Disco de la semana

Oh, las capas. La música entendida como una cebolla de huerto acústico, suave, linda, poderosa: de las que al abrirse hagan a los tímpanos llorar de placer. Por eso uno compra los vinilos de Deerhunter, The War on Drugs y demás maestros del encebollamiento musical: para poder meterle la lengua a cada canción sin que falte una frecuencia, para sentirlo todo. Y ahora, amigos, me pillan de morreo con estos muchachos de Brooklyn que acaban de facturar Oshin, un debut acuoso de shoegaze guitarrero, reverberado, sabio, juvenil y terriblemente gratificante. Un disco delicioso que en su homogeneidad esconde una variedad de sensaciones casi inverosímil. Un disco para hacer submarinismo, para agarrar una botella de 20 litros y someterse a la presión constante, al las corrientes oceánicas, a los ecos de los ecos y los susurros que uno ya no sabe de dónde vienen. Renuncien de primeras a comprender un palabra de cuántas salen por la boca del rubio Zachary Cole Smith. Lo que dice este chico tumblr con un cierto aire Cobain no es lo (más) importante: lo (verdaderamente) importante es lo que sale de sus manos, de su guitarra. Porque sí: siempre ayuda tener buenas letras, bajistas competentes, bateristas contundentes, creativos y precisos, pero para este enredo de la masa armónica lo que hay que tener es ideas, paladar y guitarristas con maña, y Z. Cole es uno. Lo lleva tiempo demostrando en Beach Fossils, banda de la que también es miembro (¿colaborador habitual?) y que le presta a DIIV esa energía juvenil, ese aroma surf y, por lo que hemos leído, su contundencia y actitud en directo (recuerden que flipamos con los chavales hace un par de años en el Primavera Club).

Oshin es pues un disco de inmersión. No en vano el nombre original de grupo era Dive, pero ya lo tenía adjudicado una banda belga y Z Cole se dejó de lios y prefirió esta variación con la intención, probablemente, de que el pueblo soberano la pronuncie parecido (“daif” y no “dif”, saben). Aunque bueno, en alguna ocasión ha dicho que lo del nombre de la banda le importa “una mierda”, lo que cuenta son las canciones. Y parece saber que las suyas son buenas. Muy buenas. En ellas las letras parecen un asunto secundario. Un ejemplo, ‘Doused‘ (arriba, con +1 de Pitchfork incluido), la más contundente del álbum y una de las mejores, se pasó más de seis meses caminando por los escenarios sin letra (“simplemente me acercaba al micro y balbuceaba”) y sin nombre (“la llamábamos la canción punk”). A nivel de cronómetro, este es un disco raro para sus bondades atmosféricas. Este tipo de trabajos suelen dejarse llevar en desarrollos armónicos kilométricos que alargan las canciones más allá de los cinco minutos. Aquí nada de eso, sólo una, ‘Air Conditioning‘, pasa de los cuatro.

Oshin es todo fibra. Se abre instrumentalmente con ‘(Druun)‘ y en poco más de dos minutos, como si fuese la cabecera de la hypeada GoT, los de Brooklyn construyen un muro de paz armónica que hace la boca agua. Dos baterías, una por canal, la linea de bajo como un remo entrando y saliendo del agua, a cámara lenta, las guitarras esparcidas por el suelo como juguetes, sólo en aparente desorden. La homogeneidad del álbum invita a una escucha ordenada y completa, de principio a fin, dejándose llevar de nube en nube, de la mencionada ‘(Druun)’ a la emocionante y espiritualmente antlerianaHome‘ (“you’ll never have a home”…), pasando por estruendos como la descomunal ‘Wait‘, un panzer. Pero además hay piezas que brillan con tanto o más fulgor fuera del conjunto. Es el caso del la que tienen sobre este párrafo, que ejerce de primer single, ‘How Long Have You Known’, una de esas que parece directamente sacada de la nevera de Adam Granduciel. Maravillosamente bien hecha, compleja, profunda, pero a la vez accesible, amable, pegadiza. Hacia la mitad del tema (1:55) la guitarra de Z Cole, sin efecto aparente, limpísima, se pone a puntear una melodía que vuela como pájaro ingrávido sobre ese campo de trigo sonoro de indescifrable composición. Como todo en este disco, ejecutado con una sencillez insultante. Todo está de pronto, por arte de magia, integrado sin esfuerzo y por unos segundos uno está ante un soplo que podría salir de los pulmones de los más ortodoxos Explosions in the Sky. Todo sin que se vea un andamio, sin que tenga tiempo uno para fruncir el ceño un segundo. Fácil, suave, limpio.

A la enésima escucha del disco, uno ya busca esos andamiajes y ‘Follow‘ (arriba) es una construcción idónea para jugar a hacerlo. Empieza como un trío: bajo, batería y una guitarra (de nuevo tan proverbialmente sencilla como deliciosa, tan simple y tan buena que es imposible que no se haya hecho antes, piensa uno), pero compás a compás llegan a la fiesta distintas melodías cruzadas, las reverberaciones de al menos otras dos guitarras se encuentran, se hablan, se enredan y se suman a un otro ovillo lleno de maestría. Es muy complicadito hacer esto tan bien, destacar con tanta claridad y que todo parezca tan, tan fácil.

Bienvenidos a uno de los mejores discos del año. No le quiten ojo.

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