03/12/2011

Dicen que para determinar si una canción es buena lo que hay que hacer es despojarla de todos sus artificios y dejarla solo con guitarra […]

Dicen que para determinar si una canción es buena lo que hay que hacer es despojarla de todos sus artificios y dejarla solo con guitarra y voz, con sus elementos básicos. Si aguanta entonces, es que vale la pena. Ezra Furman parece haber optado por esta premisa en su gira en solitario por Europa: dejar a un lado su fiel banda The Harpoons y quedarse él solo en el escenario, rebajándolo todo a su esencia, poniéndose en una situación vulnerable y hasta un poco dramática, como él mismo afirmaba en la entrevista que publicamos pocos días antes de su concierto en Barcelona, que sirvió para inaugurar oficialmente nuestro ciclo Blogged By Indiespot, organizado conjuntamente con la gente de Music Hall.

Primero, y después de una reñida votación en la que decidimos dar dos ganadores en el concurso que abrimos para telonear a Furman, Lluís Bòria, compositor y cantante de Estúpida Erikah, se desenvolvió con mucha soltura en un set acústica breve pero intenso, en el que desgranó un par de canciones de su proyecto musical además de atreverse a versionar clásicos como ‘Hallellujah‘ de Leonard Cohen (en versión Jeff Buckley) y hasta ‘Wonderwall‘ con resultados impecables. Louisiana, por su parte, dúo zaragozano que tocó justo después, no acabó de encontrarse cómodo en el escenario en ningún momento: los nervios les traicionaron y su actuación quedó mermada (incluso ese bonito guiño a ‘Tot torna a començar‘ de Mishima en una de sus canciones), muestra de que todavía les queda bastante camino por recorrer.

Y poco después allí, en el escenario, solo, únicamente acompañado de su guitarra acústica, su pose rockera, sus gafas de sol y su nariz sangrando (sí, era sangre falsa; a Furman, le gusta generar algo de provocación), Ezra Furman demostró que él tiene todo el talento para mantenerse en pie sin necesidad de banda ni acompañamientos extra. Que tiene ese don especial que hace que las canciones broten de él, como esa sangre imaginaria que parecía salir de su nariz. Tímido y extremadamente retraído fuera del escenario, encima de él se transforma en una bestia escénica, capaz de recuperar clásicos del rock ‘n roll y cantarlos y bailaros con solo una guitarra acústica y su voz, capaz de pegarle patadas a su ampli para conseguir una distorsión especial en un punto exacto de una canción, capaz de aguantar una hora y media de repertorio sin apenas tregua.

Porque Ezra demostró, además de ser una persona entrañable –a medio camino entre el genio loco y un iluminado–, que vive y respira por y para la música. En uno de los ratos que charló un poco entre canción y canción repitió una y otra vez que tiene el mejor trabajo del mundo, que se reían de él en clase cuando escribía canciones y que ahora iba por todo el mundo tocando esas, sus canciones. Y sonaba sincero, y hasta un punto triste, porque a veces un talento así te aparta del resto de gente. Y allí estaba él, solo encima del escenario, disfrutando como un niño mientras se movía tambaleante por él, mientras nos estremecía con canciones de su nuevo y flamante disco (Mysterious Power; cayeron ‘Wild Rosemarie‘, ‘Mysterious Power’, ‘Bloodsucking Whore‘, e una intensa y preciosa ‘Don’t Turn Your Back On Love‘), mientras se lanzaba a tocar ‘Heroin‘ de Lou Reed o ‘Bottom Of The World‘ de Tom Waits, con una voz tan rota y sentida que casi le quedó calcada a la gutural voz del maestro Waits. Y por el camino nos enamoramos de esa preciosidad de canción que es ‘Doomed Love Affair‘, nuevo single de Ezra Furman & The Harpoons, casi mejor en acústico que en banda, y de su cara B, la explícita y dylanianaPenetrate‘.

Y luego este trovador punk, este adalid del rock ‘n roll añejo, cogió su harmónica y nos regaló ese hit por el que muchos lo conocen: ‘Take Off Your Sunglasses‘, precisamente la canción más resentida de la falta de banda, juntamente con ‘Teenage Wasteland‘, algo lentas y descafeinadas ambas, pese al ímpetu puesto en ellas. Pero da igual, porque Ezra sonreía, y daba las gracias, y al final hasta se quitó las gafas, y daba la impresión de que podría estar toda la noche tocando en solitario en ese escenario y de que, de haberlo hecho, hubiera sido el tipo más feliz en la faz de la tierra. Y eso es lo que cuenta, ¿no?

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