Disco de la semana

No hay nada que frene a Jason Pierce. Ni la neumonía acompañada de dos paradas cardiacas que sufrió hace unos años ni el tratamiento bajo el que trata de reparar  su particular escombrero en forma de hígado. Las patologías son los estertores del mantra de sus ya lejanos Spacemen 3 que rezaba “Taking drugs to make music to take drugs to”. De la primera enfermedad escapó con su álbum Songs in A&E. Los remedios para la segunda merodearon una gira en 2010 rememorando su sobresaliente Ladies And Gentlemen We Are Floating In Space, de 1997. Los tiempos muertos entre aquellos conciertos sirvieron para componer las once canciones que forman el séptimo disco de estudio de Spiritualized: Sweet Heart, Sweet Light.

Las obras excelsas lo son por eso precisamente. Abarcan un momento único. Es un error, por tanto, pensar que este último trabajo pueda alcanzar las cotas logradas hace 15 años, aunque el proceso creativo pudiera suponer algunas líneas de convergencia. Pero, salvado ese escollo, la apuesta es notable. Tras la introducción a modo de títulos de crédito de una oda melancólica de, pongamos por caso, Elia Kazan, irrumpen las viscerales guitarras y teclados de ‘Hey Jane’, una retrospectiva eterna a la mejor Velvet Underground, con un Pierce desbocado, y con un epílogo infinito en el que el autor propone un viaje espacial de atmósferas pinkfloydianas que preceden al placentero despertar coral. Nueve minutos de single que en su versión videoclip dan para casi un corto, dirigido en este caso por AG Rojas (que, por cierto, acaba de firmar otro para Mr White).

Es la mejor pieza de un disco en el que el único miembro permanente de la banda reduce su inherente ampulosidad instrumental, menos pretenciosa que en otros trabajos como Pure Phase, sin que ello suponga, por supuesto, un defecto y que resulta extraño teniendo en cuenta que la grabación de este disco ha tenido lugar en emplazamientos tan diversos como Los Ángeles, Gales y Reikiavik. El resultado es más directo, menos ornamentado. Es un camino a la estabilidad, un manifiesto de que este presente obvia reveses como las dolencias físicas o el ya lejano el rechazo de los seguidores de Depeche Mode, que les obligaron a cancelar la gira conjunta con sus compatriotas en 1993.

La calma de ‘Get it on’ puede ser un buen síntoma de esa realidad, optimista bajo letras nostálgicas en ‘Too late’ o reflexiva en ‘Freedom’. Solo hay que mirar los créditos para comprobar que Pierce mantiene su obsesivo muro de sonido, mucho más lisérgico que el de Phil Spector, pero, en esta ocasión, en un papel tan secundario como eficiente. Así ocurre, por ejemplo, en ‘Get What You Deserve’ o ‘Headin’ For The Top Now’, otra maratón de más de ocho minutos. Una de las ventajas de apostar por una orquesta ecléctica a la hora de componer es que pueden aparecer leyendas cómo Dr. John, coautor de  ’I’m What I’m’. Los tintes catedralicios, consecuencia de la pasión por el gospel que siempre ha mantenido Jason Pierce, únicamente comparable a su confeso ateismo, brotan discretamente en ‘Mary’. Y aunque puede que el final de ‘So Long Pretty Thing’ incordie a aquellos que tienen una obstinación depresiva, la creciente sonrisa que se va esbozando es el punto y final preciso de alguien acostumbrado a apartar nubarrones con un arma potente como pocas: su ineludible deseo de hacer música.

Texto: Carlos Marlasca

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