My Kind‘, ‘Inhaler‘ y una desbocada ‘Come Closer‘. Cambio total de tercio, momento para Warpaint. Tal y como ocurría el viernes con Dum Dum Girls, volvíamos a comprobar la fuerza visual que brota de un grupo formado íntegramente por chicas (y esta vez, además, con bastante más chicha musical). El cuarteto californiano hipnotizó en sus dos vertientes, tanto a la hora de construir delicadas y ensoñadoras atmósferas como cuando tocaba meter ruido sin contemplaciones. Una de las indiscutibles sorpresas agradables del festival.

¿Puede un grupo hacerte sentir mayor cuando tu DNI dice que apenas superas la veintena? Esto que se antoja tan complicado fue lo que lograron The Kooks sobre el Escenario Optimus Alive. Síntoma preocupante que, sin embargo, no parece quitarles el sueño a los de Brighton, correctos sin más, fríos y poco amantes del riesgo. Perfectamente olvidables e insípidos. Todo lo contrario podríamos decir de The Maccabees. Los de Orlando Weeks dejaron bien a las claras que el paso adelante dado en el estudio con Given to the Wild también tiene su reflejo en vivo. ¡Y menudo reflejo! Sonaron afilados, penetrantes, contundentes y terriblemente compactos y, además, lograron que la homogeneidad reinara entre los temas nuevos (‘Feel to Follow‘, ‘Go‘, ‘Pelican‘) y los pertenecientes a sus dos primeros trabajos (‘First Love‘, ‘Precious Time‘). Bravo, notable alto para ellos.

La difícil tarea de preceder a Radiohead en el escenario principal fue asignada a Caribou. Habituados como están a ejercer de teloneros en el tour de los de Oxford, Dan Snaith y su banda asumieron con normalidad el cometido mientras el bonito anochecer lisboeta comenzaba a caer sobre nosotros. Lo suyo fue un sesudo, elegante y consistente ejercicio de electrónica cósmica y sintética. Arrancó falto de punch y algo disperso (en un espacio más recogido hubiera brillado más), pero el despegue fue total cuando las apoteósicas ‘Odessa‘ y ‘Sun‘ se encadenaron en el tramo final del set. Un cierre grandioso a todas luces. Y ya nadie se atrevió a abandonar el escaso metro cuadrado que había defendido con uñas y dientes durante los últimos minutos. El motivo no era otro que aguardar al indiscutible reclamo del festival: Radiohead. Un grupo que vive por encima del bien y del mal, que ha acuñado unas señas identificativas perfectamente reconocibles y que no hace música de este siglo ni del pasado, sino de todos a la vez. Su repertorio en el Optimus Alive giró alrededor de su más reciente The King of Limbs, por lo que Thom Yorke y sus obedientes ejecutores navegaron siempre a través de coordenadas eminentemente electrónicas. No hubo ‘Karma Police‘ ni ‘Creep‘, aunque sí ‘Lucky‘, ‘Paranoid Android‘ o ‘Idioteque‘, las tres convenientemente repartidas a la hora de los bises. Emocionaron y sobrecogieroneron a los fans, convencieron a los neutrales (en ese grupo me encuentro, ustedes me perdonen) y obtuvieron el unánime reconocimiento de todos.

A partir de entonces, la actividad se trasladó al Escenario Heineken. El primero en circular por allí fue el enmascarado Aaron Jerome, más conocido como SBTRKT. Él se ocupa de la batería, los sintes y las bases, mientras que su fiel escudero Sampha pone la voz y aporta su habilidad a la percusión y los teclados. Es decir, dos individuos hiperactivos  sacando el mayor partido posible a cada una de sus extremidades y contagiando a todos los presentes gracias a canciones como ‘Hold On‘ o ‘Living Like I Do‘. Una espectacular y muy meritoria propuesta ante la que no quedó más remedio que entregarse.

Habrá quien sostenga, no sin cierta razón, que el momento de The Kills ya quedó atrás. Es una teoría que tiene firmes argumentos, pero que palidece en cuanto el dúo se sube a las tablas. Ahí está el hábitat natural de The Kills, ahí es donde más cómodos se encuentran. Se trata, ni más ni menos, de una cuestión de actitud, creen por completo en lo que hacen y se entregan al 110%. Son más chulos que un ocho, provocan, emocionan, exaltan y se meten al respetable en el bosillo desde el primer segundo. Jamie Hince sacude su guitarra provocando espasmos, Alison Mosshart seduce y noquea a todo ser viviente con sus alaridos y contoneos, el público se vuelve completamente loco y ellos más aún, así funciona su fórmula. En el Optimus Alive firmaron la mejor actuación del fin de semana y se llevaron las ovaciones más sentidas y sobrecogedoras que este humilde redactor ha podido escuchar nunca. Impagable ver llorar a una fiera como Mosshart mientras interpretaba ‘The Last Goodbye‘. Ufff.

Menos de un mes después del Día de la Música, la historia se repetía: Metronomy eran los encargados de poner punto y final al festival. Pues bien, si en Madrid dejaron bastante indiferente al personal (aquí pueden leer la crónica), en tierras lusas salieron a hombros. Cierto es que el horario (03:00 AM) jugaba a su favor, pero no hay que restarles mérito. Funcionan como una máquina perfectamente engrasada, les sobra clase y de confianza van perfectamente surtidos. Cuentan con una batería encantadora y un bajista que es puro espectáculo y, encima, tienen detalles de banda grande, como soltar ‘The Bay‘ a las primeras de cambio o cerrar el setlist pasando de The English Riviera (‘Radio Ladio‘). Nadie se quejó, se lo aseguro. Sólo baile, baile y baile para bajar la persiana de la gran sexta edición del Optimus Alive. Tiene pinta de que volveremos…

Fotos: Organización (Facebook)

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