Opinión

¿Cuántas veces confundimos ‘un disco bueno’ con ‘un disco cuyas 4 o 5 primeras canciones son buenas y eso ya no nos sirve’? En mi caso, demasiadas. En los tiempos que corren escuchar un disco de 11 canciones (ya no digo barbaridades de 16 temas o discos dobles, eso es sólo para valientes) de manera atenta y sin pausa es prácticamente imposible. A no ser que seas un auténtico fan de un grupo y entonces le dediques todo el tiempo del mundo.

El caso más reciente es el de Interpol: sus cinco primeros disparos de Our Love To Admire son certeros, oscuros pero seductores, mientras que su segunda mitad resulta menos atractiva, puede que porque no la hayamos escuchado tanto (salvo ese majestuoso final con ‘The Lighthouse’) y entonces la balanza, la división primera-segunda parte se haga más grande. ¿Volvemos a las caras A y B de los vinilos? ¿Cuántos discos serían mejores si fueran EPs de 5 o 6 canciones? ¿Es ese el camino a seguir? Quizá sí, pero en ese caso habría demasiados grupos capaces de hacer buenos discos, mientras que por ahora es prácticamente un hito sacar un trabajo donde todos los temas tengan coherencia, no flojeen y, en definitiva, merezcan la pena. Y encontrarlos hace que todo cobre un poco más de sentido y que haya grupos que nos marquen y grupos que sólo nos gusta escuchar de vez en cuando.

Permítanme que lo diga, The Devil And God Are Raging Inside Me, de Brand New, es uno de esos discos mágicos. No es el único, por supuesto, y puede que aquí mi etiqueta de fan me delate, pero en fin, tenía que soltarlo.

Comentar