28/10/2009

Es curioso como muchas veces, sin saber porqué, asociamos una persona a algo aparentemente tan insignificante como una frase, una imágen o un recuerdo. En […]

Es curioso como muchas veces, sin saber porqué, asociamos una persona a algo aparentemente tan insignificante como una frase, una imágen o un recuerdo. En mi caso siempre he identificado a John Vanderslice con la portada de uno de sus discos, concretamente la de Pixel Revolt, un sencillo pero en mi opinión magnético dibujo de tonos cálidos en el que tan sólo se aprecia media casa blanca con un porche, un árbol sin hojas, el verde del césped y un cielo anaranjado en el que habitan dos bonitas nubes. No es nada especial, pensarán, y estarán en lo cierto… parcialmente. Confieso no haber escuchado nunca el susodicho álbum de una tirada, pero también confieso que siempre he tenido la sensación de asignatura pendiente con esta obra y con el señor Vanderslice. Curiosa paradoja. Y es que la gracia o la desgracia del cantante de Gainesville, Florida, es esta: su música empieza gustándome pero me acaba dejando indiferente, de entrada su voz parece una mezcla de Conor Oberst y Colin Meloy pero al rato suena anodina, como ese regalo maravillosamente envuelto pero que al abrirlo te das cuenta de que no te hace ninguna ilusión. Eso mismo pasó en su concierto del pasado martes 20 de octubre, aunque es de justicia admitir que Vanderslice gana en las distancias cortas, es decir, en directo.

Éramos poco más de un centenar de personas (siendo generosos) las congregadas en la [2] para cuando salieron los teloneros The Mighty Fools. Casi nada sabíamos de esta banda más allá de que Reus es su ciudad de origen y de que cantan en inglés, y la verdad es que pasaron bastante inadvertidos. Voluntariosos, con buen sonido y simpáticos pero sin nada que a simple vista les permita sobresalir de entre la multitud de grupos locales.

Después de preparar su paradita de merchandising personalmente y con algunas docenas más de espectadores en la sala, John Vanderslice se presentó dispuesto a ganarse a la audiencia con sus canciones pero también con su labia. Cortés y bromista, no paró de dirigirse a los dos miembros que le acompañaban a la batería y a los teclados e insistió en que su objetivo era que pasáramos una velada agradable. Lo consiguió con temas de su último trabajo, Romanian Names, que suenan mucho más eléctricos en vivo que en la versión de estudio y con ‘Tablespoon of Codeine’, tan estupenda como original es su nombre. Nos dejó sin mi favorita ‘White Dove’, también del notable Emerald City, pero lo compensó regalándonos una de las canciones que conforman Moon Colony Bloodbath, su reciente split con nuestros adorados The Mountain Goats. Lo mejor, sin embargo, llegó en el bis, cuando el trío decidió bajar del escenario y mezclarse entre el público para tocar tres temas en acústico. Seguro que estaba preparado pero sobre el terreno pareció natural, honesto, y resultó tan agradable que hizo olvidar la monotonía que a ratos había invadido el set. La multitud de sonrisas que se esbozaron entre los asistentes fue prueba de ello. Y así, con la “asignatura cumplida” y un final feliz dio gusto irse a la cama.

Fotos: Romà Bertran

Vanderslice 1

Vanderslice 2

Vanderslice 3

Vanderslice 4

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